Los cuadernos de John Cheever

Escuchar la lección de Benjamin H. Cheever: no protegerse. Si vas a escribir, si vas a leer, si vas a publicar, no te protejas. Procura tiempo, es importante. Procura coraje, es indispensable. A quien corresponda: en las cartas y en los diarios, nada se puede cortar a favor de un hipotético interés del lector. Todo es sombra. Darle toda la sombra al lector, que de él sea el problema de la luz. La introducción que escribe Benjamin H. Cheever,  es un diario para otro diario, una confesión para otra confesión.

Jota

Introducción escrita por Benjamin H. Cheever para The Journals of John Cheever, publicado por Vintage International Edition, 1991

Cuando John Cheever murió, el 18 de junio de 1982, dejó -en sus cuadernos- un vasto trabajo literario, sin corregir, inédito. A partir de estos veintinueve cuadernos sueltos, Robert Gottlieb ha formado el siguiente diario.
La mayoría de las personas que conozco, reaccionaron con entusiasmo cuando algunos fragmentos del diario se publicaron en The New Yorker, pero otros pocos se sintieron heridos y decepcionados por aquello que leyeron. Estas personas me hicieron dos preguntas: ¿De verdad deseaba John Cheever publicar sus cuadernos? Y si era así, ¿Por qué razón quería publicarlos?
Comprendo que se sintieran afligidos. En algunos fragmentos del diario, la lectura me resultó profundamente dolorosa. Pero mi padre quería publicar sus cuadernos. Lo sé porque él me lo dijo. Y creo también saber el porqué quería publicarlos.
Los cuadernos no fueron inicialmente escritos con la pretensión de publicarlos. Tan sólo era el ejercicio literario para sus textos. También era el ejercicio literario para su vida. Mi padre compraba pequeñas hojas sueltas, tan pronto se acababan, compraba más. El cuaderno en uso, lo dejaba en su silla o cerca de su escritorio. EL contenido del montón de hojas apiladas eran fáciles de distinguir de las otras, de la carpeta amarilla que él usaba para sus cuentos y novelas.
Estas páginas -escritas febrilmente, con abreviaturas, faltas de ortografía y tachaduras- que pese a todo resultaban legibles, mostraban una excesiva pasión. Se suponía que no debíamos leerlas. No recuerdo sus instrucciones exactas, pero fueron suficientemente explicitas y dichas con un tono que resultaba casi amenazante.
Por eso me sorprendió cuando por primera vez comenzó a insinuar su posible publicación. Fue en diciembre de 1979. Yo había dejado a mi primera esposa y regresé a casa de mis padres. Pensé en mi regreso como algo alegre, algo cercano al triunfo. Supe más tarde, con la lectura de los cuadernos, que los sentimientos de mi padre al respecto, eran claros. Escribió: “El sábado por la mañana nuestro hijo Ben, después de una semana en un retiro espiritual, se jodió, dejó a su esposa y regresó a casa, al parecer por poco tiempo.”
Después de un par de días, mi padre se resignó a la idea de una larga estancia. “Mi hijo esta aquí. Creo que no nos conocemos; creo que nuestro destino es nunca llegar a conocernos. Observo, de una forma cómica, que él no jala la palanca del baño. Él observa que yo ronco. Mi otro hijo llega mañana. Siento que a él lo conozco mejor, pero hay que esperar y ver.” Y entonces, con cierta tristeza “Parte del amor a los hijos, es deprenderse de ellos.”
Estuve meses. Y mi padre parecía disfrutar de mi compañía (en sus cuadernos empiezo a aparecer nuevamente como un “hijo amado”) Hablamos mucho. Él quería hablar sobre sus cuadernos. Había enviado sus cuadernos de dos en dos a varias distinguidas librerías. Yo estaba sorprendido y envidioso por ello. Mi padre quería saber si los libreros se escandalizarían. No sé si ellos se escandalizaron, pero sus respuestas fueron para mi padre, de alguna forma, decepcionantes, porque después de un tiempo, recuperó sus cuadernos.
Él me preguntó en voz alta si sus cuadernos tenían algún valor como documento. Me preguntó repetidamente qué pensaba al respecto. Le dije que no sabía. Que suponía habría interés en aquello que escribiera. Que no podía opinar, porque no los había leído.
Entonces una noche de junio, se presentó con uno de sus cuadernos. Me preguntó si no me importaría echarles un vistazo.
Estábamos en el comedor. Me senté en una de la sillas y leí el cuaderno que me dio. Él se sentó en otra silla y observó. Me preguntó qué pensaba. Le dije que pensaba que el cuaderno era interesante; que pensaba eran textos hermosos. Me pidió que leyera más. Lo hice. En algún momento lo observé, y pude ver que estaba llorando. No sollozaba, pero las lágrimas corrían por sus mejillas. No dije nada. Volví a la lectura. Cuando lo observé nuevamente, parecía recompuesto.
Le dije que me gustó.
Él dijo que creía que sus cuadernos no deberían publicarse sino hasta después de su muerte.
Estuve de acuerdo.
Entonces él dijo que la publicación podría resultarle incómodo al resto de la familia.
Le dije que creía que podríamos tolerarlo.
Él quería saber si realmente creía que sus cuadernos tendrían algún interés.
Le dije que los escritores jóvenes seguramente estarían interesados. Entonces le pregunté si quería publicarlos, y sonrió. Parecía extasiado con la posibilidad.
El tema surgió un par de veces más en las semanas siguientes. Siguió preguntándome si realmente creía que serían de interés. Seguí diciéndole que sí.
Después de eso, se me permitió leer los cuadernos. Y los leí. Pero no fue agradable. No era el hombre ingenioso y encantador en cuyo cuarto de huéspedes había estado durmiendo. Los textos eran pesimistas y con frecuencia mezquinos. Había bastante sobre homosexualidad. No logré del todo comprenderlo, o quizá no quise hacerlo. También estaba sorprendido por lo poco que yo aparecía en los cuadernos. Estaba sorprendido por lo poco que aparecía la familia en los cuadernos, excepto quizá mi madre, quien no estaba recibiendo el tipo de trato que te llevaría a desear ser el centro de atención.
Esto nos lleva a la segunda pregunta: ¿Porqué alguien querría publicar estos textos?
Sobre 1979, John Cheever se convirtió en un escritor de mayor prestigio. “soy una etiqueta”, solía decir. “como los Corn Flakes, o el Shredded Wheat.” Parecía disfrutar de su estatus. Él debió sospechar que la publicación de sus cuadernos, alterarían su imagen. Su imagen pública era la de un cortés caballero inglés que vivía en una antigua granja y criaba perros de caza. Sus otros libros expresaban un sincero interés en otras facetas de la vida, pero era ciertamente concebible como algo puramente intelectual. Pocas personas sabían sobre su bisexualidad. Menos aún eran las que sabían sobre sus infidelidades. Y casi nadie podía anticipar la aparente desesperación de su vida interior, o la naturaleza casuística de su visión. Pero no creo que él se preocupara terriblemente acerca de ser un Corn Flakes. Él era un escritor antes de ser una comida para el desayuno. Él fue un escritor casi antes de ser un hombre.
En notas y cartas, muchos escritores de extraordinario talento, bajan la guardia y uno puede verlos tan incompetentes como el resto de nosotros, buscando torpemente un cliché. Esto no sucedía con mi padre. “Sé que hay algunas personas que tienen miedo de escribir una carta de negocios porque se encontrarían y se revelarían a sí mismos”, solía decir con desdén. Ahora me doy cuenta que la persona a la que estaba menospreciando era él mismo. No podía escribir una tarjeta postal sin encontrarse a sí mismo. Pero de todas formas las escribía. Se encontraba a sí mimo, se transformaba, y tú tenías una infernal tarjeta postal.
Vio el papel del escritor como algo algo superior y práctico al mismo tiempo. Solía decir que la literatura fue uno de los primeros indicios de civilización. Solía decir que un buen párrafo no sólo podía curar la depresión, sino también liberarnos de una jaqueca. Como muchos grandes curanderos, tenía la intención de curarse a sí mismo.
Durante gran parte de su vida, sufrió de una soledad tan aguda que resultaba prácticamente indistinguible de una enfermedad física. “el sabor de la soledad”, escribió a principios de 1979. “La silla en la que me siento, la habitación, la casa, nada de esto tiene sustancia. Pienso en Hemingway, que nos recuerda que su trabajo no es tanto sobre el color del cielo como del sabor de la soledad absoluta. La soledad no es, pienso, absoluta, pero su sabor es más fuerte que cualquier otro sabor. Creo que esforzarse por ser un escritor serio, es un proyecto peligroso”
Él pretendía con sus escritos, escapar de la soledad, romper el aislamiento de los demás.
Recuerdo que me dijo haber recibido una carta de agradecimiento de un hombre que había leído la novela en que Coverly Wapshot sueña que tiene sexo con un caballo. El pasaje había aliviado a este admirador de cierta carga de ansiedad; su soledad había disminuido. Esto complació inmensamente a mi padre. Por lo que él quería con sus cuadernos, continuar con este proceso: tenía la intención de mostrar a los demás que sus pensamientos no eran impensables. Tenía la intención de hacer un buen trabajo, pero también había un elemento de placer tal en la expectación de la publicación de sus cuadernos, que aumentaba su trabajo.
Cuando hablamos en 1979, él era mucho menos duro consigo mismo. El remordimiento que sentía por su bisexualidad, había sido casi insoportable en su juventud. En 1980, escribió: “En los treintas y los cuarentas, los hombres parecían temer a la homosexualidad como los primeros marineros temían ir más allá del fin del océano de un mundo que se apoyaba en el caparazón de un tortuga”
Un tonto podía pensar que la bisexualidad fue la esencia de su problema, sin lugar a dudas se equivocaría. Tampoco lo era el alcoholismo. Llegó a un acuerdo con su bisexualidad. Bebía poco. Pero la vida seguía siendo un problema. La forma en la que lidió con ese problema, fue escribiéndolo. Lo convirtió en historia, entonces publicó la historia. Cuando descubrió que  había escrito la historia de su vida, seguía queriendo publicarla.
Creo que la idea de publicar, de alguna manera, disminuyó su miedo a la muerte. De pronto la muerte era una oportunidad.
Mi madre es la albacea de los escritos de mi padre, pero siempre se ha guiado por el deseo de complacer a sus hijos y honrar la memoria de su esposo. Todos nos involucramos en la decisión de publicar sus cuadernos. El proyecto, por lo tanto, es nuestra responsabilidad. No son, sin embargo, nuestros cuadernos. Primero y sobre todo, son los cuadernos de John Cheever, después pertenecen a su editor. Robert Gottlieb fue el editor de mi padre en Knpof. Fue él quien convenció a mi, de alguna manera, escéptico padre, de la necesidad de la colección “historias” que apareció en 1978, y él hizo la selección. El libro fue un best-seller y ganó el premio pulitzer. Pero, más que eso, fue casi una prueba de la validez de la vida de mi padre y su arte.
Robert Gottlieb dio forma a este diario, le dio continuidad, y de alguna manera lo hizo sin distorsionar la naturaleza de la vida que se retrata. Mi familia observó el proceso con temor, actuando principalmente como un equipo de refuerzo. Sugerimos incluir los seis extractos ampliados en The New Yorker, dentro del libro. También ayudamos en el establecimiento cronológico. Pero la mayoría de nuestra colaboración fue limitada. No interferimos. No hicimos nada para proteger a nuestro padre. Nada para protegernos a nosotros mismos. Nos quedamos a un lado. Mi hermana Susan, mi hermano Fred, y Yo, hicimos más la labor de respaldo; mi madre principalmente se mantuvo a distancia. Nuestro trabajo supuso tiempo, mientras que el suyo supuso coraje.

Benjamin H. Cheever

Traducción: Jorge Antolin.

De la coleeción: Otros Ritmos

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