Padre mío mi maldito caos, el grito de Chloé Delaume (II)

Segundo volteo

Chloé dice “Mi cerebro igual que un libro” según va hilando el estampado que tanto la zurce tanto la rasga. Las palabras en bruto, las frases sin comas, el mito griego hecho presente, vuelto adjetivo que ella se aplica, fabricando una piel que se agujerea sin cesar. No conviene que hagamos de argamasa y que fabriquemos interpretaciones tranquilizadoras. Son fáciles de hacer. Ella es capaz de hacerlas. Cuando no sirven se puede ser muy hábil con ellas, la argamasa no cumplirá por ello su función. Marguerite Duras decía que su cerebro era un coladero. En Chloé, ¿la palabra es grano o líquido? ¿Corresponden a sus dos grados de escritura? Algo nos detiene aquí. Por aquí no. El juicio que hacemos es siempre apresurado. Retornemos, como ella hace, al crimen en su efecto de escritura.

“Mamá se está muriendo en primera persona… Papá la mató en segunda persona… Chloé calla en tercera persona…”.

Muero (mamá); Te mato (papá); Ella calla (hija). Declinación de las tres personas en tres tiempos verbales. Chloé sólo hablará después del asesinato de la madre y el suicidio del padre. Y lo hará en futuro anterior. En los hechos por venir va a hacer intervenir su decisión. Sin ésta, Chloé no hubiera aparecido. Chloé aparece como escritura en un pespunte que interviene sobre un pasado, modificándolo, para crear un futuro que acontece como decisión, como decisión suya. Pero Chloé queda irremisiblemente unida a un acto de aniquilación. El padre no la mata, la apunta pero no la mata. El padre no cumple así una amenaza explicitada años atrás. No la cumple pero la repite, dejándola con la exhibición de su muerte en un eterno impasse.

Para Chloé, él es el genitor, no padre, y piensa que para construirse ha de aniquilarlo, para desasirse de la escena ha de aniquilarlo, pero es una labor que se renueva como la hidra de manera incesante. El crimen fue imperfecto, la ató a él. Y Chloé no puede terminar de desprenderse de él. Continuamente lo hace padre en el acto de su aniquilación. Salpicada en la cara de la víscera craneal del padre, el terror al padre, aquél que anidó en ella desde el origen, ya presente en la paliza inicial del padre para arrancar a la niña las dos sílabas inaugurales que lo nombraban a él, ese terror papá se eterniza ahora en su mejilla. Y es que el padre no es sólo la segunda persona, te mato, sino también el infinitivo, radical: el padre es el verbo matar.

Aquí hay que abrir un paréntesis. La transmisión del verbo matar por parte del padre tiene su innombrable reverso. ¿Quién puede aguantarlo? No es cosa que se pueda. Y en Chloé no parece que haya podido constituirse el soporte que albergue una ambivalencia tan hiriente. Veremos al final de la serie cómo nos sorprende. ¿A qué ambivalencia aludimos? Algo nos sugiere que a la fatídica compañía también se la quiere, y de una manera muy especial. Cerremos este canto que nos transmite el coro.

El crimen puso término al primer acto de la vida de Chloé. No sólo será la bisagra entre los dos primeros actos, será también la bisagra recurrente a la que inevitablemente se vuelve. Casi al final del libro dirá que la muerte del padre no le quitó todo porque le devolvió la palabra. Seguimos esta pista. La invención de sí misma es el maravilloso reverso que Chloé produce sobre lo irreparable. Un punto no debe ser analizado. Es. Acontece. Ella da cuenta de ello. Leemos su escritura. Es, como ella dice, una experiencia estética. Chloé ha fabricado algo sobre lo ineluctable. Y para ello le ha dado la vuelta al lenguaje.

La niña que presenció el crimen no existe, es Chloé, un personaje de ficción, quien ha tomado el relevo de ese cuerpo haciendo de él un cuerpo-escritura. La autoficción no es un recurso, uno entre otros, es la puesta en práctica del material del que disponía, el dominio de la palabra en sus escalas más extremas. Y si antes aparecía el reverso padre en la aniquilación renovada, ahora aparece el reverso madre en el uso de la palabra cortada a tijera, el reverso pedagoga en el uso de los borbotones retóricos frente a un público despreciado.

Escrito por: Zacarías Marco

Columna: Locura y Escritura

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