Cuando el murmullo en vez de habitarnos retorna desde afuera. (X)

Cada uno crea

de las astillas que recibe

la lengua a su manera

con las reglas de su pasión

—y de eso, ni Emanuel Kant estaba exento.

(Juan José Saer, El arte de narrar)

 

Aunque James Joyce atribuyera a Édouard Dujardin la invención en la literatura del monólogo interior, la aplicación y el desarrollo que el escritor dublinés hiciera de él resulta ser tan único y paradigmático que se le considera, con justicia, como su verdadero inventor. No podemos pasar por alto la relevancia de este hecho, verdaderamente central, en la escritura de Joyce. Toda su escritura puede ser leída como atravesada por esta inquietud primordial, qué hacer con el murmullo que nos habita.

Comentábamos al principio de esta serie que el neurótico es aquel que pone una distancia con respecto al murmullo de su cabeza, devaluando la autonomía de este murmurar. El psicótico, en cambio, no puede dejar de darle una importancia, lo que nos indica que él está operando con algo de otro orden, con la cosa no expurgada de la palabra. Esto da cuenta de un fracaso inicial que ha impedido un vaciamiento de goce, con el resultado de lastrar y menguar el registro de lo simbólico de una operatividad estructural. Debido a ello, allí donde el neurótico dispone de un adormecedor mecanismo de significación (fálico), el psicótico se ve confrontado a la experiencia de la perplejidad, que puede desembocar, o no, en la elaboración de una significación delirante (no fálica), paliativa. Nos hemos detenido en el trabajo de Wolfson, un trabajo ejemplar para precisamente paliar las astillas de la lengua materna mediante tiritas sonoras provenientes de lenguas extranjeras. Un intento por incrustar el orden simbólico que, al no partir de un vaciamiento originario, no es plenamente operante y no conseguir evitar por ello las esquirlas de real, la cosa en la palabra. Creemos que Wolfson no dispone de lo que Juan José Saer llama “las reglas de su pasión”. Por eso su creación no puede morder suficientemente lo real, disminuirlo, encuentrándose, como está, atado en él.

Con el ejemplo de Wolfson hemos visto la actividad de la palabra injertada desde alguien que trabaja desde la fragmentación esquizofrénica. Si su procedimiento lingüístico no podía ser considerado ni arte ni ciencia era por la pobreza simbólica que lo habitaba, incapaz de generar una red de enlaces imaginarios. Ahora bien, ¿qué pasa en Joyce?, ¿qué puede ilustrarnos su escritura? Carl G. Jung se acercó a principios de los años 30 a su obra desde el otro extremo, desde una visión limitada al orden imaginario-simbólico, para concluir sobre la existencia de “una analogía entre el estado mental de la esquizofrenia y el Ulises1. ¡Y eso que le faltaba por leer Finnegans Wake!, podríamos añadir nosotros… Con ayuda del contraste de estos dos acercamientos, el uno desde la cordura y el otro desde la locura, ¿cómo podemos situar el trabajo que hace Joyce?

Si tomamos como base tanto las referencias de su obra –marcadas por un indudable valor biográfico– como los testimonios, tanto suyos como de amigos, podemos observar el lugar de verdadero filo de la navaja por el cual Joyce se deslizaba. Pero, al contrario que Wolfson, él si supo arribar a nuevas categorías. No sólo eso, se movió muy a gusto en ellas y las expandió casi al infinito, convencido como estaba que su invención tenía un alcance transformador de primer orden. Lo cual no implica que, recordando el poema de Saer, nos esté permitido hablar, tampoco aquí, de que fuera guiado por las reglas de su pasión. Joyce elabora toda su teoría estética para dejar fuera la kinesis, decantándose por la stasis. Extremadamente fino a la hora de interpretar la claritas de Santo Tomás de Aquino como quidditas, como esencia del ser, él concluye que aquella belleza que produce un estado de encantamiento del corazón irradia directamente de la cosa, del objeto, sin que éste sea requerido por una cualidad específica, y menos que nada por una pasión. Vemos claramente la emergencia de este objeto en el invento de la epifanía. Ahí el artista no crea, no fabrica, sólo recorta y presenta esos “momentos más delicados y evanescentes”2. Éste sería el éxito del trabajo sobre el murmullo. En vez de ser invadido por su pregnancia y acudir a la desesperada en busca de una significación imposible (delirante), Joyce es capaz de aguantar el tipo ante su falta de significación, ante el desgarro abierto en el plano de la significación que la emergencia de las voces produce. Una vez tomada la distancia con respecto a estos objetos palabras (voces y letreros), Joyce se pone a operar con ellos como si se tratase de un verdadero demiurgo, todopoderoso, sin afectación, ajeno –al parecer– a la fractura del encuentro con el lenguaje que expresa la palabra inconsciente, ajeno –ésta es su propuesta artística– como aquel Dios observando sus criaturas mientras se lima distraídamente las uñas3. De este éxito darían cuenta los dos siguientes fragmentos, ambos extraídos de Retrato del artista adolescente:

Su pensamiento era como un crepúsculo de duda y de desconfianza propia, alumbrado acá y allá por los relámpagos de la intuición, pero relámpagos de tan diáfana claridad, que en aquellos instantes el mundo se deshacía bajo sus pies, como si hubiera sido consumido por el fuego; después su lengua se anudaba y sus ojos permanecían mudos ante las miradas de los demás, porque se sentía envuelto como en un manto por el espíritu de la belleza y en contacto, aunque sólo fuera en sueños, con todo lo noble.” (p. 198).

 “Y se encontró, de pronto, mirando las palabras casuales que a su derecha o a su izquierda surgían, y estúpidamente maravillado de que se hubieran desposeído en silencio de todo sentido actual, de tal modo, que hasta el más insignificante letrero de tienda llegaba a aprisionar su espíritu como si se tratase de las palabras de un ensalmo. (…) Su propia conciencia del lenguaje estaba refluyendo de su cerebro y condensándose en simples palabras que se ponían a enlazarse y desenlazarse con ritmos traviesos.” (p. 200).

Pero para entender ese filo de la navaja por el que Joyce se paseaba conviene volver a los textos que indican la extrema dificultad que amenaza no pocas veces por imponérsele. Con ellos empezaremos la próxima entrega.

Escrito por: Zacarías Marco

1 JUNG, C. G.: Ulises, un monólogo, en V.V.A.A. Estudios Psicoanalíticos (ed.), Locura: Clínica y suplencia, Eolia, Madrid, 1994, p. 36.

2 JOYCE, J.: Stephen, el Héroe, Lumen, Barcelona, 1978, p. 213. 3 Cfr. JOYCE, J: Retrato del artista adolescente, op. cit., p. 243.

3 Cfr. JOYCE, J: Retrato del artista adolescente, op. cit., p. 243.

 

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