La manera Larriera

Escrito por: Hugo Savino

La manera Larriera¹

 Sergio Larriera : «Entre el sentido y el agujero el ser farfulla sus síntomas.»

 Henri Meschonnic : «Una manera de hablar que se difunde a través de todas las palabras.»

Estas dos citas para leer entre el sentido, el agujero y la manera de escribir de Sergio Larriera. En este continuo : « “Lalengüa” trastorna la concepción general del lenguaje, pues no puede ser considerada como algo aparte, como la irrupción de algo inconveniente en el discurso. De ninguna manera, pues la lengua y “lalengüa” son un continuo, son lo mismo en diferencia.» Uno de los ejes de la poética de Sergio Larriera, a la que leo como un sistema y no como una estructura, es el acento en lo mismo [pero] en diferencia. Arriesgo que Sergio Larriera se escribe en lo mismo como diferencia. Intenta una escucha de lo que abre la niebla. Escuchar el silencio y las fábulas que engendran «las marcas del origen». El silencio está en el lenguaje. Y la fábula nos permite escribir nuestras novelas familiares. Nuestros relatos interminables.

 Hay libros llamados de psicoanálisis, de antropología, de historia, novelas, ensayos, hay todo eso,  todo el año. A granel. Pero cada tanto, en alguna de esas clasificaciones, aparece, cosa rara y escasa, un libro escrito. Un libro que sobrepasa o excede la categoría de relato. Siendo el relato la forma de la propaganda, la divulgación de la fe, o un confortar al fiel, o la repetición machacada de lo dicho recontra-dicho. El libro de Sergio Larriera está del lado del recitativo. Que excede el relato. Si se escribe en serio, se escribe desde un punto de vista sobre el lenguaje. El resto es acomodo de sintaxis. Gramática del decoro. Así que escribo con este libro, y no sobre él, desde mi punto de vista. Todas las nociones tienen una historia y son modificables. Mi estrategia para leer Artefactos Intrascendentes.

Larriera le pide perdón al no psicoanalista. Le anuncia que si entra aquí la cosa será difícil. Pero lo invita a su «deambular». Es su manera de tentar al lector no psicoanalista a que vaya a su libro : «Perdón al lector no psicoanalista porque sólo fragmentos de este montón de cosas de papel presentadas como libro son medianamente accesibles.» Abre su libro al no especialista. Le promete herejías por la vía del Seminario 23. Está, entonces, la tentación de herejía. No soy psicoanalista. Pero me tientan los libros escritos. Entonces, lo leo desde la frase de Paul Claudel : «Escucho, no siempre entiendo. Pero igual respondo.» Así que se trata de un responder. No de una respuesta. El responder es como el sentido, se hace y deshace cada vez. Un sentido que alguien lee. Que está llegando infinitamente.

Y hay otra frase de Claudel que asocié leyendo Artefactos Intranscendentes  : «Es el hombre por entero el que quiere, el que siente y el que comprende». Asocié porque todo el libro de Sergio Larriera se escribe contra la separación habitual entre inteligencia y sensibilidad, forma y sentido, oído y vista. O sea, para resumir,  no es un libro del signo. Es un libro del continuo cuerpo-lenguaje.

Llamo a esta presentación la manera Larriera. Larriera en cursiva, para indicarlo adverbio. Había pensado otro título : «El hacer Larriera». Pero un hacer está en la propia manera. La manera, como dice Gérard Dessons «no es simplemente una manera de pintar, de escribir, de componer, de pensar, [de hacer psicoanálisis: el agregado es mío] que asimilaría el sujeto del arte a un individuo empírico.» La manera es más que una «manera de escribir o de pensar» (ídem), la manera deja de ser una manera de escribir o de pensar «para convertirse en la historicidad» (ídem) de esa manera de hacer, en este caso, psicoanálisis, esa manera es «el principio mismo de su invención.» (ídem).

Entonces, Artefactos Independientes no es un libro a la manera de, un pastiche, o la imitación de un estilo. Toca la historicidad del psicoanálisis. Además de dejar marcas, indicios, centelleos, que son el tejido de su hacer. La historicidad también es la escritura de una vida, escritura de la vida del que escribe, la travesía de su ex-ilio, pasada por sus escritos, un fragmento de la historia del psicoanálisis en castellano, que es la historia de las traducciones. La de Freud y la de Lacan. En Letraslación Larriera elige su traducir : «De la serie de neologismos citada al principio, serie abierta a la infinitización, preferimos las que conservan algo del sonido francés: parlente, parablaser y parlaser.» Larriera muestra claramente que el psicoanálisis lee en cada lengua y en traducciones : «el campo freudiano se desenvuelve en cada lengua de una manera peculiar.» Su libro no elude el problema que plantea el traducir. Parte de la idea de que «no hay nada intraducible. En todo caso el traductor tiene que producir un nuevo texto…».

Desde la dedicatoria y la presentación escribe un psicoanalista que «se entrega a la niebla». Se introduce y firma en el tejido del trenzar : «El porteño aparisado que habré sido para el castellano lunfardo que estoy llegando a ser.» Salimos del parisino porteño que fue, al aparisado que habrá sido que entra en el movimiento castellano lunfardo hacia la aceptación de todos los futuros posibles. Esos que están en los discursos del cada uno que llega al gabinete. A confrontar con la aspiración analítica : «Cuando hubo síntoma (no «donde», pues la dupla síntoma / sínthoma es un hacer del tiempo) habrá sínthoma. Es una aspiración de la experiencia analítica.» Así que hay una aspiración trenzada al hacer. Artefactos Intrascendentes es una poética del psicoanálisis y una exploración de lo que el psicoanálisis hace, no solamente de lo que dice. Sergio Larriera escribe en una dimensión de obra. Y la obra afecta a la lengua y no al revés. La obra enloquece a los lectores, a los comentaristas. Ninguna gramática alcanza para leerla. Una poética, o sea, una subjetivación máxima en el lenguaje, muestra que el único que no tiene el arte es el artista, que escribe con lo que no tiene, un analista, podemos decir es aquel que no tiene el psicoanálisis, es aquel que se anima a mostrar su mala relación con el psicoanálisis. Sergio Larriera escribe lo que todavía no tiene. Lo que no conoce. No escribe en prosa oficial : «Dejarse traer las marcas cóncavas, convexas, circulares. Marcas silentes, sonoras, lumínicas. Trasladarse desde el cuerpo apalabrado al cuerpo marcado. De un cuerpo a Otro cuerpo. Del cuerpo que creo tener al cuerpo imposible.» Se me ocurre, que hay aquí una propuesta de exploración en lo desconocido del lenguaje. Hay «un abrir la lengua a lalengüa en un desatino, retorciéndola para que piense […] hay un cerrarla. Hay que cerrar la lengua cuando, por la herida catastróficamente abierta, fluye tanto barro originario que impide hacer pie.»

Así que, repito, en el libro de Sergio Larriera leo una manera, no leo un estilo. Le pido ayuda a Henri Michaux :

«¿El estilo, esa comodidad que se instala e instala el mundo, sería el hombre? ¿Esta adquisición sospechosa con la que, al escritor que se regocija, se le hacen cumplidos? Su pretendido don se le va pegar a él, esclerosándolo sordamente. Estilo: signo (malo) de la distancia incambiada (pero que hubiera podido, hubiera debido cambiar), la distancia donde equivocadamente permanece y se mantiene respecto a su ser y a las cosas y a las personas. ¡Bloqueado! Se había precipitado en su estilo (o lo había buscado laboriosamente). Por una vida ficticia, abandonó su totalidad, su posibilidad de cambio, de mutación. Nada de lo que estar orgulloso. Estilo que se convertirá en falta de coraje, falta de apertura, de reapertura: en suma una incapacidad. / Trata de salir de ahí. Camina lo suficientemente lejos en ti mismo para que tu estilo no pueda seguirte.»

A ese posible estilo, que acecha y a veces entra por la ventana, Larriera lo revierte en tránsito hacia «su mirar escuchando», como apostando a desarrollar la visión en el oído. Ojo que escucha, oído que ve. Esa relación activa. No dejarse alcanzar por el estilo es : «el intento de explicarse a sí mismo cuestiones del modo en que Lacan fue cifrando lo que descifraba en Freud.» Y agrega : «Soy como cualquier practicante, uno que cada vez corrige algo de su modo de explicárselo.»

Y esta precisión para situarse y situar al lector : «escribo en orsai». O sea : en posición prohibida. No completo la cita para no quitarle al lector el placer de leer este breve recitativo llamado Un espejaime en el Cubo  que habito. El libro de Sergio Larriera va de trama a no trama. Como diría Kerouac : ¿Trama o no trama? ¿Acaso debo escribir una novela o un libro de psicoanálisis según las reglas? ¿Acaso Sergio Larriera debe escribir un libro sobre psicoanálisis, en prosa oficial, o un libro con el psicoanálisis? Decide : con el psicoanálisis «merodeando el agujero abisal.»

Recapitulación :

Una manera es algo más que una singularidad, es la obra que enloquece, de alguna manera, al que lee (Gérard Dessons). Lo trasforma. Hay como una tranquilidad en la institución artística, o analítica en este caso. Todo parece decir que el pasado está organizado, todos los comentaristas están instalados en su buena relación con ese pasado, no hay acecho de desorden, pasaron de la conciencia crítica a la buena conciencia, por lo tanto, presente asegurado. Los maestros pensadores campan a sus anchas. Y aparece un libro que respira un desacato, digamos Artefactos Intrascendentes, y de repente el pasado se vuelve «tan imprevisible como el futuro» (Meschonnic).

Homo Inscriptor :

Para Sergio Larriera «La lengua es una red de cicatrices, huellas del goce del parléser.» En esa red escribe, hace su poema, cuenta sus transformaciones. Se abandona al «Hay que  hacerlo», cita a Lacan en el sentido en que Joyce dice ¡Ayúdame San Ignacio! : «Una escritura es un hacer que da sostén al pensamiento.» El lector (yo, en esta ocasión) busca en esa red el continuo de texto a texto. Trato de atenerme a la frase de Larriera : «Más nuestras cifras deben entenderse como especificas de la teoría psicoanalítica, sin que puedan ser confundidas con las cifras de otros lenguajes, tales como las matemáticas, la lógica, la música, etc.»  Es decir, hay «una expresión primera de la actividad marcadora del parléser.» Aquí está en la misma orilla del lenguaje que Saussurre, lo sepa o no,  cuando este dice : buscamos el origen y encontramos el funcionamiento. El homo inscriptor de Sergio Larriera organiza su ritmo aceptando el «principio Joyce» de que «sólo podemos hablar de escritura en aquellos casos en los que hubo imposición de palabra.» Así que amplío mi punto de vista. Cada texto de este libro es más que un relato, porque los relatos solo nombran, aquí cada relato va a recitativo, porque los recitativos están del lado del sugerir. Y le pido ayuda a Mallarmé : «Nombrar un objeto, es suprimir las tres cuartas partes del goce del poema que está hecho de adivinar poco a poco : el sugerir, ese es el sueño. […] evocar poco a poco un objeto para mostrar un estado de alma, o, de manera inversa, elegir un objeto y desprender de él un estado de alma, a través de una serie de desciframientos.» En SL hay un «trenzado»  que se mueve entre el nombrar y el sugerir. Mi impresión es que su trabajo va de la estructura al sistema. Es decir al movimiento. Seguir un trenzado es escribirlo. Escribirlo es ponerlo en funcionamiento, ese funcionamiento hace su historia y  se hace infinito.  Cuando Larriera dice todos somos inscriptores, y agrega que  tendría que existir «un derecho universal a un bien costosamente conquistado», cuando dice eso, otra vez, lo sepa o no, coincide con el Henri Meschonnic que dice que todos somos sujetos del poema. Pero esto es algo más que estar en la misma orilla del lenguaje. Es mostrar qué representación del lenguaje se tiene. Y cada homo inscriptor tiene una representación del lenguaje. Entiendo que para Sergio Larriera, en la medida en que brega por ese «derecho universal» y por lo que inscribe, el lenguaje es enteramente ordinario.

También propongo que este libro plantea un inicio después de la niebla. Una invitación al hacer : «El parléser en el litoral puede hacer la experiencia…» Después de la niebla hay un inicio. Eso es el hacer. La travesía del funcionamiento. Un proceder en el campo de la experiencia, como «un pasajero de la lengua»  según la bella expresión de Noni Benegas.

Sergio Larriera apuesta a un mirar escuchando. O sea :  una apuesta a la visión en el oído. Un ex-sistir en ex-ilio y en ex-ódo se inscriben con la escucha y la visión, inseparablemente.

Poética de Sergio Larriera : «Cuando alguien se acuesta en un lecho, presiona y arruga la sábana. Deja depresiones cóncavas y arrugas convexas, deja bajo-relieves. Son las marcas que ha dejado el Otro sobre el lecho corporal.»

Otra insistencia : Artefactos intrascendentes no es únicamente un libro del decir. Y menos del bien decir. Es un libro del hacer. Y el lector tiene que leer ese hacer. Y leer un hacer del tiempo. La lectura es tiempo de trabajo que se invierte.

Un libro escrito es una relación con la voz, este libro, la voz de Sergio Larriera es la triple relación entre el que escribe, el libro y el que lee. No lo leo como una estructura, sino como un sistema, y según mi punto de vista, dejando que aparezca la historicidad. Sergio Larriera no construye nociones formales y ahistóricas, construye sistemas que piden un responder. Pone en juego la teatralidad de su escritura, de su práctica. Esa teatralidad le hace un espacio al ego : lo cito : «El ego, cuarto elemento que repara y sostiene, a diferencias del Yo, es la temporalización del tiempo.»

Entonces, también está el sentido, gran obstáculo para pensar algo del lenguaje, para escuchar, no es fácil aceptar que el sentido se hace y se deshace, pero hay un «yo oigo sentido (j´ouïs-sens)» homófono del jouissance (goce). Las obras, y Artefactos Intrascendentes es una obra, se leen finalmente fuera de la significación que quiso o no darle el autor. Entonces me pregunto cómo leer ese yo oigo-sentido en la practica del psicoanálisis. Cómo se las arregla el analista con ese obstáculo mayor. El sentido está siempre entrando por la ventana. A este sentido lo entiendo situado entre el nombrar y el sugerir y siempre incumplido. A menos que se lo abroche en la estructura. Sé que esto es fácil de decir pero difícil de soportar. En ese cruce veo el arte del psicoanálisis, en esa lucha. En eso que decía Mallarmé : lo traigo de nuevo : «El alma es un nudo rítmico.» Y ahí, en ese nudo, Sergio Larriera hace remanentes y los denomina. Los nombra y los sugiere. La poética de Artefactos Intrascendentes se mueve del nombrar al sugerir, «por momentos en Otro fantasma, el de la comunión con lo imposible.»

Y está la necesidad de discurso : «Una necesidad de discurso es una lógica que se produce a partir de una inexistencia, de una falta.» Entonces, se me ocurre, que se busca la lengua y se encuentra el discurso, como dijo alguien. Se escucha, y se escribe en un continuo, lo que falta. El discurso es alguien que habla. Eso para mí es la manera. Entonces lo junto a Sergio Larriera con Néstor Sánchez cuando dice que escribe lo que todavía no escuchó. La manera Larriera es una manera por inscripción : Sergio Larriera inicia cada texto «con una inexistencia.»

También hay en Artefactos Intrascendentes una intención  de trascender el relato. En el sentido en que un relato es lo programado, lo que «no es diferente a sí mismo». Sergio Larriera habla de transformarlo en lógica. Cita a Lacan (y en todo citar hay un escribir) : «¿Qué es la lógica? Es el arte de producir una necesidad de discurso.» Y si lo sigo bien, el discurso es sujeto, es recitativo, es ritmo, es único. Recitativo es lo que el relato no se puede comer. Lo cito nuevamente : «el arte lacaniano de producir un discurso que no estaba.» Desprendo de mi lectura que el psicoanálisis es un espacio en el cual el discurso que no estaba puede llegar a emerger. El sujeto del poema organiza su ritmo como exploración de su manera, para aceptarla en su incumplido. Emerge en incumplido y hace con ese incumplido. Va entre artesano y poeta.

Parafraseo a Yves Buin : el homo inscriptor no vive allí donde uno cree encontrarlo (en los momentos en que escribe, tal vez no lo encontramos ni siquiera en el cubo que dice habitar) y cuando él dice Yo sabe muy bien que no dice nada y es, de hecho, cuando no hay nadie para decir ese Yo que es él mismo cuando la escritura empieza. Justo Barboza nos enseña a caminar Un espejaime del cubo que habito. Sus pegatinas, su punteado infinito. Uno lee el cubo y descubre que el punteado infinito de Sergio Larriera se difunde por todo el libro. Es su noción del tiempo – teniendo en cuenta que las nociones tienen historia y se transforman, él escribe : «El tiempo que en su constante movimiento anuda y desanuda, encadena y desencadena.»

Artefactos Intrascendentes se sitúa en la guerra del lenguaje, la batalla es contra esa pareja de charlatanes llamados lo abstracto y lo concreto (Meschonnic). Contra el escamoteo de la escucha. Contra el escamoteo de los acentos y tonos del que habla.

El homo inscriptor, o hace biografía o hace leyenda. Se llena de ilusiones sobre sí mismo o escribe. Asume o no la imposibilidad o dificultad de una biografía. Entra en conflicto con la generación. Marcel Proust : «Los deslizamientos de terreno tardan generaciones en desencadenarse, trato de acelerar el movimiento.»

Para mí la única biografía se hace inscribiendo. O sea volviéndose outsider de los clichés de su propio arte y de los de la generación. Sergio Larriera acelera el movimiento de deslizamiento. Un espejaime en el cubo que habito muestra la punta de un panegírico, base de toda leyenda, del panegírico sabemos que «significa más que elogio. El elogio contiene indudablemente la alabanza de la persona, pero no excluye una cierta crítica, un cierto reproche. El panegírico no implica ni reproche ni crítica.» (Lo dijo Littré y lo cita Guy Debord). Este libro lo escribe alguien que inscribe su voz : «Lamento no haber estado en el mundo, nunca pude salir de mi gabinete.» Es entonces una invitación a la leyenda. En mi diccionario personal, leyenda incluye panegírico. Y acá entra el ego, ese que «merodea el agujero abisal. [Que] no padece «mal de abismo» : «El ego se deja mirar sin horror por el Otro ojo […] El yo en cambio, es paranoico, no se deja mirar.» Y todo esto que cito es para confirmarme que todo libro escrito (no todo libro publicado está escrito) es un fragmento de la vida del autor que se hace leyenda. Esté en el mundo o en el gabinete Sergio Larriera es un viajero de la voz. Y tal vez el gabinete es el mundo. No son dos cosas separadas.

1.- Larriera, Sergio. 2019, Artefactos intrascendentes. Arena Libros: Madrid.

Hugo Savino: Furgón de cola