“Está aquí, en mi cabeza”

El opus 31 del músico rumano Enesco incluye dos sonatas para piano, la primera y la tercera.

¿Y la segunda? Él siempre respondía, “Está aquí, en mi cabeza”.

Pero nunca la escribió.

¿Qué puede significar “tener algo en la cabeza”?

Esbozos, ideas fugaces, esqueletos condensados, zonas de bruma alternadas con otras de claridad casi taquigráfica, visiones sinópticas, detalles que pasan al primer plano mientras el plano general se esfuma. Cuando eso se traslada al papel, el producto, por más o por menos, difiere del proyecto original, al punto que el original mismo se revela mítico. Si alguien “no se pone a escribir”, proceso válido en este aspecto tanto para el músico como para el poeta, narrador, o ensayista, no hay escrito posible. ¿Qué es ponerse?

El estructuralismo siempre quiso expulsar ese instante de salto y a la vez de misteriosa continuidad entre el ponerse a escribir y el hecho de estar escribiendo. ¿Cuáles son los lazos que unen dos magnitudes inconmensurables y no obstante vinculadas, lo que cómicamente denominamos “mente” – etimológicamente vinculada a mentira – y esa mano que entra en complicidad con el ánimo, que es soplo y respiración, en un juego en el que lo escrito vuelve a provocarnos, como la tempestad provoca la defoliación o como la palabra casual despierta la palabra fatal, única, inaprehensible en su singularidad.

La sonatas primera y tercera están en el papel, pero cuando los intérpretes se ponen a tocar, momento de silencio y de espera, a veces solemne, momento en que el director levanta una mano pidiendo atención y silencio – “atención pido al silencio”, como dice la letra inolvidable– precisamente en ese momento, una tensión se rompe y otra se inaugura: ¿ no hablamos, acaso, de romper el silencio? Rompe la palabra, rompe la música, rompen el color y la línea que surgen del pintor que da a ver algo que un ojo tercero contempla.

El proceso que pasa de un interior dominado por los extremos de la emoción y del hastío, a un exterior que nunca termina de objetivarse, porque siempre se reanima la determinación cuya determinabilidad permanece en el suspenso de lo posible, este proceso no se interrumpe jamás.

La determinabilidad o más precisamente lo determinable, lugar de lo posible, rodea lo determinado como algo que preexistió antes de la palabra y después de ella, anunciando los sinónimos, las paráfrasis, los cortes, las extrapolaciones y las interpolaciones todavía no realizadas, pero listas ya para arrebatar a la obra su aspecto terminado.

Los lemures y las larvas que habitan las encrucijadas de lo escrito, se desplazan incesantemente de un lado al otro de una barrera flexible y al mismo tiempo abismal.

(Cuando hablamos oponiéndolos simétricamente de “subjetividad” y de “objetividad”, estamos congelando lo que es, a la vez, piedra y flujo. En todos los casos, la determinación que fija y reduce, se proyecta fuera de sí hacia lo indeterminado: es la eterna alternancia entre forma y caos.)

Juan Ritvo: Imprudencias Breves

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