Uno es maldito, dos no son psicoanalistas: El infierno de los poetas

 En el panel central de El jardín de las delicias, de El Bosco, hay muchas fresas de diferentes formas y tamaños, además de otras bayas, que según algunos curiosos de la pintura y la religión estarían representando lo efímero y la fugacidad de lo placentero.

El famoso poeta, un joven pesimista que pasea junto a Freud[1], se queja por la caducidad de un mundo símbolo de lo pasajero, que le impide disfrutar de su dulce olor y sabor  que preferiría eterno y trascendente.  Freud piensa que el joven poeta  no soporta desenvolverse en un mundo destructor y lo supone viviendo un duelo no resuelto. El diagnostico quizá sea menos complejo: es un poeta vanidoso cuya queja, más que dejar expuesta alguna grieta subjetiva, la esconde entre vanidades rítmicas.

No es lo pasajero, como supone Freud, lo que impide al joven poeta disfrutar de la belleza, si no la imposibilidad de seguir deslizándose por las palabras, depuradas y alineadas, que encajadas a la perfección unas con otras  le ofrecían un mundo de distracciones y sentido.

No es lo transitorio, es el incómodo instante petrificado; no es porque  transcurre que la vida le duele, es porque se 1atasca y avanza sin moverse.  La corrupción se le adelantó, se le cayeron los negros y babosos párpados, no pudo ver más los pétalos de antes. Por eso la noche del infierno que Rimbaud imagina para su poeta jamás verá el amanecer[2].  Ese poeta,  abrasado por flamas caseras, se ahoga en la eternidad del breve jarabe que salpica sus otras inmortalidades. Rimbaud lo hace transitar por el reverso del lenguaje, sus venas envenenadas se convierten en precipicios y los himnos depurados se desploman irregularmente. Su caída pulveriza la palabra que por fin nombra, un saber que arde interrumpe el contoneo del tiempo.  Y burlándose  de ¡Las nobles ambiciones!, ridiculiza a la manzana que sueña con permanecer siempre colgada.

 El joven poeta, el vanidoso,  sí admiraba la naturaleza, pero lo hacía  desde su lenguaje impermeable  que algunos portamos porque eso traíamos puesto. Quizás el amigo taciturno, el tercero en la caminata, era el que podía ponerse y quitarse el impermeable de manera resuelta, no así Sigmund el perdurador y el poeta de los podridos.

Tal vez la vanidad del joven poeta no era tanta, tal vez Freud, desde los prismáticos de la palabra, no supo ver que el poeta moría cuantas veces sucumbía la flor, quizás el poeta no estaba dispuesto a admirar la belleza porque él era la mariposa en el arroyo.

 La fiesta de la putrefacción no es para todos, sólo los que se atreven a presenciar su propia corrupción se ven conmovidos.

El joven poeta se  aferraba y regocijaba en la palabrería, ya que la suponía infinita, eran sólo las vanidades rítmicas las hermosuras a las que rendía tributo. En cambio, Todas las muecas imaginables que el poeta de Rimbaud  hacía, eran necesarias para responder a la pregunta que la garganta llena de veneno no dejó de repetir.

 

Escrito por: Jorge Antolín y Ricardo Hernández

Ilustrado por: Ricardo Hernández

 

[1] Freud, S.: La transitoriedad (1916 [1915]), Tomo XIV, Amorrotu editores, Buenos Aires, 2006, p.305.

[2] Rimbaud, A: Una temporada en el infierno , Aldus S.A., Madrid, 2012, p.59.

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Un pensamiento en “Uno es maldito, dos no son psicoanalistas: El infierno de los poetas

  1. Me gusta mucho este texto.
    Si lo sigo bien, creo que toca de manera muy justa el peligro de la poesía convertida en retórica, la poetización, el palabrerío. Un hallazgo la expresión: “vanidades rítmicas”. Este texto me sugiere que el vanidoso como poeta, es un tipo que mide todos los riesgos.
    Hugo Savino

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