La lengua del retorno o la que nombra lo que no podrá ser

Escrito por: Juan Ritvo

“Hacía ya muchos años que las palabras sonaban distintas”, dice inicialmente esta lengua vespertina, esta lengua del ocaso.

Stare miasto, Dzien dobry, ¿de qué hablamos?

Una lengua pertenece a una ciudad; pero las ciudades cambian con mayor rapidez que las lenguas y las lenguas son el testimonio mismo del anacronismo de la existencia.

Aparecen ante el viajero un palacio, una iglesia y de, pronto, un “indecoroso monoblock soviético”.

¿Todo está igual que antes? ¿Todo está como la memoria antigua lo recuerda?

Casas de pocos pisos, veredas anchas, portales recoletos; incluso había mansardas.

Pero todo había sido minuciosamente reconstruido, incluso las grietas. “Todo estaba allí, todo, menos ellos”.

Es el todo el que se equipara al vacío y a un vacío tan profundo que  ya ni fantasmas quedan.

Es difícil expresar la extrañeza desolada que transmiten estas páginas de Sneh.

“Nuestra lengua se vuelve para ellos el idioma de un planeta antiguo”.

Quizá aquí comienza la literatura  que se construye destruyéndose y que se destruye oprimida no por el canto de los desaparecidos, sino por su silencio; porque incluso la memoria está ya a punto de perderse para siempre: tras el dolor de los que ya no perduran en su ser llega el olvido tenaz de los sobrevivientes y, después, al ritmo de los redoblantes y de las trompetas, aquellos que estuvieron y ya no están, no hace tantos años; pero qué importa, unas pocas décadas bastan para que las huellas  de la memoria sean la huella de nadie, a ese ritmo supuestamente tradicional, todo se vuelve actual, instantáneo, casi absurdo. ¿Quién puede volverse nostálgico o melancólico?

Entre la ciudad, reconstruida para que el horror quede erradicado por completo, y los restos lingüísticos que Perla trae una y otra vez, con pronunciación extraña para nosotros y para ellos, restos que habitan un limbo, hay un proceso de ósmosis constante que le permite decir, con entera razón que sí, que el realismo es exótico; exótico y grotesco…

Allí donde comenzaron los combates que son, para nosotros, hablantes del castellano rioplatense, un tenaz símbolo de que sí se puede creer en el ser humano, que sí, que hay, pese a todo, héroes que están más allá del cómic y del mito, los contemporáneos han hecho un Muzeum.

En un mundo donde  los judíos han desaparecido, arrebatados por el odio nazi y el de los mismos polacos,  todo este tributo ist very popular.

Sneh, en ese mundo y viniendo ella de aquí, intenta recordar y lo hace invocando la segunda letra del alfabeto – que quizá algo más que el alfabeto hebreo, quizá sea el alfabeto del mundo – que brillaba en la tapa de una alcantarilla. ¿Aquí está ( debería decir mejor, “yace”) Dios o mejor, como lo escribe en nuestra lengua D’s: impronunciable, para siempre impronunciable… Los judíos condenados a la extinción, habían hallado su ciudadanía en las cloacas…

La segunda letra es la primera de la historia y nosotros podemos repetir estas palabras kafkianas que son como un murmullo de ruinas, “¡Guardián! ¿Cuándo termina la noche?”.

                                                          * * *

Hay rasgos de estilo que no podemos dejar  de mostrar. “Y dale con los gerundios…”

Es una expresión coloquial injertada en una prosa límpida en la que siempre se integran los armónicos de diversas lenguas en un castellano rioplatense: de aquí… Sí, pero armónicos que no son eruditos porque, en última instancia, los nombres  que evoca, con pudor, ya que dice “Vístula”, sin nombrar a Varsovia o “Riachuelo”, sinécdoque de Buenos Aires, la amada y temida ciudad porteña, pudor que está destinado a liberar al lector ( y a la escritora en tanto lectora) del imperio raso de la llamada autobiografía o de la historia documental que siempre, absolutamente siempre, debe validar nuestras fantasías; armónicos, entonces,que nos reenvían a la lengua del ghetto: “Aunque desesperación, le advirtió un amigo, era una palabra peligrosa; mejor evitarla. O mantenerla secreta.”

El amor, anónimo, está presente en todos lados: irrumpe sin necesidad de ilación alguna:

“Vino el beso. Pero tuvieron que salir corriendo, porque ya empezaba la película.”

También el horror, tan pendiente de esa palabra irremplazable, tan penetrada por el secreto  que albergamos en nuestro cuerpo y que la muerte se llevará sin retorno; el alma, animula, vagula, blandula, el alma vagabunda, cariñosa, de Adriano, dicen, desde luego…

En el principio fue la destrucción…

¿Qué clase de locura nos compele a hacer listas con los nombres de todos los que fueron aniquilados? La lista: el modo de la memoria por excelencia. Cuando termina empieza de nuevo, uno por uno. Estas escrituras hablan de todo. De los que prendían ocho velas para celebrar la salvación de los ancestros en medio de su propia destrucción. Del suelo negro de la ciudad aniquilada.”

Al fin de  cuentas Karl Solger, un romántico alemán que nada podía saber de todo esto, que murió, con tanto talento, tan joven, que nada podría haberse imaginado de Treblinka, tenía definitivamente  razón: en el arte, en la literatura, la Idea  centellea y se destruye; lo particular ironiza  lo universal, aunque conserve las esquirlas de la belleza incomprensible…

(Sí, incomprensible, pero todavía es belleza.)

                                                        * * *

 La lengua tiene algo de sagrado cuando la literatura la  embriaga.

Un personaje ( ¿quién? no importa… cualquiera que hable y nos hable…) pronuncia la palabra Vístula y de golpe, a la distancia se abre una dimensión inmensa del tiempo y del espacio: “he nadado en muchas aguas pero soy el hijo del Vístula”.

Y empieza el desgranar impetuoso y sin pausa de los recuerdos:  el Riachuelo, un bar, un hombre que estuvo en tantas batallas y puede decir, podía decir, “suelto de cuerpo”, mamá…

Contar, leer, la abuela, la omnipresente abuela y sus palabras, el ritmo de sus silencios,  de sus murmullos, toda una literatura puede reconstruir esa habla.

Toibe, Taube, que quiere decir paloma.

Muter no es la palabra, es demasiado lejana, mamá, máme, mejor. Los pueblitos a la orilla del Vístula y otra vez, reconstruyendo el hilo de la historia, de la historia contada a salto de matas, aparecen las palabras. “Eran lo único que tenían – dice Perla Sneh – en ellas se reconocían, tomaban aire, recobraban el aliento.”

Las palabras, refugio precario y último contra la intemperie, el hambre, el odio, la persecusión.

Hay algo terrible, terrible y conmovedor aquí, que solo puedo reproducir con sus palabras:

“Tampoco había más el tiempo de las sinagogas de madera, frutos espléndidos de la pobreza y la lectura; solo quedaba el aire donde ya no se alzaban  sus paredes.”

                                                            * *  *

Hay un momento del texto que nos revela su técnica. No me refiero con esta expresión a una suerte de catálogo de figuras y de dispositivos abstractos que tratan a la obra como disjecta membra, sino al punto de vista unitario del cual emerge una multiplicidad de figuraciones que realizan esta constante oscilación entre la palabra buscada a tientas, la palabra hallada como en un centelleo y la visión que aparece y desaparece en la historia narrada.

“Tanta palabra; muchas infelices. Papeles sueltos, escenas congeladas. Una nueva muralla, una nueva  frase. ¿Qué hacer con ellas? Las leería él?. Curioso, pediría aclaraciones, indicios, detalles. Como quien no quiere la cosa, trataría de sonsacarle lo que estaba por venir como si ella lo supiera. ¿Quién se iría antes? ¿Quién cruzaría primero las aguas oscuras? Esperaría al otro en la orilla? ¿Cómo saberlo?¿Cómo decir la contrición y el cansancio? ¿Cómo nombrar la luz innumerable?¿Dónde poner las miradas en peligro ¿Cómo decirle que cada vez era más difícil lidiar con vocales y consonantes?

Cortala de una vez, nena, y leé lo que está escrito.”

Sí, sí; hay muchas palabras infelices, pero de vez en vez centellea el vocablo, deslumbra la expresión fuera de medida, felicísima. Como si dijéramos, con Nietzche y Mahler, que profundo es el dolor pero más profundo es el deleite; algo que solo podemos decir cuando escribimos, no cuando la crueldad humana nos encierra. Ahora bien, y es esto lo que nos interesa aquí, Sneh escribe esas palabras felices mediante papeles sueltos y escenas congeladas. Nos propone visiones de la destrucción que se desvanecen sin desaparecer, visiones congeladas que se interrumpen y encabalgan unas con otras, se repiten una encima de la otra hasta configurar un vasto palimpsesto donde el dolor sufre una intensa  transfiguración.

El relato  no reconoce ninguna integración, ninguna progresión, quizá porque líricamente está orientado hacia esa tercera persona que condensa todos los llamados patéticos hasta resplandecer en la apelación a la luz innumerable, esa de la cual solo tenemos imágenes, imágenes de imágenes y quiza exclusivamente imágenes de imágenes de imágenes…

Mas esa tercera persona, de pronto, se encarna, y aparece la ironía que más que disimular el patetismo es un recurso para temperar el estilo alto o noble con la irrupción del bajo, que terminará por dar la verdadera medida del estilo patético que escapa de la dureza y el sentimentalismo apelando a la cálida, punzante, corpórea, sí, corpórea, dispersión del habla cotidiana.

Es el cuerpo el que se precipita en escenas que apenas son escenas, que quizá llamarlas escenas sea excesivo…que son, más bien, afirmaciones de una lírica de la ciudad inhóspita, despiadada.

“La ciudad – dice – se palpa con los pies y es durísima… ¿Cuántas cuadras quedarían por delante? No tenían la menor idea, pero seguían… Además en cualquier esquina irrumpían esas palabras que les brotaban en irrefrenables cursivas, como si cada palabra fuera más que ella misma, sostenida en un único trazo que la hacía tan presente, verdadera. Sin saber nada, sin poder nada sin querer nada puro nadar nosotros.”

                                                                 * * *

Hay una hora extraña, la hora del crepúsculo, crepúsculo de la lengua en que la luz misma subsiste y el mundo se deshace pero una lucidez insólita reaparece. Es la luz de los vientos, el siroco, el mistral ( yo recuerdo el recuerdo faulkneriano de Onetti cuando deja hablar al viento porque el viento es el rumor del paraíso…) Der Wind, der Sturm, es el momento en que el espíritu habita de nuevo el mundo.  En este mundo el otro, ese otro con el cual dialoga incesantemente Sneh y que porque no tiene nombre puede nombrar tanto a los vivos como a los muertos, ese otro, digo, puede convertirse en un sosías …

Al final, como en el sueño que ordenamos al despertar, las imágenes se disuelven y van perdiéndose, pero retornan nuevamente para que la palabra les extraiga la fiebre de un encuentro tan posible como imposible. La palabra jamás se reunirá con la imagen, aunque de esa tensión nazca el anhelo más  radical.

¿Entonces? ¿Qué nos queda? Quizá el momento final del texto, tan de magia invocada por un cuento de invierno en el  que la locura, la devoción, la nostalgia punzante, el recuerdo de lo que ya no está y quizá jamás estuvo pero sigue prometiéndonos las imágenes de la felicidad, quizá ese momento final en que los nombres son pronunciados y deletreados, deletreados por él, deletreados por ella, deja paso a esta frase memorable, que no me atrevo a comentar , que es innecesario comentar:

“El papel quiere volver a estar vacío, como lo hará la tierra después de nosotros.”

Juan Ritvo: Imprudencias Breves

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