Leer Meridiano de Sangre.

Escrito por: Hugo Savino

Para
Concha García
Javier Rodriguez de Fonseca
Simón Royo Hernández

Escucho. No siempre entiendo, pero igual respondo. (Paul Claudel)

La ventaja y el peligro son ambos inherente a la maniobra. (Sun-Tsé)

Un niño es arrojado al mundo. Un pibe, un Billy the Kid. Sin su Pat Garret. Hay niños Billy the Kid, serán desertores de mil naciones, y hay niños que serán algo. Dirigentes, empleados, maridos. O pueden llegar a ser un Pat Garret. Es la violencia del mundo. Todo depende del lado en que uno caiga. Y hay padres. Padres que les aplicarán olvido o punto cruel. Este niño “es pálido y flaco, lleva una camisa de hilo fino y ajada. Aviva la lumbre en la recocina.” Hay niños de la recocina, que irán a más recocina. Atravesarán la puerta y empezarán a caminar sobre “jirones de nieve”. Este niño “viene de familia de poceros y talladores de madera, pero en realidad su padre ha sido maestro.” Era un padre que citaba poetas “cuyos nombres se han perdido para siempre.” Así que están los niños que no reciben los nombres de los poetas que leían sus padres. Son los niños que quedarán atrapados en el círculo de los nombres. Aplastados por el nombre. Nunca tendrán el sugerir. El peor pecado de un padre es no entregarle sus poetas a un hijo. Es como no dejarlo tener un perro. Entran al mundo indefensos. Entran sin la magia y el misterio de la sugerencia. No contaré esta novela incontable. Nadie que se asome a una de sus páginas podrá abandonarla.

El niño, el Kid se murmura a sí mismo :  “Dios, a qué me abandonaste.” En ese polvo cósmico.

Hace años que la leí. Y ahora la releo. En esa época leí todo lo que se había traducido de Cormac McCarthy. Meridiano de sangre es uno de mis libros preferidos. Cosa que no quiere decir mucho si uno no hace algo con él. Hay que hablarse mucho de los libros amados.  Enviarse notas. Rumiarlos. El Chaval (el pibe)  es un personaje que se trasladó a mi pasado. Tengo la impresión de haber sido amigo de un Chaval. De un Billy the Kid barrial. Se llamada L. Un descarriado. O un extraviado. Lo perdí de vista alrededor de los quince años. Mudanzas. Traslados en las mañanas de la provincia de Buenos Aires. La policía lo mató en un enfrentamiento. Cinco años mas tarde. En un techo.  Este pibe era un lumpen salido de una novela de Néstor Sánchez.  Ineducable. Fue jefe de una pequeña banda de ladrones. Vivió su Meridiano de sangre. Podría haber andado junto al Chaval de esta novela. Tenía un hermano menor,  era mi compañero y amigo. También era un Chaval. ¿Dónde está en este presente? ¿En qué novela?

Siempre habrá un novelista para un Chaval.

Las palabras sirven para decir y esconder nuestras historias.  Eso es el periodismo. Que trabaja del lado del relato escondedor. La novela, si es como la de Cormac MacCarthy, trabaja del lado de la revelación. Y nos hace poner el cuerpo en el lenguaje. Y hace que aparezca una parte de nosotros mismos.

El Chaval no tuvo elementos para perderse en interminables comparaciones. Nunca pudo ver la diferencia entre un mal poema o un buen poema. El Chaval es como esos chicos a los que se los asiste solo con pan y a la vez se les niega la enseñanza de un verso de Góngora. Ese abandono le pasó por las tripas hasta el corazón…[…] El odio verdadero, la violencia  verdadera, vienen del fondo, vienen de esa juventud, perdida entre las manos de la indiferencia. Repito : un arrojado al mundo sin nombre y sin sugerencia. En esa indiferencia está la profundidad de la herida. Ni siquiera tuvo su minuto de juventud.

Un día, de golpe, creció, y tiene un rifle “recortado y recalibrado para que pesase poco […] Lo había llevado así años y años atrás, y la parte anterior de la culata estaba muy gastada por debajo.”

Tipos perdidos. Extraviados. Descarriados. En algún lugar nacieron. Ahora es la dispersión. ¿Dónde nacieron? Ni siquiera un origen bien establecido, cosa de ver un funcionamiento, un rastro de otra vida posible. ¿Sirven a algún amo? ¿Se salvaron de esa noria? ¿Y cayeron del otro lado de la vida? Pero eso también es la vida. Matar o morir. Solo sabemos bien este presente del Chaval, polvo, rocas, duerme a la intemperie envuelto en una manta “bajo las mismísimas estrellas”.

El Chaval de Meridiano entra entonces en esta traducción : ¿Dios a qué me abandonaste? Del salmo 22. Y no a esa otra  de la Biblia del Chaval, aunque no la haya leído, que dice : “¿Dios, por qué me abandonaste?” Es una diferencia profunda. El Chaval de Cormac McCarthy es un héroe bíblico de la King James Version.

No tiene nombre, es un anónimo, pero un anónimo es alguien que vive, también lleva consigo la fuerza de lo viviente. El Chaval está entre todos esos otros nombres, casi todos una celebridad, y él tiene una relación con ellos, y también tiene su pasado, porque solo existe el pasado de cada uno. Que circula por nuestra memoria. Retazos, requechos que insisten.

En Meridiano de Sangre la unidad no es la palabra, es la rítmica bíblica, apocalíptica, del ritmo. Del ritmo irreversible de cada uno.  Acá hay profetas, que  ven con el oído. Pero son profetas con el rifle en la montura.

Esta frase de vagabundo le va al Chaval : “¿Quién soy ¿Dónde estoy? Cada vez sé con menos certeza – si es que alguna vez lo he sabido – hacia donde corre este mundo de pastos y de sombras.” (William T. Vollmann) El Kid se sienta “en el ojo de aquel yermo convertido en cráter donde se desdibujan las márgenes del mundo en una conjetura espejeante que circunda el desierto.”

El niño se despoja, el origen se vuelve remoto. Vivirá en el mundo donde “nadie pregunta a nadie qué lo ha traído por aquí.” Es el mundo de los perdidos para eso llamado mundo real. En el que viven los que pertenecen. Pertenecer o no pertenecer.

Está el territorio. Hay que sacar mapas. Como en los libros de batallas. Sí, el mapa muestra el viaje. “Y la preparación es más importante que la ejecución.” (General Beaufre) No se puede leer seriamente  a Cormac McCarthy si uno no adquiere un mínimo de conocimientos históricos. O aviva la imaginación viendo westerns. Hay que leerlo cormacmccarthy.

Aquí, en Meridiano de sangre, siempre es la guerra, como en el lenguaje. Aquí no se gana para “poder explotar la victoria que a menudo le cuesta más caro al vencedor que al vencido” (Hubert Camon). Aquí se gana para seguir, para salvar el cuello, para seguir en el paisaje de la sangre.

Está el epígrafe de Paul Valéry. Cito : “Vuestras ideas son terribles y vuestros corazones medrosos. Vuestra piedad, vuestra crueldad son absurdas, desprovistas de calma, por no decir irresistibles. Y al final os da miedo la sangre, cada vez más. La sangre y el tiempo.” El Chaval no solo fue arrojado al mundo. También fue arrojado al tiempo. Que nunca recuperará. No sabe leer ni escribir y ya alimenta una inclinación a la violencia ciega. Toda la historia presente en ese semblante, el niño, el padre del hombre.

La sangre y el tiempo. Piedad y crueldad irresistibles. Ese irresistibles es un efecto de la escritura de Cormac McCarthy. El chaval, el niño, el pibe lleva esa herida de la pena sin remedio. Leo la cita del The Yuma Daily Sun del 13 de junio de 1982 que Cormac McCarthy pone a la entrada del libro : “Clark, que el año pasado dirigió una expedición a la región de los afares en el norte de Etiopía, y su colega Tim D. White de la Universidad de California en Berkeley, añadieron que un cráneo de 3000.000 años de antigüedad, encontrado anteriormente en dicha zona […] muestra claros indicios de haber sido escalpado.”

Está lo escalpado que es la humillación suprema.

Meridiano de sangre es una novela en la que se pierde la vida y el cuero cabelludo. Se mata. Se asesina. La civilización, la cultura se vuelve loca y empuja su escoria  hacia el desierto.

Aquí, nadie descansa, todos parecen haber leído la frase de Napoleón : “Los generales que reservarán tropas frescas para el día siguiente de la batalla serán casi siempre derrotados.” Se cabalga de batallas en batalla.

El chaval vivirá, sea de día o de noche, en “una oscuridad previa al albor”  Y será “náufrago en la vida y en el desierto. En un “desierto absoluto”. El viajero del “desierto absoluto” solo sigue los desperdicios que dejan otros viajeros.

El niño o el chaval, es un desertor, y el juez lo sabe. Considera que los desertores se amotinan, tarde o temprano,  tienen un punto defectuoso, son clementes. El juez de mano de la ley, finalmente, como dice Sade, está loco de celos por el criminal. Y más por un desertor. El desertor tiene el aura de la radicalización última. Es el que escapa a las garras de la Sociedad. Y entonces, el juez descubre que puede recurrir a la ley para enmascarar su inclemencia.

El capitán White, o Glanton, nunca tuvieron en cuenta el consejo de Clausewitz : “en la guerra siempre se está en la incertidumbre acerca de la situación recíproca de los dos partidos. Hay que acostumbrase a actuar siempre según verosimilitudes generales, y es una ilusión esperar un momento en el que estaríamos libres de toda ignorancia…” Esta es una banda de asesinos llena de ilusiones. Cada uno la suya. Asesinos llenos de ideales. Hundidos en la autosatisfacción, cada uno de ellos cargado de su ideología, que no tenía ni idea de que el enemigo también juega en el tablero de la guerra. El Chaval y el Juez son la excepción. Dos sistemas nerviosos sin ideales ni ilusiones.

Un juez es claro con el desertor : le dice : “En tus propios actos está tu sentencia.” El juez Holden es el soporte de la historia,  con minúscula, y de la Historia con mayúscula,  y en la historia según el Juez de la novela, los hombres son apenas fragmentos de la humanidad, piojos que no cuentan,  y sobre todo si son desertores de un proyecto. El juez, que es un realista lógico, se lo dice blanco sobre negro al chaval : “envenenaste todo el proyecto”. ¿Contra qué se rebela o se amotina el chaval? : contra la patraña de “vaciar nuestro corazón en un corazón colectivo.” Que es la retórica barata de este juez cabeza de huevo. El desertor siempre es “solo uno que no quiso hacerlo.” ¿Hacer qué? : sumarse al “corazón colectivo.”

Un desertor puede quedar libre, sí, pero libre en la calle. En el desierto de la ciudad. O en el desierto de las rocas y los cactus. El chaval tiene la fuerza de los débiles. De los frágiles. “No pretende ser testigo de nada, ni de las cosas presentes ni de las futuras, él menos que cualquiera.”

“Bajo la mano del inculpado más débil, se halla el principio de una fuerza inquietante.” (Lyotard)

Pienso en las dos versiones del Tren de las 3,10 a Yuma. Una de las películas que me metieron en la leyenda del viaje. El cine western es una parte de la zona mítica de Meridiano de sangre.

Repaso : hay un padre bestial. No hay madre. Hay una inclinación a la violencia ciega. Ya estamos en plena Biblia. La King James Version. Seguro que se trata de esa traducción. Faulkner salió de ahí. Cormac McCarthy también. El chaval no lee, pero no hace falta leer para recibir las enseñanzas de la Biblia.  “El chaval tenía una Biblia que había hallado en las minas y siempre la llevaba encima a pesar de que no sabía leer.” Hay un errar bíblico. Y hay un extravío bíblico. Hay desertar y hay desobediencia.

Otra vez Napoleón : “los acontecimientos [en la guerra y donde sea] ocurren cada día:” Para Cormac McCarthy no hay acontecimiento esencial. Es cada día. Son puntuales y particulares.  Cormac McCarthy le arranca a la crónica histórica la vida de estos personajes y las escribe. El soplo de Shakespeare. Y las hace leyenda. Se puede seguir la vida de cada uno de ellos mientras uno lee,  ellos  caminan, hablan y viven, y matan o los matan, todo enlazado con el polvo y las rocas, y las ciudades como telón de fondo.

Hay una impresionante continuidad de escenas. ¿Dónde pondrá el Chaval sus fuerzas? Leamos estratégicamente : el Chaval empieza  a hacer la guerra : Primer aprendizaje : todo lo que está por encima de él puede matarlo. Y por encima de él está la Sociedad. Y la Sociedad solo tiene una regla : todos debe rendirle cuentas e idolatrarla. Hay que adorarla. Es una razón de Estado.

“Todo es opinión en la guerra, opinión sobre el enemigo, opinión sobre sus propios soldados […] Cuando uno tiene fuerzas inferiores, el arte de la guerra, en definitiva, consiste en ganar tiempo.” (Hubert Camon) El juez Holden es un maestro del ganar tiempo. Céline dice que los poderosos pagan para limpiar el terreno. No hace falta mucho dinero para ser un rico o un poderoso de Céline. Basta con dejarse convencer de que hay limpiezas necesarias y enseguida hay un capitán White o un Glanton para hacer la tarea. De la conciencia crítica a la buena conciencia hay una delgada línea grisácea. Glanton es carroña contratada. La banda Glanton se mueve en estas coordenadas. ¿Sabe vencer? Vence muchas veces, pero hay que saber vencer, a veces vencer es  mas costoso que ser vencido.

Así que el Chaval tiene que darse una estrategia : nadie puede viajar sin estrategia. No lee, no escribe : no puede estudiar a Gracián o a Maquiavelo. Solo tiene a mano su historicidad de joven de catorce años. De ahí tiene que sacar su arte de la guerra. Que es el único arte in progress. En su mundo. Un pobre, en cuanto sale al mundo, sale a la guerra. O no leí nada. El Chaval es la escoria de las instituciones. El juez es alguien disponible finalmente para un arreglo con las autoridades. Es maestro de relatos, o sea de mentiras propagandísticas. El Chaval es la fuerza de la deserción. Y del desacato.

“El viento desapacible hace correr las hojas por la cuneta hacia los campos oscuros.”

Mulo y no caballo.

Estados : Tenesse, Kentucky, Misisipí y Arkansas.

El chaval sigue su aprendizaje metódico en la marcha : o va sobre las cosas y personas como una carga de caballería y deja abalo y sable en el camino, o lleva cuchillo en la bota. Pero ya sabe que es obra de las circunstancias y que debe andar con ellas.

Todo ese acontecer se juega entre la memoria y el olvido. Y acá el olvido no es posible. El territorio de la violencia es circular. No hay escondrijo posible,  una vez que se entró al  círculo, el abrazo mortal del juez te alcanza siempre.

Entonces : ¿solo queda integrarse al partido del Diablo para sobrevivir? Es una pregunta sin respuesta.

Se va de chaval a hombre, y se envejece como las cosas, con la fuerza de las cosas. Y el chaval sea niño u hombre siempre estará atrapado en un círculo : el de la violencia o el de la búsqueda del pan. Irá de migaja a migaja. Y el pasado se volverá mudo. El juez tiene la última palabra.

Hacia el final de la novela el juez, diga lo se diga, es un perro guardián del mantenimiento del orden, cree insultar al Chaval cuando le dice : “Ni asesino, ni partisano.” No entiende o entiende demasiado bien, que el Chaval no es solo un desertor, es la deserción, el desacato mismo.

Hugo Savino: Furgón de cola

 

Anuncios