En la ciudad

La literatura idish tiene una historicidad. Perla Sneh la traduce, sus propios poemas y ensayos le llevan la mano de traductora. Escribe sus traducciones. Busca las palabras para traducir, para traducir el decir infinito de estos libros.

El decir infinito de Leib Rojman.

HS  

 

En la ciudad

(fragmento)

Leib Rojman

Revista Di Góldene Keit,

N° 49, 1964; pp. 94-107

Versión castellana: Perla Sneh

(…)

El sol ya estaba alto cuando recordó a la última comunidad judía de la ciudad: los muertos del cementerio judío, los más solitarios de entre todos los muertos. Aquí se encuentra también la tumba de su padre. A través de generaciones, la ciudad había echado profundas raíces en la tierra. ¿Cómo no lo había percibido; acaso estaba plantada así nomás, a la ligera?

Los que aquí yacían se habían ido en tiempos más serenos, cuando morir aún era triste y separarse, doloroso. En las largas noches de luna, la ciudad vigilaba sus tumbas. Sus retratos colgados sobre las camas sonreían en sueños al reflejo nocturno. Si alguno, durmiendo, extendía la mano, podía acariciar el montículo cercano. Cuando llevaban alguno desde aquí hasta allá, y, recién lavado, envuelto en la claridad de la mortaja, lo dejaban ahí, recostado bajo la losa, la primera noche tenía miedo de quedarse sólo en el sepulcro. Noche tras noche, cubiertos los rostros, extendidos como peces plateados, ellos escuchaban en las profundidades un eco sordo que llegaba desde arriba, el lamento desamparado y entrecortado de algún entierro que resonaba entre las lápidas. Entre las finas paredes divisorias, se deslizaba la noticia: llegaba un nuevo vecino. Horas y horas esperaban para saber quién y, en medio de la noche, golpeaban suavemente la pared del recién llegado – entonces, éste perdía finalmente todo resto de fuerza vital. Una voz húmeda, salida de entre las bandadas vestidas de blanco, preguntaba, entre ecos cavernosos, por las nuevas de la ciudad.

Noche a noche se arremolinaban, incesantes; un lamento mudo, perseguido de fosforescencias, se extendía por sobre las tumbas. Los del otro lado del cerco, aquellos que aún conservaban en sí el aliento, jamás se atrevían a cruzar la oscuridad nocturna, ni siquiera a asomarse a los muros. Alguno que, ocasionalmente, se perdía, quedaba atrapado en el remolino. A la madrugada, apenas clareaba el día, lo encontraban a un costado, solo, como un pájaro caído. Ellos volvían a esconderse bajo el rocío. Sobre las tumbas cerradas quedaba flotando un silencio que se iba extendiendo por el pasto cortado.

Por largos días, los montículos permanecían así, sellados con pacífica serenidad. Y ellos adentro, las cabezas colgando pesadamente hacia atrás, con la tranquilidad de quien ya ha consumado el cruce.

Los vivos habían jurado dejarlos dormir, no importunar la oscuridad en sus ojos, hasta que llegara la hora de venir a despertarlos de su largo sueño.

Y así generación tras generación. Juntos aguardaban, anhelantes, ese gran día que nunca será interrumpido por la noche; la vida eterna, que no será importunada por la muerte.

Había ocurrido hacía dos años. De pronto, el cielo se había oscurecido y, entre estruendos, lo había cubierto todo. De puro miedo, ellos se hundieron en lo profundo de las tumbas. Estallaban gemidos ensordecedores. Prestaron atención: pasos pesados. Un contingente tras otro. Llantos débiles, contenidos. Gritos. Palas que se hundían hasta muy hondo. Hendían las finas paredes de las tumbas. Por las hendiduras se filtraban unos rayos de luz. Resplandores que cortaban el aliento. Apurados, se hundieron bajo ellos mismos. Asustados, cavaron bien abajo, hasta el fondo. Sin aliento, esperaron. En cualquier momento, la tierra se hunde en el abismo. Arriba, los filos cavaban. Quienes, en el apresuramiento, no habían alcanzado a hundirse más adentro, permanecían rígidos, como embalsamados, envueltos en el resplandor. Se perdieron en la caída.

Durante largos días después de eso, siguió llegando desde arriba el sonido sordo de algo que era arrojado, de algo que se esparcía. Desmoronamientos de tierra húmeda sobre bocas ahogadas. Y así, durante semanas – hasta que los aturdió el silencio.

Hace ya dos años que ese taladrante silencio pende sobre ellos. No lo atraviesa ni el más mínimo llanto, todo ha quedado congelado. Sólo a veces, en la mezcla de los días: un golpeteo como de hierros en las lápidas; arriba, en la eternidad suspendida, decapitan gargantas petrificadas, que ya no sienten los cortes. A veces resuena el ruido de pies caminando. Los insectos se filtran ruidosamente hacia adentro, por sobre las cabezas. Un mundo dado vuelta: por las noches aquí retienen el aliento. En lo alto, se afanan las siluetas, metiéndose muy adentro de las tumbas abandonadas. Después, la tierra negra, pesada, se derrama sobre ellos.

Desde entonces, ya no existe el tiempo, desde que nadie viene a visitar las tumbas de sus mayores, nadie cava una nueva tumba, nadie acompaña un entierro. ¿Dónde está la ciudad? ¿Murió en las calles? ¿O vive en descarada parranda hasta bien entrada la mañana? ¿Y quizás ya nadie muere? Es el fin de los días. Todo está envuelto en vida eterna. ¿Se ha roto la alianza entre allá y acá? ¿A quién preguntar? Apenas un poco de eternidad y ya está, se pierden como niños abandonados en un bosque oscuro. Tampoco hay más esperanza. Acá, donde todo está descubierto, mezclado, ya nadie vendrá a llamarlos, ¡ya nunca nadie recobrará el aliento!

Sh. estaba de pie, en el medio del cementerio. Los muros circundantes, demolidos; las lápidas, arrancadas. Muchas de las tumbas, destruidas. El cielo, como un acolchado de metal, pesaba desde lo alto.

Buscaba algo que lo uniera a ellos. De repente, tuvo ganas de instalarse ahí, como un enviado, a difundir el veredicto que había sido dictado. Que ninguno dejara de enterarse: todos eran huérfanos. Por la noche, deben decir kádish¹ en la sinagoga vacía. ¡No más continuidad! ¡La cadena se ha roto!

Alboroto en las profundidades. Algo pasa. Un bosque de cabezas asoma desde los montículos, aguzan el oído. ¿Quizás alguien aparecería por el camino?

Era él, sólo él. Caminaba como si fuera a encontrarse con alguien, por el sendero que hacía ya mucho tiempo nadie pisaba, entre montículos desparramados que yacían como enormes mejillas caídas. ¿Cuántas generaciones de estudiosos, de mentes privilegiadas, yacían enterrados aquí? ¡Cuánto saber acumulado en estos restos! Ahora todos, ahí adentro, se estaban volviendo polvo.

Recién se daba cuenta: la sabiduría no sirve para tratar con la eternidad, es por el desamparo que uno se vuelve parte de ella.

Una extraña idea lo asaltó: ¿debía él recibir aquí los últimos restos de inteligencia que aún erraban por ahí, desperdigados? Podría darle buen uso, como a ropa abrigada, en los lejanos caminos.

Permaneció inmóvil a la cabecera de una tumba. De a poco, se le disipó la sonrisa.

Sh. movió la cabeza. Con las alas extendías, un pájaro escapó desde una piedra cercana. Le graznó. Sh. temía pisar las tumbas. Caminaba sorteándolas, como si fueran cuerpos aplastados. Algunas vacas con sus bocas blandas masticaban las ralas hierbas. Aquí y allá asomaban, como grandes dientes de un esqueleto desenterrado, dispersas filas de lápidas. Se metió entre dos de esas filas erizadas. Estaba atrapado en la boca de una enorme bestia muerta; ella lo levantaba; lo llevaba entre sus dientes afilados.

Uno de ellos, color gris oscuro, asomaba en la cabecera de la tumba de su padre. Vio las conocidas letras, piadosamente grabadas:

Aquí yace

Reb Shimon bar Menajem.

-Papá, mamá ya no está. Tampoco tus hijas Dina, Esther y tu pequeña Miriaml. Tampoco están sus cenizas. El mundo ya no las quiso albergar en él. Ha borrado al pueblo de Israel de la faz de la tierra. Ya no ocupa un lugar en el espacio. Sólo yo, tu hijo de la vejez de cinco años de edad, sólo yo permanecí. Soy el único que queda de tu estirpe. Sólo yo -a quien, antes de morir, plantaste en la cabeza la última calidez de tus manos-; sólo yo -en quien tus dedos grabaron el legado de generaciones: “debes ser judío”- estoy aquí, perdido, ante ti, con mi cuerpo exageradamente crecido. No tengo a dónde llevarlo.

Por un instante se le antojó dejarse caer sobre la tumba de su padre, abrazar el túmulo; filtrarse por la tierra, hacia abajo.

-Padre, salvo tus huesos, no tengo nada.

Le pareció escuchar un murmullo sordo extendiéndose en lo profundo.

A lo lejos, algunas cabezas asomaron desde las tumbas. Todos miraban, intrigados.

Corrió un rumor:

-¡Hay alguien en la tumba de Reb Shimon!

Ojos arrancados lo observaban fijamente, con asombradas miradas infantiles. Todo estaba en silencio.

Sintió cómo su padre, asustado, le hundía la cabeza en su cuerpo, para protegerla de los ojos de los extraños. Lo cubría, como un Cohen², con ambas manos sobre sus cabellos, para preservarlo del mal de ojo. Yacía, el cuerpo tenso, descubierto.

Alrededor, las cabezas curiosas se alzaban más y más alto, para observar mejor. Todo estaba en silencio.

Pronto percibió un cálido murmullo, como si alguien lamiera su oreja:

-¿Te quedas aquí conmigo?

Alrededor, intrigados, todos escuchaban con atención.

Sabía que no. Que hoy mismo se iría de allí. Temía pensar en voz alta: todo en él le decía que ya para siempre. Sólo había venido hasta aquí para abarcarlo todo con la mirada por una última vez, para absorberlo en sí; para poder tener la seguridad, en los lejanos años venideros, de que no hay retorno. Tras de él sólo quedaba un vacío.

Se desprendió de su padre, alejó la cabeza de los brazos que lo aprisionaban. Estaba de pie sobre ellos.

Otra vez, el murmullo:

-¡Se va!

Los ojos miraban, con muda compasión, a su padre.

Sabía que tampoco ellos querían que se fuera. De haber podido, cada uno de ellos lo hubiera arrastrado consigo. Sin su padre él quedaba inerme. Lo atarían de los pies. De aquí en más, él sería suyo, les pertenecería a todos ellos.

Intentó disculparse:

-Me salvé…

A su alrededor vibró un eco, que se multiplicó, reverberando:

-Se salvó…

Atendió al sonido, que se arrastraba lejos por la hierba.

Le habló sólo al padre:

-¡Debo darte descendencia!

El padre lo miró:

-¿Por qué?

-¿Por qué? Por ti y tu linaje. ¡Que no se destruya su singularidad!

Por primera vez, lo atravesó, por un instante, una idea: ¿Y quizás su lugar fuera, en efecto, éste? Permanecer aquí, por sobre ellos. Que siempre pudieran escuchar sus pasos allá arriba.

Sh. se sentía flotar en el aire. La tierra se hinchaba a su alrededor. En cualquier momento, sus pies se hundirían en ella. Vio cómo el sol se dejaba caer sobre los árboles de ramas delgadas que crecían a los costados. No muy lejos, se amontonaban pilas de huesos resecos. Sabía: eran las fosas colectivas, aún frescas. La soledad se extendió por el cementerio judío. En las sombras, los montículos yacían a su alrededor encogidos, acurrucados.

Sintió su cercanía:

“El es carne de su carne”.

-Padre, voy a volver. Primero tengo que cumplir otra misión: llevar lejos el secreto de las ciudades que mueren.

De golpe, escuchó un tumulto. El padre susurró:

-Sácame de aquí. Lleva mis huesos contigo a donde vayas, como restos salvados de un pogromo, carga en tus espaldas a un viejo padre.

Sh. sintió sobre sí un aliento helado.

Sintió miedo. Recordó un conjuro para alejar a los muertos que perturban a los vivos:

-¡Vuelve a tu descanso!

Entonces el padre le reprochó:

-Eres un desalmado. Estamos todos mezclados. Recuerda. Si nos dejas aquí, abandonados, ni siquiera perdurarán nuestros huesos.

-Padre, primero necesito sentir sobre mí el cálido aliento de los vivos. Si no, no puedo vivir.

-Me y te engañas. Quieres huir. ¿Por quién volverías? Ni siquiera podremos gritar. Nuestras bocas se llenarán de cemento y serán silenciadas con veredas.

Sintió un retorcijón en las entrañas.

-Papá, perdóname. Es terrible siquiera decirlo, pero tú y todos los demás ya no son una estirpe, al igual que mamá y todos los judíos. Ustedes son parte de nuestras cenizas desparramadas a los cuatro vientos.

La voz del padre le llegó desde lo más profundo:

-Conserva, hijo mío, un asidero en esta tierra: mi tumba.

-Ya no puedo permanece ligado a nada. ¡Creer que teníamos un asidero fue lo que nos engañó!

A Sh. lo desbordaban las palabras:

-Papá, también en tiempos normales, por generaciones, los hijos abandonaban la casa de sus padres. Se despedían del cementerio, se iban al otro lado del mar. Olvidaban a su tribu. El tiempo ha destruido sus sepulcros. La ruina del cementerio es nuestro destino en todos los sitios de la tierra.

Entonces, el padre le respondió con su eterna agudeza de antaño:

-Hijo mío, cuando los hijos parten normalmente, quedan tras ellos comunidades enteras, guardianes de los muros.

Sintió una opresión. Entre él y ellos ya no podía haber discusión ninguna. Ellos nunca podrían entenderlo. No habían sido sometidos a esa prueba.

Se acercó a las fosas colectivas, aún frescas, cavadas entre los viejos sepulcros, entreveradas con las antiguas tumbas. Ellos, los más tempranos, yacían desenterrados. Los niños asesinados se metían desnudos en las mortajas, entre los brazos de padres y abuelos muertos mucho antes.

Ahora estaban todos adentro, cubiertos de tierra. La tierra se había nivelado sobre ellos.

El estaba arriba, con los zapatos puestos. Habían pasado ya dos años. Aquí fusilaron a un tercio de la ciudad. Donde él está ahora de pie, habían estado ellos, desnudos, amontonados, con sus rostros vueltos hacia el pozo. Ellos habían ocupado aquí un lugar. El, vestido, deseó haberse entreverado con ellos. Jóvenes madres habían estado aquí de pie, con sus cuerpos inclinados hacia adelante, con los niños desvestidos entre sus piernas; abuelas desnudas habían cubierto del sol las arrugas de sus carnes; abuelos miopes, sin anteojos, habían permanecido con los ojos abiertos. Sh. buscó con su mirada a sus amigos; sus miradas cubrían la avergonzada carne de sus hermanas.

Eso había ocurrido recién, en este instante.

Quiso alcanzarlos. Se movió en el vacío, para mezclarse con ellos, tocarlos.

Nadaba con ellos. Estiraba el cuerpo. La luz se inclinaba hacia él.

Sabía que más abajo estaba lleno de ellos. Estaban sentados en apretadas y largas filas, al borde del pozo; apoyando sus piernas plegadas, como sobre banquitos de luz. Cada uno aguardaba el último toque punzante, el que debía atravesarlo y mandarlo definitivamente al fondo.

Se dejó ir hacia abajo. Sus piernas estaban plegadas. Se bamboleaba sobre ellas. Quiso estirar los brazos, aferrarse a algo.

Por un segundo, sintió el aliento frío y suave del acero en la nuca. Movió la cabeza. Se mecía.

Sh. sabía que estaba de rodillas. Debajo estaba la tierra apisonada, como una membrana endurecida, cubierta de hierbas pequeñas y gruesas.

En cualquier momento se quebraría bajo suyo.

Quiso sujetarse de esas hierbas. Hundirse con los finos terrones de tierra, cerrando los ojos.

Sabía que ellos no lo querían. Ellos, obstinados, se cubrían y apartaban sus ojos de él.

Sh. se dio vuelta. Sin ellos, él no era nadie ahí.

Recordó que él, aquí, no tiene a nadie, sus seres queridos ya no están. A ellos los habían llevado a los vagones, en ese amanecer, juntos con dos tercios de la ciudad. ¿Dónde están todos? ¿Dónde está ahora mamá? ¿Dónde están las hermanas? Ellos le habían pedido que se salve. ¿Dónde hay ahora, en este instante, algún resto suyo, el más mínimo? Un vacío se abre ante ti. Estás solo, como un insecto en el desierto.

-Papá, sobre sus ojos no van a construir veredas.

El padre permaneció en silencio.

Sh percibió el muro de silencio que se alzaba aquí entre ellos: los que había exhalado su último suspiro en sus cálidos lechos y todos los demás, los que flotaban en la espuma de las fosas colectivas, a quienes el alma se les había escapado por la boca, como a los peces, que se ahogan de tanto aire. La muerte mansa e ingenua y la muerte violenta y cruel nunca iban a encontrarse. Un mundo de pruebas las separa.

-Padre, pertenezco más a los de ahí que a los de acá.

Se concentró en sus propias palabras:

-Hijo mío, en la propia cama, en tiempos tranquilos era más doloroso morir. Sentías más profundamente en ti el corte de la muerte. Pensabas que todo lo que quedaba tenía sentido.

Sh. percibió el resentimiento:

-Percibo la envidia que ustedes sienten por ellos. Por culpa de ellos, se olvidan de ustedes.

El padre habló como pensativo:

-Al cabo de un instante todos somos iguales. Para la duración eterna quedamos todos igualmente borrados. Sólo los vivos se aferran a la estirpe y a la continuidad. Para nosotros la tribu es polvo. Ya no nos volvemos hacia eso. Pertenecimos a la tribu por un instante, un parpadeo. Polvo somos por toda la eternidad. No queremos continuidad. Nos es extraña. Quédate aquí, si no por mí, por aquellos a los que perteneces.

-Precisamente, ellos no me quieren. Se apartan de mí, rechinando los dientes. Mi destino es como el de ellos: perderme en el mundo.

En el padre se despertó un enojo senil:

-¿No sientes que precisamente son ellos quienes nunca van a perdonarte? Ellos te sentencian a errar sin rumbo.

Sh. sintió una quemadura en el corazón. Sabía que era verdad, ni que decirlo.

De golpe, se sintió envuelto por un bosque de manos. Brotaban de todos los montículos, Se apiñaban en torno a él. Comprendió: no se dejarían ahuyentar. No renunciarían a él. Estaba perdido.

-Pero en mis entrañas llevo vida también para ustedes –quiso decir.

El padre ya no estaba.

Alzó sus pies en silencio, como un profanador de tumbas que busca la salida. Fue saltando entre las lápidas desperdigadas por el suelo. No se abrían bajo suyo. El caminaba derecho, con pasos lentos.

Cuando ya estaba lejos, fuera del cementerio, se detuvo a observar. Había caminado a grandes trancos, como si tras él hubieran cerrado la puerta de un golpe. Es un expulsado. Ahí, tras él, los montículos se elevan, se apostan, inclinados. Lo siguen con la mirada. Sus pies caminan pesadamente.

Sintió que un hilo flojo se arrastra tras él. Se enredaba en sus pasos. Sintió que el hilo le salía del ombligo, se enredaba más y más, se hundía y arraigaba ahí, muy hondo, bajo suyo.

De golpe, entendió que, por sobre todas las lejanías, ese hilo habría de retenerlo. Que él tropezaría y caminaría siempre sobre ese hilo. Que de él no se iba a escapar. Que, siempre, por las vías más profundas, lo traería de nuevo hasta aquí.

Partió. El hilo se arrastraba tras él, en completo silencio, indiferente, como una gruesa y larga cuerda colgada de un animal rumiante que, atado, que se aleja por la hierba.

[Ficha de circulación interna de la Carrera de Especialización en Estudios Judaicos y Judeoamericanos, Maestría en diversidad cultural, UNTREF.]

1.- Oración que se recita en memoria de los muertos.

2.- Perteneciente a la tribu de los Cohanim, consagrados al sacerdocio en el Tabernáculo y, posteriormente, en el Templo.

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