Una relectura de Lata peinada


Escribo para poder vivir, no para perderme.

(Ricardo Zelarayán, entrevista con Osvaldo Aguirre)

Ricardo Zelarayán huyó de la identidad como de la peste, del realismo, de ese todo fue dicho, esa ganga del posmodernismo, para escribir lo que todavía no había escuchado. O más bien, para escribir lo que nadie escuchaba. Y que andaba en el aire. Pescador de frases. Que ningún mar se tragará. Toda su visión la tenía en el oído. Fue uno de los pocos escritores argentinos de los últimos años que le dio importancia al lenguaje. Que no comió estructuras. Escribió sus obras maestras en el momento en que se imponía la ausencia masiva del lenguaje entre los escritores argentinos. Ese momento en el que la autoridad del comentario llegó al poder. Llegaron los especialistas. Con su semiótica. Sus filosofemas. Y todos se pasaron a la eficiencia de la narración. “La crítica: ¿estética operativa o sistema autónomo que utiliza a la literatura como combustible para su gimnasia formalista […] Nuestros críticos parecen estar convencidos de que todo escritor argentino es un copión y un colonizado. Según ellos, todo viene masticado en los libros traducidos y aquí sólo se puede copiar o parodiar.” (Ricardo Zelarayán). Como buen lector de Alfred Jarry sabía de “los labios militarmente domesticados”.

 Lata peinada es su novela infinita, inconclusa, incumplida, porque llegó para quedarse. No importa si nadie la lee. O que algunos la confundan con la gauchesca. La escribía interminablemente. Con las palabras que se “caían de la mesa”, y en su poética extrema le dio lugar al primer lector, el que escribe, lo reivindicó, le dio aire, se lo arrancó a la burocracia crítica. Ricardo Zelarayán se “propuso trasladar a la literatura hasta los furcios y sobre todo los silencios del lenguaje hablado.” Lata peinada es incontable, como toda su obra, hay que leerla, y lectura en progreso, clandestina: “Inútil  taparse las orejas.”

Escrito por: Hugo Savino

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