Los gatos también vuelven a casa

Por Daniel Merro Johnston.

¿Qué hacen estos tres tipos en la entrada del Clearys?

¿A quién esperan, quietos y mediocultos tras el pilar como si llevaran allí desde el siglo XIX?

Este pub bajo el puente ferroviario de la calle Amiens fue la taberna Signal House en los tiempos del barrio rojo de Dublín, esa madeja de callejones oscuros, cantinas y tugurios, el Nighttown del Ulises.

Animado por fieles que beben cerveza de pie y regentado por los Swinn, la misma familia que conserva tenazmente tanto su incapacidad de cocinar algo decente como la costumbre de invitar una taza de sopa de rabo al que lo pida, está allí desde 1800.

Con mi tercera Guiness, pregunto al camarero dónde estaban las man-trap, esas puertas que ocultaban la entrada a las habitaciones secretas del burdel. El viejo me contesta con otra cosa, como si ya tuviese preparado el esquive: que aquí se reunía Michael Collins con sus soldados, se sentaban en aquella esquina y tomaban sopa igual que tú mientras celebraban las bombas republicanas.

Olor agrio de cebada poniéndose tibia, humo de cientos de miles de cigarros que han quedado pegados al alma de las maderas que hablan cuando crujen y muestran sus marcas oscuras de cerveza negra. Cepilladas, lustradas y nuevamente rayadas por la punta de las botas y los dardos de los que siguen desafiando la vida en silencio mientras chocan sus codos cómplices en los rincones de la barra de estaño.

En la tardenoche del 9 de agosto, al fondo del salón burdeos, en los asientos de madera con cojines verdes están esos dos, pinta tras pinta a 9,80 el par, medio borrachos. La luz de la lámpara les cubre apenas la mitad de sus cabezas casi juntas mientras intercambian sus ronqueras. Uno se tapa la cara, quizá se lamenta o no lo puede creer y le duele.

Se levantan, pasan a mi lado y decido entrar a la noche tras ellos, por Amiens Street rumbo al Liffey.

Vine a Dublín con mis vidas, las que me quedan.

Con mi vida pública, a visitar la biblioteca del Trinity College, el Temple bar lleno de turistas y la fábrica de cerveza con libro de records.

A cenar muy pronto, buscar historias de antepasados que no conocí, escuchar música en la calle y luego encerrarme en el hotel con el libro por la mitad, mi cuaderno y mi vida privada.

Pero también a recorrer los callejones de los barrios bajos, los pubs con carreras de caballos en la pantalla y hasta arriba de borrachos, luces negras de mi vida secreta, clandestina y vital que empieza en el crepúsculo, que me aleja de casa para explorar territorios ajenos, para saber qué comen y sueñan los otros.

Para encontrarme con gatos ignorados, marcar mi presencia, seguirlos por patios traseros, compartir su lenguaje y disputarles sus historias, tan diferentes a mi vidaláctea, diurna y previsible de refugios confortables.

Calado por la humedad del río y los adoquines fríos en las patas, me quito cien años trotando las calles oscuras y los terrenos baldíos de antes, escucho los silbidos de los cocheros desde su refugio y los juramentos de desconocidos que me muestran sus dientes a la carrera.

Quizá estos tipos que voy siguiendo, que suben medio abrazados por Gardiner Street, que se detienen en las esquinas a señalar o saludar a otras sombras rodeando una fogata y van hablando de la probable infidelidad de sus mujeres o de la mala educación de los jesuitas, sean James Joyce y John Byrne que vuelven a casa, a la de uno de ellos, al 7 de Eccles Street.

No encuentran la llave y uno de ellos se descuelga por el patio de servicio para abrir la cocina del subsuelo. Lo adivino antes que suceda, como si lo hubiera leído.

Joyce vuelve a Trieste, pero ese trayecto, ese pub y esa noche entera de alcohol y confesiones en la cocina quedarán incluidas en el Ulises.

Como yo, que vuelvo al mediodía a reconocer este barrio de putas, a mirar la taberna y dibujarla con cuidado, imaginar la casa de Byrne como si todavía existiera y comprobar las medidas del hueco por donde se descolgó aquella noche, mientras yo los observaba.

Porque si te cuesta seguir a los autores y sus historias a lo largo de sus textos, prueba a cazarlos en la sombra de sus noches, desde lejos y como un gato discreto por las calles de su pueblo.

Y que en compañía de las suyas, la noche te dé una vida extra.

Columna: Dérives

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