EL NIVEL INFRALEVE DE LA MEMORIA (II)

EL NIVEL INFRALEVE DE LA MEMORIA (II)¹

El turismo ha acabado con la diferencia en el planeta. A poco que se considere es preciso convenir en la vertiginosa expansión de lo mismo, de la uniformidad. El paisaje, que nació siendo una acción sobre el medio, una manera de leer y relacionarse, es hoy un objeto más. Hemos perdido la relación, el nivel de la relación. Las experiencias que antes tenía el viajero están hoy totalmente codificadas, introducidas en circuitos, y la distancia que tan saludablemente existía entre lo que se esperaba y lo que se encontraba, poco a poco se fue traduciendo en un acoplamiento cada vez más exitoso entre lo que se ofrece y lo que se consume. Asistimos en la actualidad al entierro de esa diferencia. Bajo el señuelo de lo diferente, se demanda lo que se oferta y ambas cosas devienen lo mismo, en cualquier lugar. Nada escapa ya. Masas de turistas por todas partes teniendo en lugares diseñados para ellos su experiencia ruina romana, su experiencia café vienés, su experiencia azotea de rascacielos, su experiencia barco, museo, concierto…; sin que se libren tampoco las excursiones a la naturaleza, con su experiencia selva, ruta alpina, desierto, volcán o isla virgen, porque todo ha entrado a formar parte de la transformación del planeta en un entramado, en un parque codificado turísticamente.

El mundo tiene hoy estructura de mall, de tal manera que los que dicen buscar experiencias auténticas y huyen del gentío no son más que la vanguardia del turismo por venir. Yendo solos anuncian oleadas, el fin de tierras vírgenes, en el caso de que todavía quede alguna. La maquinaria es perfecta. Cientos de millones exigen su derecho de visita al zoo planeta Tierra como necesaria compensación a sus grises actividades laborales.

Un vértigo viajero recorre el mundo. Es un curioso reverso de aquel espectro al que Marx aludía. El de hoy es un vértigo feliz, entusiasmado y propagado al instante por la red virtual. Vértigo exultante que reclama su plus cotidiano. Se define entonces como infeliz el que no viaja, el que no comparte su ingreso en una de esas experiencias tipo, la que sea. Qué triste vida llevas si no puedes exhibir tu disfrute permanente, medible, exportable. Ésta es la huella que queremos dejar: estuve allí, lo vi todo, lo hice todo: fui feliz. Y qué fácilmente nos dejamos convencer que con ello impulsamos un beatífico progreso económico mundial, quejándonos a la vez de aquello a lo que más contribuimos. El resultado de esta fuga hacia la novedad es una curiosa forma de entropía que, más que abrir caminos a la complejidad, vuelve aceleradamente el todo a lo mismo. Deja de haber espacios entre, espacios más allá o más acá, espacios horizonte, espacios fuera de cálculo y previsión. Todo parece colmatarse y hasta el tiempo y la memoria terminan correctamente definidos, toman cuerpo y se espesan.

Una vez insertado en el dispositivo turístico, la unidimensionalidad se ha apoderado del viajero con posibles –aquel que se mueve por placer, por trabajo o por aburrimiento– eliminando el afuera del campo del ocio. ¿Significa esto la desaparición del afuera como tal? No exactamente. Sería imposible. Es preciso atender entonces a su reverso, a sus reversos. No todo desplazamiento está sujeto al dispositivo turístico. En los movimientos de personas que se viene comentando sin duda su margen se ha estrechado de manera exponencial, pero existe otro campo, otro tipo de desplazamientos afectados por un siniestro retorno del afuera, son los movimientos no voluntarios, los movimientos de todos aquellos que huyen por necesidad. No se discute el derecho a viajar de quien puede viajar. Se discute que, en su caso, sea una cuestión de derecho. El turista ha transformado la posibilidad de viajar en acto. Y el acto ha dejado de ser, en él, prueba de libertad. En un sentido amplio, ya no elige. Ha suprimido la distancia entre el poder y el hacer. Esto se aclara cuando se atiende su afuera: el no turista. Al que no entra en el dispositivo turístico la posibilidad le es impedida. También aquí se ha perturbado la saludable distancia entre el poder y el hacer, ahora por la vía opuesta, alejándola hasta hacerla casi imposible, inalcanzable. Los desplazamientos por necesidad han devenido clandestinos y son hoy el afuera y la sobrecogedora imagen que ocultamos. Queda señalado el espanto de este cuadro, de esta incómoda visita.

No nos interesan aquí los análisis totalizadores, tampoco los desarrollos conceptuales, menos aún la sociología. Vamos a buscar la dinamita para volar ese sistema dicotómico en otro lugar. Se trata de viajar de otra manera, y para viajar de otra manera nuestro terreno tiene que ser otro. Es otro. Incluso se duda de que sea un terreno, dado que su superficie es tan fisurada que nos colamos por ella. Sí, nos colamos. Dejamos que suceda. Nos interesan los resquicios, recolectar las flores que nacen en sus fisuras, reivindicar el papel de lo ínfimo. Vamos a dejarnos llevar a partir de algo parecido al infra-mince duchampiano, al paisaje construido a partir del nivel infraleve de la memoria, lejos del atosigamiento de la imagen. Un concepto que no cabe definir positivamente pues equivaldría a darle un espesor que de entrada rechaza. Su espesor es el espesor de la niebla en la vista cuando se mira hacia adentro. Sin esa niebla la vida se va. Partimos de aquí. Ya se verá qué poesía lo recoge, no hay prisa. De momento se cuela aquí, dando cabida al humo que se va, al calor de la silla al levantarse, al descenso de la marca que deja en el vaso la espuma de la cerveza, al rastro que queda en el aire tras el vuelo errático de un murciélago. También traducido como infradelgado o infrafino, lo importante es que está atravesado por los sentidos y es esto lo que nos hace pasar de una dimensión a otra. Es un concepto táctil, lo experimentamos pero no alcanzamos a rendir cuentas de él.

Que sea entonces lo infraleve lo que organice. Quizás haya llegado el momento de apartar un poco la vista, de dejar tanta pasión por ver para poder mirar de otra manera. Hay un otro mirar, un mirar que no se satura a sí mismo con la imagen infinita. Existe un afuera a reivindicar, pero ese afuera sólo puede estar dentro y debe acoger su lado siniestro, su espanto, para que no le retorne desde afuera. Admitamos que su riqueza y sus misterios nos asustan. Es cierto. Allí no hay nada escrito, nada que recoger en estado de flor abierta, su escritura está por escribirse. Inútil única escritura. Huir de la palabra densa. Una escritura por hacerse que te espera a ti para su triste realización. En un margen indecible de la memoria. La harás cuando te desembaraces de tus fardos, cuando aceptes dejar la pesantez de lo preestablecido. Es hora de viajar sin moverse de la silla, como decía Deleuze. Viajar con lo que aparece por el territorio infraleve que se cuela entre el pasado y el futuro. Y no lo hagamos con heroísmo planetario, por favor, no es una misión, hagámoslo por el mero disfrute de la diferencia, la que cuesta tanto conseguir, aquella que guiará tu palabra, tu inútil única palabra cuando se escriba.

1.- Segunda parte de la Introducción del libro Palabras desalojadas, de próxima aparición en la editorial Arena Libros.

Escrito por: Zacarías Marco

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