Mardou, el amor perdido en el océano del inglés

“Busco desolado tu calor… y aquí no estás.” (José María Contursi)

“El artista no depende más que de sí mismo.” (Charles Baudelaire)

La inspiradora de Mardou supo leer Los Subterráneos, lo despegó de la biografía –¿una proustiana?–, lo supo leer mejor que Kerouac, entendió rápidamente que un libro desborda la biografía:

“Jack entró en mi casa, me senté con él frente a la chimenea, y me extendió el manuscrito. Empecé a leer y recibí un shock; los acontecimientos descritos eran tan recientes… Como si un niñito aca-bara de traerme una rata decapitada y me dice: “Mira. es mi regalo”, no reconocía los acontecimientos tal como los había vivido, tampoco a ninguno de mis amigos con excepción de los suyos.” [Irene May en El libro de Jack].

Ahí está el escritor, extraviado, a rastras detrás de su supuesto modelo, melancólico, pidiendo permiso, en busca de reconocimiento, y eso es la biografía que Kerouac se mal escuchaba, a veces, atado a sus propios ecos. Ahí Irene May empezó a leerlo. Irene May no es Mardou, porque Mardou, ese ángel de la soledad, entendió muy rápido que la obra, la leyenda con la que soñaba Leo Percepied lo instalaba en otro tiempo. Lo instalaba en el interior del tiempo. Y desde ahí se puso a escribir. Los muslos de Mardou son el sueño de una esencia que sabe imposible, pero desde ahí empieza a funcionar. Como un héroe de la vida moderna.

“Y si no te gusta el tono / de mis poemas / Puedes ir a tirarte al lago. / Recibí el poder / de imponer mi mano / Sobre tu hombro / para recordarte / Que eres absolutamente libre, / Libre como el espacio vacío.” (Jack Kerouac, 11º Coro de Desolation Blues)

Robert Burton tiene esta fórmula de eternidad: “las personas melancólicas tienen tendencia a ser celosas y las personas celosas tienen tendencia a ser melancólicas.” El humor filigrana de Burton es sublime: “Las malas costumbres agravan las cosas: `Cuando una mujer se cree vigilada por su marido no tarda en caer en el pecado de lujuria´, es lo que piensa Nevizzano.” Mardou siguió el libreto burton. Y Leo Percepied se lee melancólicamente: “ahora percibo en mí como una floración intensa de dragón el monstruo de los celos tan verde como el más común de los dibujos animados.”

Maldita literatura. No es bueno leer. Es mejor una siesta de filosofía, con sus momentos tranquilos. Arno Schmidt dice “que a la mañana en el tranvía, se ven con claridad los estragos que los escritores producen entre nosotros ; cómo nos obligan a aceptar sus reflexiones, los gestos más abyectos.” Así que Leo Percepied, que fue casi contemporáneo de Schmidt, la abandona (a Mardou) “a los azares de la guerra”, que son los del lenguaje, la evoca con ese “¡ah, mi amor, mi perdido tesoro (una palabra pasada de moda)”, que supo mantener en el decir, que nunca llevó a lo dicho. El arte de Kerouac para manejar el lugar común, para volverlo ambigüedad, poema. Porque para Kerouac la unidad es el poema. La escritura. En el poema ese “ah, mi amor, mi perdido tesoro”, palabra pasada de moda se vuelve infinito y se escapa indefinidamente del género. Perdido tesoro, amor perdido, se hace frase en todo el libro. Es una dicción. Una cantilación interior. Jack Kerouac leyó la Biblia en francés. Todo se organiza a perdido. Ninguna palabra pasa de moda en el poema. Leo Percepied lee y escribe lo que perdió. Se escribe para leer, y perder en el tétrico mar del tiempo.

¿Le gustaría leer dos de mis cinco obras maestras no publicadas? – Doctor Sax, de la que le hablé mientras tomábamos té en el campus de Columbia, el Castillo y la Gran Serpiente del mundo; y Los subterráneos, la última palabra en el Village en el estilo de Pierre o las ambigüedades y también una novela chiflada a la manera de Raskolnikov sobre el amor ya que estamos ahí metidos; las dos han sido leídas y valoradas por Malcolm Cowley, pero no logra convencer a Viking para que las publique. Todo lo que quiero es que mire estos dos ejemplos de mi Teoría de la Literatura, mejor dicho, de la Prosa; inventé una nueva prosa, la Prosa Moderna, como jazz, rápida que te deja sin aliento, con flujos espontáneos y no revisados… es algo que sale de manera salvaje, al menos es algo que sirve de manera pura, que sale y se lee muy fácilmente.” (Jack Kerouac, carta a Alfred Kazin del 27 de octubre de 1954)

Lo que Irene May no entendió, y casi ningún contemporáneo de Kerouac, salvo John Clellon Holmes, es que Kerouac corroe los criterios tradicionales del género. Sí, relata, pero relata en recitativo. O para decirlo con Meschonnic, rehace el género a través de la obra. Todos trataban de perfeccionar el género, Jack Kerouac lo desajustaba. Lo sacaba de la aplanadora del contar. Desobedecía con cada libro y aceptaba el desorden de su épica. Al clisé de la mochila se le agrega el del blue jean, o el otro, más académico, el de la ruptura. Clisé suma clisé y re-clisé. Y falta el clisé supremo: dos novelistas contemporáneos que dialogan sobre el género novela. Pero Jack Kerouac no dialogó. No inventó la mochila y no hizo vender blue-jean. La tontería rehace tontería y se come la historia. Cree que la única historia es el género. Que la literatura se reduce la historia de los géneros. O sea: reducen a Kerouac a la literatura y a su historia. Y se lo lee beatnik, o promotor del blue jean y de la mochila, o lo hacen líder de alguna revolución cultural, o se lo estudia en esa reducción. La tontería tiene sus estrategias de poder.

“Preferiría morir antes que traicionar mi fe en mi trabajo que es inseparable de mi vida, sin esta fe cualquier suma de dinero es una farsa. […] Que esto quede claro, mi prosa es una serie de endechas verbales rítmicas visualmente separadas con guiones para comodidad del lector, con vigorosos guiones definitivos, que se pueden ver venir mientras uno lee, de manera que mis frases que obtienen un breve respiro gracias a las comas pueden correr mucho más allá de los límites de una sola página (ahí es donde mi poesía se libera de las coacciones del verso y es por consiguiente prosa) pueden correr sobre tres páginas legado el caso, pero el guión las libera definitivamente – […] Don Allen ha quebrado la fuerza orgá-nica del manuscrito y ya no es LOS SUBTERRÁNEOS de Jack K., sino una cosa muy débil de Don Allen – Aparentemente piensa que no sé lo que hago, como un crítico que no cree que los escritores se-pan escribir –”

Y en la misma carta:

“[…] no habrá Renacimiento Literario Americano en la medida en que el carácter sagrado de la palabra individual no sea honrado, ese indefinible sonido tembloroso único de cada escritor.” (Jack Kerouac, Carta a Sterling Lord, 4 de marzo de 1957)

Así que Mardou es Mardou cada vez que leemos. Y en el melodrama de la mujer perdida, todos pueden mirarse una y otra vez y armar su vida y leer y escribirla en su cabeza. O entrar en un cuadro de Willem De Kooning. O de Arshile Gorky.

Los subterráneos es una fábula shakespereana, que escribe un amor perdido, localizada en San Francisco, con una teoría del lenguaje inseparable de la historia que cuenta, no ajustada a género. Recordemos todo el tiempo el cansancio, el tedio que le producía a Jack Kerouac “la oración inglesa convencional”. Un asunto tan banal como las oraciones grises y sujeto-verbo-predicado de sus contemporáneos lo llevó al exilio. En la cocina de su madre. El exilio de un escritor, a veces, es simplemente negarse a aceptar el conformismo que impone el poder de turno. Y ahí, en sus cuadernos de notas, creó el esbozo de su espacio rítmico.

Y fundamentalísimamente con un texto que la literatura americana tiene que reverenciar para siempre que es El ángel subterráneo, de Kerouac.” (Néstor Sánchez)

Kerouac alucinó en frases, en palabras que hizo frases. Los críticos no las toleran. Mucho de sus traductores tampoco. Normalizan. Ponen comas y sacan guiones largos de acuerdo al estilo de la editorial para la que trabajan. O no traducen sus citas shakespereanas. No entienden lo elemental, que una cita es una escritura. Entonces la novedad, según estas normalizaciones, es que Jack Kerouac tiene estilo, no tiene ritmo. Los subterráneos empieza como un cuento de verano contado por Leo Percepied. El escritor que sueña con dejarse devorar por su obra literaria, como Balzac y Proust. Leo Percepied ya escribió una novela. Ya sabe que hará su Leyenda y que Mardou será relegada, a perdida, ¿para ser escrita? Pero el centro del relato es el rechazo de Mardou. El rechazo que engendra ese deseo loco. Todo sería muy clásico y psicológico y muy beat si Kerouac no complicara las cosas pasando todo por el filtro de Baudelaire. Por la negresse.

Palabras llevadas a la incandescencia de la frase. Un cuento de verano que no escribió vestido con la ropa de narrador oficial de la ultimísima moda, para nuestra suerte, así que vale la pregunta que él se hace para Shakespeare: ¿de dónde saco el Bardo ese sentido del ritmo? No lo sabremos nunca. Mardou tendrá en nuestras mentes la misma vida que Molly Bloom, la Princesa de Cleves o la Turca de Ricardo Zelarayán. Cada uno su lista.

Baudelaire contamina el inglés de Los subterráneos – Kerouac no se hacía el escritor francés como sugieren algunos ignorantes –, tenía la cabeza llena de escritores franceses, de esa leyenda ya casi destruida por la sordera francesa de los sesenta-setenta. Es que a Kerouac se le hace decir lo que no dijo, como a Baudelaire. Kerouac no leyó a Baudelaire de la mano de Roman Jakobson-Claude Levy-Strauss. Abrió sus Flores del mal y se puso a leer El cisne. Leyó solito tu alma, de flâneur a flâneur. No tuvo la suerte, o no quiso, escribir poesía de entretenimiento o de disfraces para la Corte. La República naciente de profesores no podía apreciar lo que hacía. Todavía sigue sin poder decir nada. Hollywood tampoco apreció su capacidad shakespereana de escribir esa poesía de entreteni-miento, llegado el caso. Así que tuvo que seguir escribiendo en el desierto. Tampoco pudo darle este libro a Marlon Brando, que no entendió nada. O como dice John Cassavetes: Brando es otra cues-tión, gana un millón de dólares por película, no se abandona un millón de dólares así nomás. Dicho por John Cassavetes. ¿Quiso decir que hay que ser John Casavettes para hacer lo que hace y no interesarse en ganar un millón de dólares? Sí, quiso decir eso. Y hay que ser Jack Kerouac para escribir mardou.

La mierdonidad como escribe Michel Leiris está emperrada en no hacerle un hueco a Jack Kerouac. Todos empujan para que Los subterráneos siga siendo un himno beat. Pero Kerouac no escribía himnos beat, escribía la historicidad de su vida. Como Balzac, y como Proust. Desacató la modernidad-mierdonidad que le proponían. Su modernidad era Balzac, o Melville. Los subterráneos es otro libro de la leyenda del desacato.

Irene May: ¿Entonces, te gusta ser famoso?

Jack Kerouac: Es algo así como viejos diarios barridos por el viento en Bleeker Street.” (En el libro de Jack)

Si modernidad es una boda con la generación, Jack Kerouac no se presentó. Su generación tenía veinte palancas de retardo respecto a él. Ni idea de lo que es un diario barrido por el viento o un tipo que se levanta a las cuatro de la mañana para ir a trabajar (Maggie Cassidy). No querían escribir, querían mandar. Kerouac estaba en la línea de Victor Hugo, quería la influencia, no el poder. Los subterráneos es otra novela incontable. Mardou, esa negresse baudeleriana entra en la historia de la belleza. Leo Percepied la empuja a los brazos de sus contemporáneos. Se arrepiente. Pero tal vez la necesite perdida. Por eso le pide ayuda a Baudelaire. Que es su verdadero contemporáneo. Y ella es la negresse que va pasando. ¿Cuándo se entenderá que los únicos contemporáneos de un escritor son los libros que lee? Y no el ceremonial consensuado de la lectura dirigida. Nunca.

Los subterráneos sabe de Mardou lo que la biografía no sabe. Todo se vuelve menos literario y más rítmico. El canto de un canto a la que se va perder. Canta el canto, entonces. De la felicidad del encuentro, la evocación baudeleriana de la negresse, a la pérdida.

Experiencia de la visión fugitiva, de la ensoñación, de la profecía, de la entrega futura a la obra. En este libro ya está profetizada una anti-carrera literaria. Jack Kerouac no será el oráculo de su generación. Su ambición literaria es un sistema nervioso que necesita una leyenda. El sonido del poema que invade toda la obra de Kerouac. El amor perdido es un motivo que radicalizará cada vez. Solo tendrá un contemporáneo con esa misma dimensión interior: John Cassavetes. Dimensión que no excluye lo político. Nunca. La jauría crítica lo romantizará o lo hará reaccionario. Supo sufrirla. No se puso a dialogar para calmarla.

Por eso Shakespeare y el outsider o, me gusta más, Shakespeare y el forastero, tiene una parte de los secretos de la poética de Jack Kerouac. Leer a Shakespeare en su manera de leer, Kerouac ama a los escritores que escriben “poesía modulada por la boca, ondulada por la inteligencia y embrujada por el espíritu”, no camina del lado de esas “lentas y medidas introspecciones inductivas, ahogadas en la deliberación angustiada de los deberes y de los permisos.”

De Shakespeare a Joyce, en Los Subterráneos, ese cuento de dos meses de amor, Shakespare y Joyce, con esos nombres en el bolsillo Leo Percipied vuelve a la cocina de su casa a “levantar sus inmensas construcciones. (Yo le había leído a Mardou pocos antes las primeras páginas de Finnegans Wake, y se las había explicado, y también la parte en que Finnegan está constantemente construyendo “edificio supra edificio supra edificio” en las orillas del Liffey… ¡estiércol!).”

Leo Percipied está atrapado en los celos del amor como un Robert Burton barrial, pero de esa noria del tormento dice algo que define su ética y su épica: “¿Es que nadie quiere acordarse de dónde viene? (mirando a Mardou)”. Mirar hacia ahí es el principio de su escritura. Leo Percepied no se deja arrastrar al centro de las emociones relatadas en inglés convencional, es su perdición social. Y por eso no puede eludir a “la serpiente del tiempo” que un día le dirá que la luz de la ventana de Mardou está apagada. Ella le profetizará en su cabeza paranoica: “Pero un día, querido Leo, esa luz no brillará para ti.” Y los amigos, los de la generación, esos que vienen del “otro lado de la demencia” de Leo Percipied duermen en sueños beat para lo cultural paralítico. Y así, Leo Percepied se mete en su odisea de recuperación del Tiempo Mardou, a la que perderá escribiendo Los Subterráneos.

Escrito por: Hugo Savino

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