Sinsentido común

Sentido común… ¿qué común? ¿Entre quiénes? Yo soy brecha y el sentido común una garra que hurga en esta abertura donde no hay nada, hueco nada más. Se retuerce la garra tratando de raspar los desfiladeros de mi agujero pero hace tiempo que esta grieta no se puede arañar. Llevar al otro al espejo, dejarse llevar al espejo, ir a matarse. El espejo es la orilla a la que va a morir el sujeto cada tanto. Confluyen dos en ese lugar donde no hay espacio para ambos: lo imaginario. Casa de certezas, que son la ilusión más grande. Y se pelean una certeza contra otra, demostrando, en la contradicción de esa lucha, que no hay una verdad como tal, pues si hay una y su contraria, no hay ninguna. Ahora, el sujeto bien puede engañarse y deleitarse en la fe que se tiene a sí mismo como poseedor de esa ficción ilusionante, haciendo su mejor esfuerzo para demostrar que en realidad sí hay una sola y absoluta verdad y, siendo el dueño de la misma, solo le resta convencer al otro. Sin embargo, lo poquito que se puede rozar de alguna suerte de verdad, no es sin fisuras,  y esta incompletud no es tal si disimula bajo el traje de la falsa humildad, requiere más bien de una asimilación de la división de cada cual. Hendiduras que permiten al dos, a la relación, armar un encuentro donde no gobierne el empuje a la aniquilación. La totalidad de un uno completo –un gran simulacro por otra parte-, sin rendijas, se convierte en un absolutismo para el otro si éste se deja atrapar en ese reino del espejo que es donde mejor se desenvuelve el tirano de las certezas. La única respuesta posible para salvarse de ser aplastado, es salirse del espejo. Evitar ser reflejo, proyección, diluirse de ese lugar tan engañoso y mortífero, para poder emerger en otro lado. Nadie se libra totalmente y para siempre de este cristal, pero puede alcanzar cierto nivel de habilidad para reconocerse cuando cae y, con cierta destreza, salir de ahí.

 Sumergido en el hostil terreno de lo imaginario alguno trata incesablemente, o más bien le sale solo, de interponerse entre un otro y el acceso a lo simbólico. Como un vómito incontrolable, sale de su boca una cascada de certidumbre que no es sino barro que todo lo ensucia. Impide la posibilidad de la pregunta, del acceso, a través de la apertura, a la tierra fértil para el cultivo de un saber nuevo, algo más propio. No se puede simbolizar donde impera lo imaginario; la imagen, la idea fija, la verdad mentirosa… Donde todas las respuestas están dadas, no ha lugar para el sujeto para la búsqueda. Encarnar un Dios para otro supone su aniquilación, el obstáculo para el saber. Ante esto, ese otro, que es sujeto de deseo, puede consentir, dejarse aplastar hipotecando su deseo a los altos intereses que le cobra aquel Dios por proporcionarle todo el saber –un saber mentiroso inexorablemente-; o puede disentir, y llevar su deseo de saber hasta sus últimas consecuencias, más allá del Todo-Dios, del Todo-Padre, pero sin abandonar a su vez el más acá que implica un límite necesario.

Escrito por: Marta García de Lucio

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