EL NIVEL INFRALEVE DE LA MEMORIA (Y III)

EL NIVEL INFRALEVE DE LA MEMORIA (Y III)¹

Montaigne nos prevenía al iniciar sus Ensayos sobre la equivalencia entre sujeto y materia a tratar. Un retrato, el suyo, pintado por él. Y nos advertía a continuación de su voluntad de llevarlo a cabo sin artificio, sin engalanarse para conseguir el favor del mundo. Una difícil mezcla de humildad y coraje la suya. No es fácil empezar así. Él encontró el modo Montaigne. El ámbito del retrato es un territorio más exigente de lo que parece, por eso me gustaría homenajear aquí la potencia y la honestidad con la que Lévi-Strauss arranca sus Tristes trópicos. Siguiendo la franqueza de su maestro, Lévi-Strauss nos suelta de entrada la paradoja que lo atraviesa: “Odio los viajes y los exploradores”. Y sólo tras esta confesión inicial se permite ofrecernos los recuerdos de sus viajes. No quiero ni pensar lo que hubiera dicho hoy de los turistas, setenta años después de la publicación de su libro. Si entonces, a mediados de los años 50, la cifra anual de viajeros a nivel planetario era de poco más de veinticinco millones, hoy se ha multiplicado por encima de cincuenta. Más de mil millones al año. Y lo que nos espera.

Es preciso recordar cómo terminaba Montaigne su advertencia conminando al lector a no ocupar su tiempo en un asunto tan frívolo y vano, dado que lo que venía a continuación era del orden del autorretrato: pintar el movimiento de su pensar, atraparlo en el capricho de su fugacidad. Qué contraste con la pulsión exhibitoria que nos invade. Vivimos en una época que nos empuja a participar en esta plaga de mostrar al mundo cada uno de nuestros pasos, duplicando nuestra imagen para ofrecer al mundo la aséptica, la imagen amable de nuestros sueños confesables, aquella que no nos delata. Pequeños engaños a nuestra soledad.

Pensaba en esta locura retratista y autorretratista que nos posee, tan diferente de la de Montaigne, cuando me vino a la cabeza El retrato de Dorian Gray, la terrorífica descripción que hiciera Oscar Wilde a finales del siglo XIX del reverso clandestino que muestra al protagonista su propio retrato. Su retrato ahonda día a día el abismo que separa su imagen –viva, real y actual–, que es en realidad la del cuadro, vale decir la del arte, de aquella otra bien distinta de su fosilizada belleza, que es la que ofrece su imagen pública, la que, gracias al fáustico pacto, se pasea eternamente bella ante la mirada del otro. Wilde nos sienta en la silla y nos obliga a asistir a la terrible venganza de la ilusión dicotómica. La sustraída al público hace estallar su verdad a través de su siniestro retorno. Es la imagen que no se muestra a los demás la que en realidad está viva, la que cambia y envejece, mostrando no sólo el paso del tiempo sino, sobre todo, las traiciones del alma. La vida, lo insoportable de la huella de la existencia, se ha alojado en ese espejo del alma que es el cuadro. Y, como se sabe, esa aterradora réplica de sí termina por hacer estallar la esfera de la contemplación privada y acaba enfermando las relaciones con los demás, mostrando la imposibilidad de establecer una separación clara entre el arte y la vida. Dorian Gray termina pagando el precio de su afán por controlar el paso del tiempo. Los bornes de la vida saltan y el resultado invierte la situación originaria: la imagen bella e inmutable que ofrece a los otros, escindida del devenir, se ha convertido ahora en la imagen verdaderamente insoportable.

En las antípodas de este planteamiento estaría la aceptación del retrato que el otro te pinta, lo que uno es para el otro, para cualquier otro que nos describe, pensando que esa imagen que los demás te devuelven es portadora de más verdad que la que nosotros nos fabricamos. Me acordé entonces de un encuentro que tuve paseando por Madrid con un antiguo amigo al que no había visto en muchos años. Me dijo que se le hacía raro verme aquí, que él se había hecho a la idea que yo estaría viviendo fuera, en Londres o en Irlanda. Después de la conversación me vinieron los recuerdos de los viajes de aquella época, pero me resultaba difícil recordar las conversaciones con los amigos a la vuelta. Puede que ese lado placentero no me interesara ahora. Sí recordaba en cambio, a modo de retales imborrables, detalles de aquellos viajes que durante muchos años procuré dejar atrás. Todo recuerdo tiende a envolverme en un manto melancólico que, siendo demasiado atractivo, me parece que debo rechazar. Temo que sus efectos narcóticos me provoquen una fuerte desubicación y los aparto en cuanto puedo. Me ocurre sobre todo en soledad. Pero esta vez me quedé pensativo durante un tiempo, suspendido en esa tierra de nadie que es la memoria, balanceándome en ese hilo, sin saber de qué lado se decantaría.

La atracción hacia la pendiente nostálgica me lleva a preguntarme si habrá cambiado, si será hoy distinto. Le doy vueltas a mi madeja esperando que se deslíe. Me parece que he terminado por darme cuenta que he ido escribiendo de mil maneras diferentes una suerte de convicción interna que tendría la forma más o menos precisa de un no sentirme autorizado. Como si todo lo que hubiera hecho correspondiera al impulso rebelde de intentar abrir una brecha a través de esa desautorización, partiendo siempre de una desautorización originaria. ¿Pero he conseguido así que disminuya? No lo sé. La veo reaparecer aquí y allá, aquí y allá. ¿Es la misma? Tal vez no se presenta ahora tan esquiva como antes. La fórmula se ha aclarado. Y no es que pretenda que el otro, aquel que tuvo en su momento el poder de dictarme un texto, aquel que figura como referente primordial de cada uno, fue el que un día señaló ese camino como rebelde. No, sencillamente ese otro señaló otro camino, otro destino, uno que creo que rechacé, por lo que todo abrirse camino resultó ser contrario a lo esperado, no utilizable, y por ello dejado al margen. De haber aceptado ese otro mi protesta, que la hubo, habría debido renunciar él, necesariamente, al interlocutor privilegiado que buscaba, a una anhelada compañía destinada a compensar quién sabe qué. En definitiva, el otro, algo ciego, pintó antes de tiempo un retrato bastante acabado, incapaz de acoger los movimientos contrarios que su retratado, desde muy temprano, mostraba. Sin duda debí mimetizarme también, todo lo que pude, en esa imagen deseada del otro, pero finalmente el rechazo se impuso.

De esta manera resulta ahora lógico pensar que los andares que emprendí pasada la edad de la adolescencia se dirigieran a tierras extranjeras y en idiomas extranjeros. Y así, siguiendo la misma lógica, también la lengua propia fue sometida a un extrañamiento. La voz propia es siempre una voz dada. De ahí se parte. Es, siendo dada, que uno la hace propia. ¿Con qué contaba? ¿Con qué contaba cuando llegó el momento de dar una respuesta? Tenía como voz propia el rechazo. Y los efectos del rechazo. Y las grandes promesas de los efectos del rechazo… Cada uno se compensa como puede. Pero llegó un día en que tuve que admitir que mis grandes construcciones tenían una capacidad de acogida bien limitada.

A fin de cuentas puede que la escritura no sea otra cosa que una compensación. Podría describirse como el marco que hace de soporte para elecciones nominativas. Sería un lugar de acuñación inventado para compensar fracasos en la nominación. Por más abstracto que esto parezca, la traducción en lo concreto puede ser tan sencilla como variada. Pero a cada cual toca darse la suya. Para ello sólo se puede partir del material que se tiene, que cada uno tiene. Aquí se parte del que ha surgido. La fisura de la memoria por la que yo me cuelo ahora me lleva al verano que pasé en Irlanda en agosto de 1991. Desde aquel viaje haré otro. Lo haré desde la preocupación dicha anteriormente: el sentimiento de no sentirme autorizado. Se encadenan ahora las compensaciones creadas en aquella época y la posibilidad de acogerlas hoy.

El que no se siente autorizado puede percibir muy bien la riqueza de aquellas voces que se han abierto paso a través de una dificultad primera, aunque esto tampoco autorice necesariamente a la escritura. Puede surgir entonces la tentación, o la necesidad incluso, de hablar desde esas voces, parasitando aquellas voces que son las únicas que parecen tener un halo de autenticidad. El problema es que uno no se da cuenta que esas voces fueron, en esos admirados escritores, un punto de llegada y no pueden servir para nadie como punto de partida. Y no es que parasitar esté mal, podría ser un camino, quién sabe, pero lo malo es no poder extraer las consecuencias. Puede que por eso la escritura condujo, tiempo después, a su propio abandono.

1.- Tercera y última parte de la Introducción del libro Palabras desalojadas, de próxima aparición en la editorial Arena Libros.

Escrito por: Zacarías Marco

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