von Kleist

Hombre extraño von Kleist.

Escribió en francés: Tout comme l’appétit vient en mangeant, l’idée vient en parlant. (“Así como el apetito viene comiendo, la idea viene hablando de ella”). No es raro que haya escrito él, un alemán, esto en francés. Pasó un tiempo de desdicha en Paris, durante la conmoción revolucionaria que trastrocó el horizonte de la modernidad y que le enseñó que el habla posee una dimensión política: al hablarle a otro establezco, sin quererlo o queriéndolo, un pacto que lleva mis pensamientos, todavía un murmullo informulado, a una forma acabada que me sorprende a mí mismo antes que a nadie.

Para enseñar, decía, necesito comprender lo que transmito; pero para descubrir lo que pienso, necesito dirigirme a alguien, sin que importe mucho su competencia. La reflexión solitaria es impotente.

Cosa curiosa, irónica, diría: Kleist no podía confiar en nadie y hasta el fin, cuando se suicidó en compañía de Henriette von Vogel, suicidio de compañeros en la desdicha, no de amantes, se mantuvo en soledad, aferrado a su propia estatua.

Zweig dijo (y con razón) que Kleist no era un soñador, sino un sonámbulo, como el protagonista de su obra El príncipe de Homburgo.

El  sonámbulo se convierte en vagabundo porque no posee interlocutor; a diferencia del durmiente, entregado a su sueño, se mueve con una gracia mecánica e irresponsable. Para Kleist, el que entre al Paraíso, lo hará por la puerta trasera; será alguien que carezca de consciencia, como el títere que invoca en uno de sus breves y deslumbrantes ensayos.

En un ambiente como el suyo, el temple de Prusia y de la futura Alemania, que en abierta oposición a la tempestad discursiva levantada por la Revolución Francesa, exaltaba la interioridad y los poderes de la reflexión, Kleist juzgaba que intimidad y reflexión eran un modo refinado del infierno.

El 21 de noviembre de 1811, el posadero que había alojado a Henriette y a Heinrich, a orillas del lago Kleiner Wannsee, cerca de Postdam, los encuentra muertos, ella con las manos en el corazón y él casi de rodillas, con un tiro en la sien. (O en la boca, según  las fuentes…¿Importa acaso? Las épocas se solapan y los rastros finalmente se pierden…)

Juan Ritvo: Imprudencias Breve

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