Ataditos 3

“Entre contemporáneos, no hay santos ni glorias sino llanezas, mutua inexistencia y palmaditas en los hombros” (Macedonio Fernández)

-Pushkin no salió nunca de Rusia, solo pudo leer todo lo que quiso. Gombrowicz hizo un viaje de 23 años a la Argentina.

-Macedonio esperó en el puerto de Buenos a los Borges en 1921.

Gombrowicz se aleja del puerto en los ´60 despedido por sus amigos.

Hubo un hombre que entre nosotros jodió con Gombrowicz muchos años. Se dedicó a recordarlo, a importunarnos todas las mañanas durante más de una década con breves textos inteligentes sobre Gombrowicz. Nos llamó Gombrowiczidas.

Casi todos se enojaron con él. La impertinencia de la inteligencia original es insoportable, casi como la historia. Él lo sabía, nos veía, cierta maldad superspicaz se trajo de Gombrowicz, esa con que el polaco deja “pagando” casi siempre al que lo lee, al que lo escucha.

Extraño a Juan Carlos Gómez, que no perdonó a nadie, que ventiló las rencillas del mundo literario argentino de fines del XX y comienzos XXI, en esos textos locos, repetitivos. Potentes correos, benditos desafueros, se volvieron libros. Gómez hizo Cartas a un amigo argentino, Gombrowicz, este hombre me causa problemas, Gombrowicz y todo lo demás y otros que ya nadie quiso publicar.

En su regreso a Europa Gombrowicz escuchó a Ingebord Bachman y en Argentina parece que sólo a Mastronardi que en Cuadernos de vivir y pensar anotó: “El mal humor es un auxiliar muy útil: nos libra de los importunos. Así en el caso del rico y complejo escritor Gombrowicz, cuyo espíritu combativo y polémico le permitió vivir a su gusto, con entera libertad. Desmentía o negaba para defenderse”.

Molesta que haya un hombre en las obras, que se lo vea, que se lo sienta. Solo esas obras impresionan, afectan. El arte allí es el autor. Francisco Luis Bernárdez dice de Macedonio: «la obra de Macedonio era él mismo…. Macedonio… es imprescindible porque es una especie de explosión aquí en esta chatura». Así se juntan estas obras de la-felicidad-de-soportar-un-cuerpo cuando el desierto crece.

Algo de Gombrowicz tiene Gómez, hizo a Gómez. Algo que genialmente está en esos sobrenombres ladinos que se apuraba en ponernos con la infusa precisión de ser de otro mundo o de otra época que es lo mismo. Milita Molina en Los Sospechados también se juega ahí. Algunos tienen ese don de atacar gustando o al revés.

No hay libro de Gombrowicz que no haga fuertes muecas de vida. Sus diarios y sus cartas, sus conversaciones, retazos que armaron mito y por eso esperaron el latrocinio. Creo que lo que Gombrowicz le hizo a la literatura argentina es joderla hasta volverla genial, antes él mismo la definió como una masa que no llega a pastel. Digamos, Borges, que en su testimonio de Macedonio tapa y mitifica y Sartre, del que Gombrowicz se burla hasta en Cosmos (como se ve en la película polaca del mismo nombre).

La presencia de Gombrowicz, lo que nos dejó -lo saben los lectores de las 1000 novelitas de Aira-, fue una atmósfera que no solo compone formas, frases-catástrofe y frases-disparate sino una mecánica literaria, operaciones en el gusto, una tormenta en el valor. Incrustó una práctica distinta, una política literaria nueva, totalmente física. Operaciones que nos dejan una cruel indeterminación de valores y cuantías: “chip chip me llamaba la chiva”… Frases que nos dejan solos, como obras grandes.

Grombrowicz produjo, con su figura de artista verdadero, con su enorme Diario, del que Ewa Kobylecka nos cuenta que el Argentino fue un segmento hecho a nuestra medida, con la composición ad-hoc de su obra en traducción, Gombrowicz jodió, transfiguró la historia literaria argentina. Gombrowicz abrió la libertad del ojo y la oreja con que escribe Zelarayán, El Marqués de Sebregondi que se excede porque retrocede de Osvaldo Lamborghini, la obra actual, discrónica y lírica absoluta, de Hugo Savino.

Gombrowicz es una máquina como lo es Macedonio de obras migrantes, las que obligan a preguntarnos cómo no se dan cuenta de que esos hombres son mucho mejores que los dioses oficiales. Siempre hay un testigo que nos recuerda que la sociedad se cubre con escritores que portan su ideología, que organizan los estereotipos que justifican el poder (F.L.Bernández, Hablan de Macedonio).

Dijo Grinberg que Gombrowicz “se atrevió a existir en toda la dimensión que supone el término, tal su atributo sin atenuantes… Y los que aún temen que Witoldo sea un farsante sigan en su creencia, den vuelta la cara, sigan jugando a la literatura.” Sus amigos sabían que Gombrowicz luchó contra la idiotez convertida en institución desde siempre: “Según mi modo de ver, el ´doctor´ argentino es una catástrofe, esto significa que el arte aquí trabaja mal, no sabe formar al hombre culto” -les dijo alguna vez Gombrowicz.

Macedonio, del mismo modo, diagnosticaba a la Argentina enferma de solemnidad y retórica, vaciada por los reiterados errores de elites capaces de arruinarla y corromperla toda. Así Macedonio se guardó para escribir una vez que vio la inaudita capacidad de nuestros burócratas de las letras para hacer de un país que pudo ser un milagro, un largo muestrario de falsedades y ridiculeces. Atinado, Christian Ferrer escribió en Camafeos que hoy se llama literatura a cualquier cosa.

Gombrowicz y Macedonio, como un milagroso encuentro, fueron una verdadera irrupción en nuestra literatura. Gombrowicz dijo: “Profesor, si usted viene tan solo para irse no venga” y así mató a todos los amarretes de tiempo.¹

Grinberg recuerda que “Cuando Gombrowicz llegó a la Argentina en 1939 se encontró con un establishment literario muy semejante al que había dejado en Polonia. Dentro de la tradicional tendencia europeizante de las clases adineradas argentinas… En Buenos, WG se encontró con un replay de las sectas antagónicas culturales polacas y europeas. En consecuencia, con una irremediable soledad. En la Argentina, peor todavía, lo aristocrático era de imitación”. Macedonio vio pasar varias generaciones que iban del anonimato al éxito mientras él se iba quedando solo por certeza del hacer, animando las cosas, como decía.

Gombrowicz molesta, jode porque es el centro de su creación. A Macedonio lo fueron tapando capas de mito. Esos artistas son obra, hablan de lo que saben, ninguna impostura. Gombrowicz dijo que en Buenos Aires y en Polonia todos se quejan de verificar su inferioridad, confiaba en que en Argentina los maestros estaban por nacer. Betelú notó que “Witold tronaba en la pampa y retumbaba en Europa” porque sus novelas miran insistentemente a Polonia y su Diario durante dos décadas insistentemente a la Argentina. Macedonio eligió ser uruguayo por vivir siempre en Bs.As.

Gombrowicz trae una mirada extrañada, más que irónica, unos ojos malos con los que corta, tijeretea la historia literaria argentina que en los ´40 se está construyendo en base a una línea culta, letrada, el canon de exportación que tenemos. Línea patrilineal de seriedad y epígonos, cuyo centro enceguecedor es el novelesco-ensayismo-Borges con sus juegos culteranos de palabras y sus evidentes continuidades. Angustia de las influencias que no ve al disparate trágico que es ser un autor, perfecto e insoportable, impertinente, rumiador de lecturas duras, consistentes. Un dedicado gritón.

Gombrowicz es un saber y una ignorancia diferente, una lucha distinta cuando en la Argentina los escritores eran aún conservadores, usaban bastón desde que tenían 30 años para que así se los respetara más, como se cuenta de Alberto Gerchunoff. Por eso Silvina Ocampo pudo decir: no lo supimos ver.

Bruno Schultz llamó a Gombrowicz “demonólogo de la cultura”. Ewa Kobylecka dice: “la verdad de Gombrowicz en Argentina es su mismo vacío, no hubo tal verdad, hubo una construcción de autor”. Gombrowicz trajo un afortunado desmán a la literatura, una felicidad. Ewa Kobylecka señala que “Así, socava las pretensiones de los biógrafos (…) que es descubrir la “verdad” sobre la estancia santiagueña del escritor. Esta verdad no existe, no la hay ni en el Diario, ni en Kronos”.

La misma autora polaca nos cuenta que Kronos es una larga bitácora recién editada en Polonia que no deja de desilusionar porque sus anotaciones parecen insignificantes cotidianeidades existenciales del autor. Cuando Macedonio se iba a los suburbios de Morón o de Flores, sus amigos encontraban en esa inesperada tapera: «piso de tierra, un montón de papeles en un rincón, verduras, una pava, el brasero. En la pared una pizarra donde apuntaba las cuentas domésticas junto con citas de filósofos, reminiscencias de poemas y al mismo tiempo las referencias de su tiempo que a él le preocupaban mucho: por ejemplo, a las tres y media sentí ardor de estómago o de garganta, a las cinco ligeros impulsos eróticos.

Así, era una especie de diario fisiológico».

Lo que no gusta ni se aguanta es que si el que escribe es un autor, siempre de lo que se trata es de una obra. Kafka y Nietzsche sufren el mismo escarnio.

Gombrowicz construyó por ausencia o por exceso, es lo mismo, una particular figura. Como lo dijo en Ferdydurke: “a través de mí se cree-se siente-se dice-se hace-se piensa-se obra”. Eso mismo permitió que en la literatura argentina se abra una otra serie. Gombrowicz permitió a Libertella, a su enloquecida y especular vida-obra, un juego serio, santo -como escribí. Macedonio a Zelarayán y el milagro de decir como la gente habla, las únicas deudas que un autor reconoce.

Gombrowicz sabía que lo literario en la contemporaneidad asume un tono doctoral, profesoral, monopolio académico formal, que no sirve; él venía con un estilo no sistemático, hecho de breves iluminaciones, de intuiciones apenas tematizadas, de memorias errantes -como las de Obieta. Macedonio encarnó la escritura, no transformó la significación en representación -como justísimo dice Germán García. Por eso, uno en el lugar del malo y otro en el del bueno fueron tomados como locos razonantes que para que no molesten se los volvió canon, cita.

Pero ni en Macedonio ni en Gombrowicz termina o empieza la literatura argentina. El arte, ese algo que está entre la verdad, el sentido y el genio, y que gasta un sin fin de máscaras es lo que “actúa en la profundidad previa a la moral, en el punto donde el valor está aún en estado de nacimiento.

El arte, en cuanto expresión espontánea de la vida, plantea tareas a la ética, y no al revés. Si el arte supiera tan solo confirmar lo que ya había sido establecido, sería inútil. Su papel es el de una sonda enviada a lo innombrado. El artista es el aparato que registra los procesos de las profundidades donde nace el valor” (Bruno Schulz).

1.-“Sí, Estoy aquí de paso. Veintiocho años que estoy de paso” –dice el poeta Jacobo Fijman de su larga estancia manicomial, tal como decía Nicolás Rosa del viaje de 24 años en la Argentina de Gombrowicz. 28 años estuvo Robinsón en la isla desierta. Miles de relaciones surgen entonces: Gombrowicz ha dicho que se quedó en la Argentina no por nuestra conocida ansia de ser europeos sino por algunos gestos, algunas formas que tenían más de lírica que mil libros.

Laura Estrin: Ataditos

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