“Nosotros solo vivimos para resistir, para recomenzar la misteriosa lucha de Israel”

Esta frase, que pertenece a una de las obras más olvidadas de Claudel, su Art Poétique, resume su ontología y su teología de la salvación. Toda la Biblia es testimonio de la desconfianza mutua entre la criatura y su creador: cuando Faraón dejó salir al pueblo, dios no lo condujo por el camino más corto por temor de que, arrepentido, vuelva a Egipto; cuando se construyó la torre de Babel para alcanzar el cielo, dios introdujo la confusión de lenguas y comenzó el embrollo universal; Job, en el comienzo de su lamento, abjura del bien más precioso: la propia vida.

Conviene restituir su contexto.

He aquí el párrafo en su integridad:

“De esta vibración creadora, del sagrado estremecimiento (sacré frisson) primordial, la substancia cerebral y nerviosa,14 la médula craneana y espinal con sus elementos tan desligados, parecidos a estrellas de rayos retráctiles, a notas que tocaran ellas mismas extendiendo por todos lados los dedos, es la fuente y el taller.

 Es esta repulsión (répulsion) esencial, esta necesidad de no ser Eso (Cela) que nos da la vida y en consecuencia ser otra cosa, que urde nuestra substancia, que nos inspira y nos recubre. Nosotros solo vivimos para resistir, para recomenzar la misteriosa lucha de Israel.” ¹

Los filósofos profesionales no han prestado atención a esta ontología inseparable de una teología, que está fundada por completo en la idea de que el ser animado – el hombre, antes que nada – que es hueco, vacío, implica un estado de desequilibrio “nativo” (p.94), una “demolición interna y pasiva que es compensada por un retomar la actividad dirigida hacia afuera”.

Semejante retoma (reprise) es un movimiento que no es local sino de transformación, hecho de vibración y de estremecimientos que encuentra sus límites en una doble dirección, excéntrica y concéntrica.

El existente resiste; resiste, antes que nada, a quien lo constituye y al hacerlo lo pasiviza. Son los materiales, por así decirlo, de esta “demolición interna”, los que reconstituidos “recomienzan la misteriosa lucha de Israel”, pueblo que tiene que enfrentar los enigmas de la alianza y los horrores del exterminio; por extensión, “Israel” se torna metáfora de la humanidad.

En el vibrar, en el estremecer, el hombre encuentra su límite y su dirección.

Ningún ser puede subsistir en su lugar, todo es excéntrico. Los seres tienden siempre a separarse (écart) del lugar que ocupan. En tal separación se pone en juego una vibración: “la vibración, es el movimiento prisionero de la forma.” (p.77)

(Es la vibración la que el lector tiene que capturar, desplegando el ritmo más allá de las constricciones gramaticales.)

Es el reino del ritmo, jamás reductible a fórmulas binarias, porque constantemente implica (p.96) vibraciones infinitamente complejas y diversas, como esas esas tensiones eléctricas experimentadas en el extremo de los dedos del que toca un instrumento o escribe, o figuradas por el canto de un conjunto de notas reunidas en el torbellino que anuncia la alternancia de la aparición con la desaparición, el desvanecimiento y la reanimación.

(Los torbellinos están en los extremos de nuestros dedos y también en las incandescencias de las estrellas, según la visión cósmica y cristiana de Claudel.)

Jacques Rivière también se detuvo sobre los mismos lugares del Ars Poétique.²

De un texto piadoso de Claudel extrae la “agitación sagrada” de la criatura como signo de su existencia, del mismo modo en que reconocemos la presencia de una liebre a través del temblor de la hierba en la que se esconde.

Y del Ars, tomemos junto con Riviére esta frase cuyo valor aforístico (¡ casi presocrático!) no se nos oculta: “”Toda cosa creada… designa su origen separándose de él. (…en s’en écartant)” Si se separa del lugar que ocupa en el momento actual, es porque hay una separación primera que lo proyecta hacia adelante, hasta que perezca. Perecer, acabar, toda cosa creada lleva consigo la marca del silencio en el cual viene a culminar su trayectoria.

Podemos, una vez más, definir el ritmo en su aspecto radicalmente poético.

El ritmo alterna aparición con desaparición sobre el fondo de un origen del cual el movimiento se separa llevando su huella, y el silencio o blanco final al cual tiende, pero del cual, del mismo modo, está separado porque repite la tendencia al acabamiento que sin embargo retiene, como si quisiera demorar el final, quedarse en lo penúltimo.

Nacer, son palabras casi textuales de Claudel, es ser lo que no se es y no ser lo que se es.

El fondo mismo de lo que Claudel llama “designación” es justamente este: remitir constantemente a un pasado inaprehensible, con los medios del futuro anticipado e inatrapable.

1.– Claudel, P., Art Poétique, Mercure de France, Paris, 1915, pp.96/97.

2.–  Riviére, J., Études, NRF, Paris, 1924, pp. 65/190.

Columna: 

Juan Ritvo: Imprudencias Breves

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