Casanova: atraviesa la piazza.

La opacidad de la historia: la opacidad de la luz. La limpidez de la luz: la tiniebla.

Schnitzler, al final de su relato El regreso de Casanova, imagina a su héroe ya envejecido, retornando al país en condiciones humillantes – como delator, como soplón al servicio del Consejo de los Diez – con casi ninguna expectativa que no sea volver a un lugar del cual había sido expulsado hacía ya más de un cuarto de siglo.

Ha pasado la noche bebiendo demasiado y hablando en exceso, con nuevos y poco confiables amigos. Luego de la medianoche, atraviesa la piazza  amplia, vacía, sobre la cual está suspendido un cielo de neblina, sin estrellas, aunque aquí y allá el centelleo inquiete.

Cansado, derruído más bien, Casanova se dirige como un sonámbulo a su albergue, pasando por estrechas callejuelas, muros oscuros, vías cerradas; siempre junto al agua tranquila y ensimismada, que le permitía cerrar los ojos y descansar, acompañado por una mancha tierna y familiar: murmullo que va y viene, chapoteo que lame, irregularmente, las paredes carcomidas por la humedad y los años, sumido en una oscuridad creciente que se abre a la laguna, a las islas cubiertas por pajonales y marismas, para perderse, finalmente, en el mar abierto.

 Me despierto ¿ y es al mundo al que tengo que preguntarle quién es Hamlet?

Es cierto: quizá soy otro y no lo sé.

Me despierto y veo la noche por vez primera; me despierto y la luz se ha devorado al mundo.

Casanova viejo, il vecchio Giácomo, se contemplaba continuamente en el espejo mientras empolvaba sus mejillas y se colocaba su amarillenta peluca. “Soy el caballero de Seingalt.”

(¿De dónde ha sacado un título tan ridículo?)

“En este año de 1797, a la edad de setenta y dos años, cuando puedo decir “he vivido”, aunque todavía respiro… En la actualidad, viejo como soy, sólo necesito comer una vez al día,…”

(Sí, y te pasas el día en la biblioteca del castillo de Dux, donde has sido alojado casi como un pordiosero, o en una modesta habitación donde escribes tus memorias, embelleces tu vida pasada, prorrogas tu muerte, te despiertas por las noches, sudoroso y angustiado y vuelves a escribir: “Mientras escribo siento mi mano, siento mi brazo, siento el rasgido de la pluma, siento que dispongo de mi cuerpo en las noches silenciosas, siento que me alejo de las burlas de los sirvientes; pero la cólera me invade, tengo accesos biliosos, y  ya sólo puedo atacar escribiendo denuncias, cartas difamatorias, libelos, hasta que mi mano se paraliza y la pongo en una palagana con agua caliente, dentro de la cual muevo los dedos crispados: yo mismo quisiera meterme allí y sentir el alivio que sentían los romanos cuando entraban en el agua tibia y perfumada, rodeados de mármoles y de techos altos y  de parques de árboles venerables que se mueven suavemente con la brisa, a las orillas del Arno benéfico – así libraban sus cuerpos del maltrato. Ellos también prorrogaban el destino.”)

Juan Ritvo: Imprudencias breves.

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