Rimbaud y el silencio del objeto

Escrito por: Juan Ritvo

Rivière publicó en la NRF y en 1914 un libro sobre Rimbaud; diez años más tarde, mantendrá su célebre correspondencia con Antonin Artaud. De una a otra fecha se advierte su obsesión por el “objeto”, término que entrecomillo porque su significación se aleja de la habitual: no nos habla del ob-jectum porque, en un sentido estricto, lo arrojado no nos hace frente, no es representable ni canalizable en la célebre correlación sujeto/objeto.

En su Rimbaud escribe Rivière:

“La aparición del ritmo en la frase coincide con el instante en que ella toca el objeto. (…)El ritmo es aquí la repercusión externa del choque interior de las palabras, al tropezar por fin con la cosa que rodeaban.” ¹

Tocar, tropezar: estos vocablos no designan operaciones sino interferencias; al objeto no se lo conoce, uno se lo lleva por delante traumáticamente.

El ritmo lo rodea al igual que una luz reflejada desde el abismo, pura partida, puro retorno.

“Nos esforzaremos – dice – en probar la objetividad de las visiones de Rimbaud, hablaremos de su objeto.”(p.124) “El poeta, por principio, debe tomar partido por el objeto. Debe hacerse vidente, es decir, no fabricarse visiones, sino colocarse en estado de recibirlas mediante el desorden razonado de todos sus sentidos.” (pp.127/128)

Y casi al final de su texto:

“Debemos tratar de definir con mayor precisión la importancia de Rimbaud. En una palabra, es el gran destructor de la solidaridad, el que reintroduce en todas partes la soledad; ante todo entre las partes de la inteligencia, entre las ideas; pero asimismo entre las partes del mundo, entre las cosas. Las libera de todas las relaciones. Sabemos ya que su obra consiste en devolver el mundo a la incoherencia, en resucitar el caos.(…) Rimbaud transforma al mundo en un conjunto de comienzos ineptos y separados; los objetos de todos los días se convierten en simples esbozos, en reclamos de una realidad superior.

Libres, distintos y truncos, esperan, piden, designan no se sabe qué. Son como un pueblo de piedras mutiladas que recordase un templo enigmático, o como un coro de voces que celebrase una ceremonia, cortada de silencios y de vastos olvidos.” (pp.172/173)

No tengo mucho que agregar a estas palabras que me parecen admirables.

Es que la soledad de las cosas, su fragmentación y descomposición, su anhelo de una realidad superior siempre acechada por la impotencia y la muerte, pero también por bruscas iluminaciones ( ¡la palabra de Rimbaud!), nos conduce al reclamo de una realidad superior, la que está muy lejos del espiritualismo, ya que carece de nombre o el lugar del nombre es un puro y eterno blanco.

1.- Riviére, J., Rimbaud, Continental, Buenos Aires, 1944, pp. 162/163.

Columna: Imprudencias Breves

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