CHATEAUBRIAND

¿Cuál es el secreto de la frase de Chateaubriand?
Podemos hablar de la dramática evidencia de sus imágenes, que es algo demasiado genérico, aunque verdadero, aplicable a los líricos griegos, a Goethe, a Shelley.
En su prosa indudablemente clásica por su equilibrio, su apertura y su cierre, se presenta el contraste extremo entre la fugacidad del instante humano y la eternidad. El espanto pascaliano frente al universo cuyo centro está, indiferente, en todos lados y en ninguno, domina su obra. Eso sí: él, imponente, permanece en primer plano; no hablo de un detalle psicológico, desdeñable. Su inteligente egotismo pertenece a la intimidad de la frase.
Ande por donde ande, visite a quien visite, su propia vida se le vuelve coral, palimpséstica. Su cristianismo agónico y moderno, lo enfrenta a la intermitencia y al desvanecimiento.
Desde allí forja, en las Memorias de Ultratumba, frases como las que describen el momento final de Madame de Beaumont:

“Sobre su frente caían algunos bucles de sus cabellos sueltos; sus ojos estaban cerrados, había descendido la noche eterna.
El médico puso un espejo y una luz ante la boca de la extranjera; el espejo no se empañó en absoluto por el aliento de la vida y la luz permaneció inmóvil. Todo había terminado”.

La eficacia del párrafo depende de esa substitución del nombre de la muerta, por su cualidad de extranjera; pero Chateaubriand es el director de escena y agonista que decreta la caída de la noche eterna.

Juan Ritvo: Imprudencias Breves

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