Cuando el murmullo en vez de habitarnos retorna desde afuera. (VIII)

Tras diez años sufriendo internamientos forzados con todo tipo de tratamientos agresivos, tanto eléctricos (electroshocks) como químicos (insulina-shocks), Louis Wolfson decide iniciar su trabajo sobre la fonética de las lenguas que terminaría siendo publicado en 1970, un poco antes de cumplir 40 años. Echando cuentas, llevaba entonces casi diecisiete años dedicado a su increíble esfuerzo lingüístico con las lenguas extranjeras. ¿Estamos capacitados para medir el resultado de tal esfuerzo? No es difícil constatar que, a pesar de su magna entrega, el trabajo de sustitución no alcanza a conseguir armar un cuerpo. Tampoco consigue armar, a base de su sistemático corta y pega, una lengua. Es algo que no parece estar a su alcance. Una limitación estructural se lo impide. Esto nos aleja del optimismo deleuziano, pero sin que coloque para nosotros un punto de llegada, bien al contrario, es nuestro punto de partida. Por delante tenemos todo lo que nos enseña a partir de sus procedimientos y de los efectos que éstos producen. Algo en ellos es exitoso. No cabe duda de que Wolfson emprende un camino hacia el saber sobre sí a partir del saber sobre las lenguas. ¿Cómo achacarle que su proceder sea loco? ¿Cómo no valorar los logros que alcanza cuando consigue con humor y no poca ironía tomar distancia frente a su propio sufrimiento? ¿Cómo no saludar, incluso con júbilo, la divertida y azarosa compensación que la vida le depara cuando su compulsiva y loca dedicación de descifrar los mecanismos del azar del más trivial sistema de apuestas se ve recompensada ganando en 2003 dos millones de dólares en la lotería americana? Parece que mientras Wolfson viva será capaz de sorprendernos. Decía Deleuze que, por primera vez en la historia, el invento de un esquizofrénico, el walkman, –que sólo debido al uso puramente personal y no comercial impide a Wolfson ser reconocido como su inventor natural–, tan útil para él, corría sin embargo el riesgo de volver esquizofrénico a todo el planeta…

Hasta aquí el acento ha sido puesto en el lado esquizofrénico, aquel que remite a una fragmentación originaria, tanto en la construcción del cuerpo como en la construcción del lenguaje. Ensayemos también otra vía, la del lado paranoico y las posibilidades que ofrece. ¿Nos permite el “caso Wolfson” hablar de la construcción delirante como un factor de estabilización? ¿Han proporcionado sus tiritas fonéticas extranjeras la armazón mínima necesaria para afrontar su lugar en el mundo? ¿Hay un progreso en ello? Vayamos por partes. Ha habido interpretaciones que apuntan a que Wolfson ha ido en la línea de conseguirlo. Sus tiritas fonéticas habrían permitido un desarrollo delirante pacificador. El pilar de este éxito estaría en lo que pudo desarrollar con la escritura y publicación de su primer libro, pese a las innumerables dificultades a las que sometió al editor. El libro vendría a signar un éxito en su procedimiento y la voluntad de hacer lazo con el otro a través del mismo. Leemos en el último capítulo adjuntado poco antes de su publicación cómo adviene a la revelación tranquilizadora que ya comentamos. Este pilar, siguiendo esta línea argumentativa, le permitiría a su vez ulteriores desarrollos en la línea de integrar al otro. No puede cambiar el mundo, nos dice, se trata entonces de adaptarse de forma menos sufriente…

Veamos ahora el lado delirante. ¿Permite su trabajo lingüístico desarrollar su terror a ser infectado por parásitos evolucionando hacia el delirio como ya daba cuenta Deleuze en su texto de 1992? El texto clave que nos permitiría avanzar en ello es ahora su segundo libro, Ma mère, musicienne, est morte…[1] A raíz de lo que allí se lee, podríamos interpretar que los parásitos y los gusanos de antaño, aquel esbozo de sistema delirante, de miedo al envenenamiento, han podido evolucionar para alcanzar plenamente la figura del otro, del diferente, lo que desembocaría en el desarrollo de pensamientos y actitudes racistas. Temor y odio hacia el negro, hacia el judío. Es su manera de incluir en su representación del mundo al otro malvado, de sacarlo fuera. Por eso, que él sea judío no es propiamente contradictorio. De esta manera la contaminación, la excrecencia que su locura manifiesta, pasa al mundo. Un modo explicativo que también es aplicado para afrontar la enfermedad de la madre, el cáncer. El útero generador de células cancerígenas le ha producido también a él. La raza humana infecta el planeta. Sólo la bomba atómica puede limpiar su progresión mortífera. Se apela al Dios-bomba. Para completar el sistema delirante sólo faltaría ubicarse con relación a este Dios-bomba, dotarse de un destino o ser señalado por Él para llevar a cabo una misión.

¿Podríamos colocar este delirio del lado del éxito? ¿Previene un nuevo ciclo de previsible desamarre provocado por la terrible contingencia de la enfermedad mortal de la madre? ¿Es ésta su respuesta a la prueba de esta verdadera castración en lo real? El segundo libro vendría a corroborar el anclaje en la escritura para abordar la terrible prueba de la separación con respecto a la madre, que morirá de un cáncer de útero poco después. Pero el éxito vuelve a parecer relativo. Este libro da buena cuenta de la extensión de sus bizarros comportamientos: de su aplicación en las bibliotecas públicas al estudio del cáncer (a través de libros extranjeros, naturalmente); de las irrenunciables visitas cotidianas a los diferentes hipódromos para desarrollar “infalibles” sistemas que permitan ganar en las carreras, aunque le lleven a conductas cuasi suicidas como lanzarse a atravesar la ciudad en pleno invierno con ropa de verano; de sus pensamientos racistas y sus temores paranoicos; y, en general, de toda su locura razonante y su locura a secas. Un prodigioso despliegue, es cierto, pero que no consigue abrirse camino como sistema. Wolfson no encuentra un elemento organizador que opere y abra un proceso de construcción. La tierra prometida de las otras categorías, aquellas de las que valerse en un mundo por fuera de la ley edípica, como soñaba Deleuze, no están a su alcance.

Reproduzco a continuación su sorprendente título originario (algo modificado en la versión de 2012), ejemplo extremo de aliteración con el fonema “m”, probablemente el fonema primario (léase materno) por excelencia. Y sorprendente también porque el título es doble: Ma mère, etc., y Exterminez l’Amérique. Un título que incluye además, para colofón, una doble autoría, la de su madre y la de él mismo, marcando por duplicado la imposible rotura de esta unidad loca, que es entregada al mundo en forma de carta bomba: Ma mère, musicienne, est morte de maladie maligne mardi à minuit au milieu du mois de mai mille977 au mouroir Memorial à Manhattan ou Exterminez l’Amérique, par Rose Minarsky & Louis Wolfson.

Escrito por: Zacarías Marco

[1] WOLFSON, L.: Ma mère, musicienne, est morte de maladie maligne mardi à minuit, mardi à mercredi, au milieu du mois de mai mille977 au mouroir Memorial à Manhattan, Attila, Paris, 2012.

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