Barthes lee abrazado a la lengua que lo vuelve otro

Escrito por: Zacarías Marco.

Los lapsus ofrecen la oportunidad de dar la bienvenida a lo inesperado, a lo extranjero que irrumpe desde nosotros mismos para descolocarnos. Y si uno no consigue rehacerse de su embestida, tanto mejor, más nos trabajará en el tiempo. La lectura de la conferencia de Barthes Sobre la lectura provocó que alzase la vista, lo que implicaba, como se vio, una escritura. Leí después El placer del texto sin dejar de pensar que era el fruto del trabajo que la conferencia, que fue en 1975, de alguna manera prometía, por lo que lo feché erróneamente dos años después, en 1977, en lugar de dejarlo en su año, que fue dos años antes, en 1973. Este lío provocó el ligero desconcierto que me ha llevado de nuevo a levantar la vista. Qué hacer. Dejo tierra y sobrevuelo como otro mi error. Ahora se trata no tanto de ubicarse sino de aprovechar la desubicación para volver a perderse en el texto, en el nuevo texto, en este texto.

Empecemos el bendito lío. Así debió ocurrir: leí primero el segundo texto en el tiempo y coloqué el primero después del segundo, ansioso como estaba por continuar la lectura del anterior. Creé una cronología falsa, una causalidad falsa, al menos hasta cierto punto. Pero cumplir con las fechas no reordena fácilmente los textos en mi cabeza, esto no es posible, una vez desatada la entropía la deriva continuó, y las reflexiones de Barthes sobre el placer del texto terminaron sacudiendo todas las derivaciones causales de mi lógica inicial. Está bien. Tenía que admitir que Barthes no recogía en El placer del texto el testigo dejado por la conferencia que leyó en Luchon en 1975, a no ser que apelara a una lectura retrospectiva o, casi mejor, que mostrara el modo Barthes de caminar por senderos circulares, el modo Barthes de hacer su propio eterno retorno a los textos para guiarme en mi proustiana búsqueda del texto perdido.

Bien, una vez que nos hemos cargado el principio de no contradicción podemos avanzar y podemos retroceder, pero para que no todo se confunda es preciso introducir la posibilidad de un corte, de un eje sobre el que pivotar. Ese lugar, nombrable, es el deseo, el lugar donde, como leíamos al final del texto de la conferencia, la estructura se trastorna, la posibilidad de hacer un análisis estructural se trastorna. El nuevo eje sacudirá el conjunto de lo pensable, modificará preguntas y objetivos, y más, y mucho más, porque no parará hasta que el deseo lleve a efecto una subversión interna en la relación con la escritura. Desde allí las preguntas serán otras, y portarán en su seno el remolino que las altera. ¿Será posible hacer erótica una teoría sobre la erótica del texto? ¿Qué lectura le conviene?

Una especie de atrevimiento no premeditado ha dispuesto en nosotros una lectura indirecta, sensible a ciertas irrupciones que la llamada cultura pretende domesticar. Aquí no será posible domesticar todos los goces que irrumpen en nuestros lapsus, que irrumpen en los momentos en que nuestros nudos se desatan. Sus sacudidas nos llevan a levantar la cabeza, a ese gesto del cuerpo que terminará haciendo un continuo de la lectura y de la escritura. Pero el continuo encierra también un grave peligro. Tenemos que señalar de entrada esa amenaza. Porque si los espacios nombrables pasan una factura, los espacios innombrables pasan otra, y no menor. ¿Será posible quedarnos a una distancia entre las trampas del deseo, con sus ficciones y sus nominaciones, y las trampas del goce, con sus retornos a origen y sus abrazos mortales? Ambos lados nos imantan. Si hacemos verdad lo que es ficción el mundo se vuelve prosaico, cada uno en su propia historieta creyéndonos los héroes de nuestros sueños. Y si en nombre de una verdad superior no recorremos nuestras ficciones, no nos dejamos entrampar un poco, enlazaremos principio y fin, y nuestro sueño tornará pesadilla.

Señalados los peligros, bajemos a la letra. Qué será escribir un texto teórico sobre la erótica del texto. No se trata de ser brillante, ni siquiera de hacer análisis. Primero, pensar en lo que hacemos. Sólo leer. Dije escribir como deseo; leer como deseo es lo mismo, hacer lazo entre vida y texto, entre contemplación y escritura. Hablan de sujeto, objeto, verbo… dejemos esas divisiones, confunden. He dicho hacer lazo, no, tachemos hacer, no hacer, mejor en reflexivo. Un hacerse, un dejarse hacer, un dejar que el lenguaje se haga a partir de la atopía del goce. Dejemos el fluir de esta cadencia que decanta palabras imposibles. Porque no sé lo que es la atopía del goce, pero dejémoslo así, le conviene que sea inencontrable. Déjate perder, deja que sea la lengua quien te encuentre. Dejaremos que Barthes se enlace, que se abrace a la lengua materna, que toque ese goce que lo habita para dinamitarlo después, para dejarlo otro, extranjero de sí mismo. Como extranjero de sí mismo lee los textos y transita por sus goces. Sabe de eso. Probemos a leerlo siguiendo las filigranas que se crean, porque esto no es crítica, aunque también, esto es otra cosa, incluye los brotes de la cosa. Leamos entonces las filigranas de un texto, éste, que lee otro texto, el de Barthes, siendo Barthes el nombre que damos a la araña que se ha disuelto en las segregaciones constructivas de su tela.

Si Barthes tiene razón, al leer con placer El placer del texto debemos deducir que fue escrito desde el placer, desde el placer tal como lo entiende Barthes. Línea a línea la araña suelta el hilo de su tela observando el entrelazado de los dibujos que se crean. Lee texto, escribe. Pero busca también la manera de separarse del pegajoso producto que secreta. Vuelto lector de su texto, de su tejido, del que sale de su vientre, Barthes consigue metamorfosearse en mosca y sobrevolar como mosca la escena. Ya está. Lo vemos ahora, como otro de sí mismo, dando vueltas en el aire, dejando un nuevo trazado, el del zumbido de su goce, ese que tanto molesta a puristas. Hay que atraparlo, dicen, para fijar conceptos, para fijar sujetos, pero la mosca Barthes se escapa, se escurre de las manos que buscan atraparlo, se escurre entre los dedos que quieren inscribir su nombre en una autoría, se escapa, y se pone a sobrevolar el territorio intratable de la lengua, el de sus goces. Desde allí nos muestra cómo la tríada autor-texto-lector es una ilusión –corto y anudo aquí–, las identidades son ficticias, los sistemas ideológicos meras ficciones –corto y anudo aquí–, no te dejes perder por el significado, es imaginario, ¡atrévete a anudar aquí!, y deja, deja que la erótica del texto lo expropie, tendrás la tela. Vete pues anudando todos estos preciosos precipitados de su texto y sigue la sorprendente lógica de unos nudos que desanudan. Si te fijas, cada nudo desanuda esta extraña tela, porque se trata de expropiar al lenguaje mismo, de permitir leerlo de otra manera.

Pero todo esto, para qué. Si finalmente el lugar del goce no es habitable, para qué. Barthes nos dice que el texto de placer es el texto que hace la cultura, el tranquilo, el que contenta, es el espacio que construye nuestras ficciones, donde tan a gusto nos identificamos, donde fortalecemos nuestro yo. En cambio, el texto de goce provoca nuestro desasosiego, nos descompone, nos escinde volviendo nuestro yo una quimera, algo insostenible. El texto del goce revela una verdad que no puede decirse, tampoco escribirse, sólo a medias, sólo se escribe en la fisura. Es una verdad asocial, no comunicable, ni a los otros ni a nosotros mismos. Y dicta que no hay retorno feliz. Si se produce el retorno, no será feliz. Por qué mirar hacia este anuncio inquietante, hacia esta proximidad inquietante. Qué nos atrae de él, hacia él. Cuál será su extraña naturaleza. Otra vuelta. El goce no tiene soporte que le convenga. El objeto no tiene sujeto que le convenga. Damos otra vuelta y seguimos rechazando, seguimos desanudando, pero para qué. Estar afectado de goce significa rechazar la metáfora de la construcción, del producto firmado, habitable para uno y habitable para otros. Porque la verdad no es habitable. Es otro nudo que se suelta, que te vuelve extranjero. No es placer, es goce. Qué incomodidad entonces. Pero para qué entrar en los territorios del goce. Por qué esa insistencia. Qué ocurre allí. ¿Lo decimos? Bien, tachemos allí, pongamos aquí. Qué ocurre aquí. Dónde es aquí. Estamos en los territorios del goce, donde el que habita, el que lee, hace edificio, comunica estancias, las crea. Por eso, no hay hipóstasis que convenga, la base no es una base, la esencia no es una esencia, no hay fondo de las cosas. No estamos ante una trinidad santa sino perversa, donde una mano oculta sus quehaceres a la otra. En el territorio donde disfruto, no sé, en el territorio donde peno, no sé. El goce se padece. Y para qué entonces. Buscamos en Barthes la respuesta. Para que haya juego, nos dice la mosca que se mira en los ojos de la araña. Peligrosamente. Nos lo dice mientras sigue todavía revoloteando, mientras se mantiene a cierta distancia, tejiendo en el aire su vuelo, haciéndose otro para que el juego no se detenga.

No entiendo nada, volvamos a empezar.

El punto de partida es sencillo, la pregunta por la afectación producida por un texto. Barthes consigue hacer verdad lo que se aventura a teorizar. Consigue escribir un texto erotizado sin dejar de hacer teoría. A partir de su pasión por la literatura, Barthes hace una teoría del deseo implicado en la lectura, una teoría salpicada de retoños que la perturban y que terminan haciendo de ella misma literatura. En otras palabras, Barthes, manteniendo el hueco entre la araña y la mosca, hace poema. Voy rápido, espera. ¿Es poema? Yo lo leo como poema, por el juego con los goces que lo habita. ¿Los míos o los suyos? Los que surgen entre medias, los que hacen texto cuando el lenguaje se enrosca en sí mismo. Eso sucede cuando el escritor suelta su tinta y, como piensa-frases, deja que éstas le construyan, deja que le vuelvan extranjero de sí mismo.

Hemos aplicado la pregunta por la afectación que nos produce un texto a su propio texto. Nos hemos preguntado qué leemos en él, cuál es el escándalo que nos provoca. Y el texto nos responde con la atopía, con el vacío que crea, con la posibilidad que abre el espacio de la circulación del deseo. ¿Cómo lo crea? Barthes escribe dejándose ser lector, dejando que la escucha guíe su mano, y en la escucha nos encuentra como lectores. Para qué. Para que escribamos con él su propio texto. Barthes se interna en el juego de la seducción. Al lector hay que ligárselo, pero no para atraparlo, porque para que el juego no pare, para crear el espacio donde las cosas ocurren, es preciso, como él dice, no saber dónde está. Esa es la atopía necesaria. Cuando el goce nos toca no sabemos dónde estamos. Hay bordes y entremedias, hay fisuras. Puedo contar esto o lo otro, puedo escribir un pensamiento teórico, da igual, no irá solo, al baile no se va solo, algo lo agarrará por la cintura y lo pondrá en movimiento. Será en ese lugar de lo imposible donde la escritura íntima, la más arriesgada, se enlazará con él, y ambos, pensamiento teórico y escritura íntima se reunirán en el lugar donde Barthes se situaba, en el lugar del poema donde la tela y el vuelo anuncian su confusión.

Y así llegamos, por fin, a la peligrosa densidad del abrazo con la lengua materna. Si se cierra y hace uno del dos será el fin del deseo. Porque si todo se confunde, si todo se mezcla, deja de haber bordes y espacios intermedios. Sólo el hueco permite que se abra, como dice la araña, la posibilidad de una dialéctica del deseo. Para que el agua corra es preciso que haya orillas. Para que haya texto, para que haya vida, es preciso que el juego continúe. Pero, ¿qué pasará si los márgenes se estrechan?, nos asalta esa duda, ¿podrá el vuelo continuar? Habrá que verlo. Habrá que ver qué ocurre en esa proximidad inquietante. Contemplemos para ello el magnetismo expuesto en una fotografía. Es famosa. En ella los brazos del niño Roland se enroscan al cuello de su madre y desde allí nos mira. Pero la eternidad se detuvo un día. Se hizo presente para continuar en presente. Es el día en que la foto se rasga y los goces se cuelan. La madre ha muerto. Después, el tiempo, extrañado de sí mismo se congela. No habrá katharsis posible. Y ya sin lágrimas, Barthes nos dirá en La cámara lúcida que no puede hacer su duelo. Y busca la palabra imposible para esta intimidad. La razón, nos dice, es que con la muerte de su madre no ha perdido sólo un ser sino una cualidad, y escribe cualidad en cursiva. Ha perdido algo irremplazable, y le da, entre paréntesis, un nombre: una cualidad es… un alma. Su pérdida lo inmoviliza, sólo sufre, y escribe que sin ella la vida, lo que le quedaba de vida, sería, para siempre, incalificable.

En los territorios que son los nuestros la araña y la mosca no deben compartir la mirada. Si eso ocurre, tarde o temprano se producirá la catástrofe. Se encontrarán para no despedirse. Y con ello será el fin del vuelo y de la tela.

 

Columna: Tejidos de Escritura