Aceptar lo que duele, hacer el duelo.

Un acontecimiento horroroso nos pone a pensar en la vida y la muerte. La vida es una contingencia, la muerte un inevitable. Podemos celebrar la contingencia, lo que no podemos es pretenderla necesaria. El día de lo inevitable es azaroso, podrá ser antes o después, en una circunstancia más discreta o más escandalosa. Juzgar lo justo o injusto del momento y forma de la muerte no es más que tratar de dar sentido a la pérdida más difícil de asimilar. Taponamos con sentido lo que se nos hace insoportable. Ante la angustia que emerge con el agujero, llenamos de sentido el hueco. Cada sujeto hace el duelo como puede. El duelo sí es necesario, cualquier otra cosa, que siempre toma la forma de una negación, no hará sino posponer el afrontamiento del agujero.

En la época que vivimos del “si quieres puedes”, pareciera que uno pudiera hasta evitar la muerte. Cada individuo cobra tanta importancia para sí mismo, ya sea por la vía de la arrogancia o del lamento, que cuesta asumirse como prescindible. Hemos pasado muchas etapas históricas, en las que el centro de la atención –cultural, filosófica, artística…- era ocupado por diversas figuras: Dios en la Edad Media, el Hombre en el Renacimiento, la Razón en la Ilustración… Diría que estamos en un momento en el que el “Yo” ocupa masivamente el centro de la escena. El yo es invitado a hacerse fuerte, dejando de lado el resto de lo que constituye un sujeto, taponando. Pura imagen, puro semblante, vamos engordando día a día el mayor de los simulacros: la completud. Tan completos creemos estar que cuando llega la muerte, la castración definitiva, de otro que no es uno, no la podemos creer. Digamos que este es el panorama general, luego caso a caso, entran otros elementos en juego: el dolor, la angustia, la añoranza…

Dice Lacan: “Nada más temible que decir algo que podría ser verdad. Porque podría llegar a serlo del todo, si lo fuese, y Dios sabe lo que sucede cuando algo, por ser verdad, no puede ya volver a entrar en la duda.” Y ¿Qué hay más verdadero y más temible que la muerte? Por más que uno lo intente, no hay forma de dudarla. Siempre al acecho es inimaginable el momento en el que se aparecerá definitivamente. Unos logran olvidarse de ella, otros la esperan a cada rato sin predecir que tan larga será esa espera tormentosa. Cuando le llega a uno… bueno le llega, seguramente le habrá caído encima sin que se la oliera. El problema nunca es para el protagonista, es siempre para el otro, para ese a quien la muerte acaba de convertir en espectador. Observa la escena y en su cabeza pasan miles de pensamientos que en nada atañen a quien acaba de marcharse. Pertenecen exclusivamente a quien los piensa.

La vida, en el mejor de los casos que es cuando la muerte no es anhelada, es placer y sufrimiento, vivir más o menos implica ambas cosas: disfrutar, padecer. El momento de la muerte, para quien se va, es indiferente en tanto no podrá lamentarse de no haber vivido más. Determinar si quien murió disfrutaba más que padecía o viceversa, es un cálculo ciego, imposible. El lamento es siempre del otro. Duelo y lamento no son la misma cosa en absoluto. El lamento bebe del sentido, arma toda una artillería contra uno mismo con la cual se resiste a no entender. El duelo, por el contrario, es la aceptación del sinsentido. La más honda pena que se siente más allá de cualquier significación, por la perdida de un ser querido.

Escrito por: Marta García de Lucio

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3 pensamientos en “Aceptar lo que duele, hacer el duelo.

  1. Gracias Marta por esta reflexión tan interesante y humana, me ayudó mucho, ya sabes que hace poco tuve la pérdida de una gran amiga, y tu me ayudaste a pasar el duelo. sigo tus escritos con avidez. gracias otra vez

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