Ataditos 8

RECORDANDO A IRINA BOGDASCHEVSKI

Escrito por: Laura Estrin

Irina arrastra eras. Un mundo. Su mundo de varios mundos. Lo que nos decía, lo que traducía, lo que sabía, lo que amaba. Irina cruzó entero el siglo XX. De Rusia a Europa y de Europa a Buenos Aires. Parece literario pero es verdad.

Irina es fuerte como una tromba. Escucha y habla, espera y sabe. Siempre está atenta en su silla grande donde nos recibe durante más de 10 años en los extremos de Villa Elisa. En sus dos casas que se vuelven una porque ella es una sola pieza –como se decía antes.

Irina cuenta sin atormentar, solo si se lo pedimos, que había pegado el mapa del Gulag en la embajada soviética en Buenos Aires y cuenta risueña que después había quedado presa. Luego escucha. Retaba a cualquier injusticia que le contáramos. Desacordaba contundente con lo feo y lo malo. Irina tuvo su juventud durante la Segunda Guerra, sus colegios fueron rusos en Belgrado, su biblioteca lo era, como el rector de ese colegio que muchas veces nos nombra, un ruso exilado como su familia misma, revolucionarios inútiles para los Revolución. Irina siempre trata de entender y de aceptar y de decirlo claro.

Irina vio muchas cosas e hizo algo con eso por lo que entiende de mundos que nosotros no podemos ya entender. Ella no veía su propia grandeza, sus enormes actos: acompañar a su madre muerta toda una noche en un sótano del Campo de Concentración de Mathaussen; el trabajo, el hambre y la deportación allí sufridos con su hermana y su padre, los tres libros que había llevado. Sin embargo, vestida de novia con la seda de un paracaídas fue feliz en Austria y en la emigración luego, acompañando la cuarentena de los chicos con escarlatina, demorados en el Hotel de los Inmigrantes al llegar al puerto de Buenos Aires. Nada le parecía una proeza. De su largo tiempo en el Hospital de La Plata me contó poco. Irina parecía que siempre había estado donde tenía que estar. A pedido casi escribió sus Apuntes en los márgenes de la vida.

Irina es una mujer fuerte, siempre quería seguir. Traducía todo el tiempo, leía y se maravillaba y lo compartía y admiraba hasta lo más pequeño. Quería con enorme bondad y comprensión a Tomy, su último perro.

Enseñaba y repetía saberes. Creía en la ciencia, la ponía al lado, como Mandelstam. De memoria, los últimos días recordó un poema de aquel y lo traducía al dictado. Se lo regaló a un médico joven.

Para ella no había gente distinta. Hablaba igual a todos. Si alguien le parecía otra cosa, un silencio sobre él caía y pobre desdichado. Pero no recuerdo que esa lista fuera muy larga, los olvidaba.

Irina me había buscado una imagen de la madre de Dios para suavizar corazones crueles que me acompaña en el mundo terrible por trivial y bajo que nos ronda. Me había dado un perfumero que le trajo su madrina de Venecia que quería mucho, sabía qué dar y qué decir.

Ella sabía. Su fidelidad es inmortal. Era fiel a los amigos y recordaba bien. Creo que muy pocas cosas la detenían, siempre se sobreponía potente. Siempre era atenta con todos los que se le acercaban. Algunos bebían su vodka casera y desaparecían. Ella se reía cuando se lo recordábamos. Y se enojaba cuando señalábamos alguna bajeza. Era una mujer seria y atinada.

Siempre estaba en Villa Elisa, hace unos años, sobreviviente de un nuevo naufragio, la muerte de Igor creo que fue uno muy grande, una inundación la dejó casi sin nada, mojó todos sus libros y sus fotos. Entonces se dejó mudar a otra larga y luminosa casa. Irina se confortaba con lo que tenía y nos acompañaba constantemente con palabras de aliento precisas.

Nos escribíamos casi todos los días y nos hablábamos por teléfono cuando una buena noticia así lo exigía: un libro que salía, un encuentro que habíamos hecho, una idea que yo quería charlar con ella.

Ella leía todo lo que andaba cerca, yo le mandaba todo lo que escribía, le llevaba libros dispares, era un aliento permanente, siempre respondía con su comprensivo saber y su justa palabra. Todos los que la conocimos sabemos que ella era realmente así.

Irina es clara. Entendía todos los cambios que le contábamos, los que veía, los que nos pasaban. Irina es una poderosa dignidad: había podido con exilios terribles y verdaderos, con la incomprensión de muchos a su llegada a Argentina a fines de los 50 y con los injustos olvidos que el ser testigo del tiempo nos acarrea. Ella siempre siguió haciendo traducciones, escritos, cartas. Recibió premios, el Pushkin ruso, entre otros. Su don era la forma en que se prodigaba, la generosa amabilidad con que nos recibía, nos reunía, nos cocinaba, nos esperaba, como cuando nos dejaba la llave en la puerta de su casa del lado de afuera para que entráramos sin esperar que ella la abriera.

Irina tradujo casi toda la literatura rusa al castellano. Era muy enérgica en sus gustos, como hay que serlo. A veces discutíamos sobre autores, de los rusos más contemporáneos pero sobre todo de los argentinos. Nikita recuerda la vez que lo hicimos por Gelman y corrí a su biblioteca para leer en voz alta algo de éste contrastándolo con algún fragmento de su inolvidable vecina del mar uruguayo Idea Villarino.

Una discusión para ella era algo serio y algo bueno. Otra vez discutimos con una amiga suya, periodista rusa en Cuba y España durante muchos años. Irina se animó a decirle que ella había sido educada en la era Stalin y eso era lo que nos distanciaba y agregó: ´Laura habla porque leyó los documentos´. Después me confesó el disgusto definitivo que significó para ella ese desencuentro. Irina escuchaba atenta e intervenía segura.

Con extremo pudor y fuerza, siempre entendía. No aceptaba nada que no fuera digno. Poetas grandes y seres pequeños podían rodearla: la locura de Gógol, la de Tolstoi la hacían pensar justo. Tradujo genialmente a Shklovski por mi insistente afán, a Remizov y a tantos más para que los leamos por primera vez en castellano. Le gustaba el poema “El grafito” de Mandelstam y los del Dr Zhivago; la literalidad de la potencia de Tsvietáieva que conocimos a través de ella son cosas que volverán siempre a nosotros como cuando hablaba de la respiración de la prosa de Dostoievski con la que supo responder a Borges cuando estudió con él en la Biblioteca Nacional. Amaba a los autores que traducía, los nombraba, habitaban su vida.

Era rusa, serbia, argentina, algo uruguaya por su casita allá cerca de Atlántida en Las Toscas. Podía entender y escribir en casi todas las lenguas. Las buscaba. Tenía conocidos en todas partes. Defendía a los autores que traducía. Los entendía, conocía su vida. Los cantaba o recitaba de memoria, para ella el tiempo no pasaba, todos los escritores rusos eran sus contemporáneos.

Contaba anécdotas terribles y anécdotas con risa de la dictadura argentina, como aquella vez que hizo dulce de frutos rojos en el Sur y trajo muchos frascos en el auto y la gendarmería los detuvo en la ruta buscando en ellos algo sospechoso. Su compañía nos amparaba de la miseria social y literaria reinante. Se aventuraba a todo cuando quería algo, contactar o escribirle a alguien, saber algo. Nos hacía regalos únicos, nos conocía bien, siempre tenía algo para darnos: los huevos de colores en Pascua, alguna cosita rusa, los cuadros de Benois, un aro entreperdido de su suegra del que hizo un colgante y mil cosas más para mis cumpleaños. Irina se acordaba de todo y de todos, preguntaba por nuestros hijos, por nuestros padres, todo lo que le decíamos iba a parar a su gran corazón.

Que no esté con nosotros es inaudito, imposible casi, porque hay seres eternos, seres muy contundentes en la vida de cada uno de nosotros y todos acá sabemos que Irina lo es. Por eso estará para siempre en la enorme herencia de humanidad que fue su vida, en todos los recuerdos que tenemos de ella, en sus libros, en sus traducciones, en sus amigos.

No habrá nadie como ella pero la recordaremos siempre. Nos cambió la vida. Nos mostró autores y palabras, comprensiones directas.

Columna: Ataditos

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