Padre mío mi maldito caos, el grito de Chloé Delaume (IV)

Cuarto volteo

Hemos dado la vuelta al reloj de arena y volvemos a empezar:

“La niña amaba al Verbo por encima de todo. En realidad era el único vínculo que existía entre la niña y la madre. Además la madre que era pedagoga solía enseñarle palabras nuevas. Si eso pasaba a menudo es porque a la madre le importaba mucho el lenguaje de la niña. Sobre todo en sociedad.”

La niña encuentra así el camino de la distinción y se presta con gusto al juego materno. Con la herramienta retórica pone al padre en paréntesis, al terror del padre, y le permite soñarse entre los elegidos, gozar en futuro anterior de la Redención. Parece evidente que es el área reservada a la escritura. Pero el horror al padre también produce otro tipo de pliegues, de deseos de transformación, de crecimiento, para que la muestren un día amable ante él, construyendo, eso espera, un reverso de padre que la nombre, que la saque del impersonal, La Niña, para alcanzar el particular. Pero el nombre propio no llegó de ese otro criminal, y pasados unos años se lo acaba coronando ella misma: Chloé.

Es posible que quiera verse un éxito nominador por la vía del enganche retórico, vía Verbo, una vía que conduce al capricho materno, pero no puede hacer olvidar que las señales del rechazo son también allí profundas e insondables. Chloé cuenta el rechazo al bebé tras el parto que marca el momento mítico inaugural. Su expulsión al mundo no tuvo bienvenida. Después, vendrán las reediciones. Cambiará el tipo de letra, cambiará el editor, pero el texto del rechazo permanece. Un ejemplo –colocado además en un momento clave– remitirá de modo particular a este rechazo originario del que padre y madre participan. Se trata del ensañamiento en el castigo del encierro en un lugar imposible. Y más que contarlo, más que describirlo, Chloé hace otra cosa, vierte el polvo que la uña arañaba en forma de palabra. La imagen es potente. El impulso de encerrar a la hija en el hueco de un mueble –un hueco que se reduce además a medida que la hija crece– es inaudito, es querer retornar a la hija a un útero atrofiado. Y Chloé escribe: “La roca pulverulenta se agazapa en las cenefas descarapeladas de la añoranza.”

Releemos una y otra vez, atónitos, esta frase casi inaccesible. La actividad autista de la niña pasa ahora a la escritura. Lo que hacía la uña con la pared en el castigo de su encierro lo hace ahora la palabra, manejándose con su disgregación, desconchando en fragmentos el lenguaje.

La niña había crecido, no cabía. El padre se corta en el trabajo de este imposible ataúd para la hija. El empecinamiento del padre acaba en sangre, una sangre que anunciará la que se derramará con profusión en la misma cocina unos meses después. Sirve de prólogo al acto central de la tragedia. Y Chloé voltea de nuevo el relato de la escena añadiendo esta vez el entorno que nos ayuda a situarnos en la historia. El anuncio del divorcio… El padre frustrando la planeada huida de madre e hija… La cobardía del abuelo… Hay que leerlo.

Escrito por: Zacarías Marco

Columna: Locura y escritura

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