Cuando el murmullo en vez de habitarnos retorna desde afuera. (VII)

Debemos a Piera Aulagnier el primer estudio importante sobre Louis Wolfson proveniente del campo psicoanalítico. Aulagnier redacta Le sens perdu (ou le “schizo” et la signification)[1] en 1971, apenas un año después de la publicación de Le “schizo” et les langues. La que fuera analizante de Lacan y posteriormente fundadora de la revista Topique, hacía dos años que se había separado de éste e impulsado la creación del llamado Cuarto Grupo cuando escribe su consistente trabajo sobre Wolfson, matriz de otro posterior, sobre la relación del esquizofrénico con el lenguaje. Extraemos de él alguna referencia imprescindible para tratar de articular algo de lo poco que sabemos sobre los hitos de la vida de nuestro particular “estudiante de lenguas”.

No vamos a entrar en los detalles de esa madre que parece, según se nos dice, extraída de un manual de madre de hijo esquizofrénico. Tampoco en los de las dos figuras paternas, biológico y padrastro, ambos plenamente desfallecientes a la hora de encarnar una tal función. Nos fijamos en los resultados, en la percepción de Wolfson de ser él una prótesis del cuerpo de su madre, –nos llega a decir que su esquizofrenia complementa a su madre, le es imprescindible a su madre–, y en la afectación paralela en el campo del lenguaje. El fracaso de la castración simbólica tiene este doble alcance: una continuidad de dos cuerpos que no se han constituido como tales, esto es, mediante la necesaria extracción de goce que los ordene en una perspectiva simbólica; y el imposible ingreso en el lenguaje simbólico, aquel que marca la inadecuación fundamental entre lo nombrado y lo existente. En este contexto de doble no separación, Wolfson queda como un colonizado frente a la lengua extranjera del colonizador. La lengua materna no puede hacerla propia puesto que el poder de nominación y de significación que signaría la aceptación de la alienación al campo del lenguaje está fuera de su alcance. Piera Aulagnier nos habla entonces de tres posibles salidas: dejar de nombrar e ingresar en el mutismo; identificar palabra y cosa; rechazar toda significación exterior y elaborar su propio campo semántico a base de neologismos. Wolfson escogerá la segunda. Más allá de una cierta artificialidad de esta clasificación, puesto que la no separación entre palabra y cosa creemos que es común a las tres posibilidades, lo que nos interesa es la reacción sintomática de Wolfson hacia el saber, que va a constituir su logro específico, como ya finamente observó Deleuze. En vez de quedar sometido al decir de la madre –el caso más frecuente– Wolfson opta por construir un lugar donde pueda adquirir un nuevo conocimiento sobre el logos. Ésta es su apuesta. Veamos los hitos de este despliegue.

Lo primero que hay que destacar es que Wolfson, desde que recuerda, siempre percibió una fractura en relación al mundo. Apunta claramente a una psicosis infantil, inicial, sin momento específico de desencadenamiento. Consecuentemente, su relación al lenguaje fue difícil desde el comienzo. Adquiere el habla a los cuatro años y tras un penoso esfuerzo. El significado de las cosas está rodeado de un misterio para él. Pero no tira la toalla, lo suyo es esforzarse y así consigue ir pasando de curso. A los doce años la profesora queda estupefacta ante la imposibilidad de Wolfson de deletrear tres de cada cuatro palabras. Ni madre ni hijo aceptan un diagnóstico de deficiencia y el hijo responde redoblando esfuerzos. Si su problema es el campo del lenguaje, ese será también su campo de batalla. Entrará en el liceo añadiendo como materia el estudio de una lengua extranjera y lo mismo volverá a hacer cuando llegue su ingreso en la universidad. Así trascurrirán sus años universitarios hasta el momento de su primer ingreso psiquiátrico, en el cuarto curso. Este es el señalado momento de desencadenamiento, del que parece que no se dispone de la mínima información que permita hacerse una idea de qué pasó. Más que de un desencadenamiento psicótico estaríamos quizás ante un brusco agravamiento o ante la ruptura del apaño que le protegía de los efectos de la imposición de la palabra. A partir de ese momento oír la lengua materna se le hace insufrible y toma la decisión de dedicarse por entero al estudio de lenguas extranjeras como paraguas protector.

Escrito por: Zacarías Marco

[1] AULAGNIER, P.: Le sens perdu (ou le “schizo” et la signification), en V.V.A.A.: Dossier Wolfson, SIMONNET, T. (ed.), Gallimard, Paris, 2009, pp. 63-107.

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