MARTIN CERDA: EL ENSAYISTA QUE DESCONOCÍAMOS

Escrito por: Juan Ritvo

Antes de ser operado y sufrir un derrame cerebral  que lo entregó a la sombra final, el ensayista chileno Martin Cerda alcanzó a borronear algunas líneas dirigidas a su amigo Guillermo Sucre:¹

“Originales quemados,

libros perdidos, la vida amenazada

desde fuera y desde dentro. Sólo

quisiera un poco de tiempo para justificar

esa sombra que es, despues de todo,

la escritura, o sus ruinas”.

 

 El fuego intervino dos veces en la vida de Cerda. En una primera y voluntaria vez, entregó a las llamas infinidad de manuscritos que lo agobiaban, quizá porque no había conseguido  esa modulación entre tema y tema que es el difícil arte del músico y del escritor, el arte de las transiciones y los saltos de grado que completan descompletando pero que brindan la precaria ilusión de la bella totalidad; quizá porque no terminaba de reconocer que la Idea clásica del libro no era para él; quizá porque ningún ensayista, aunque proclame la fragmentación, en la medida en que literalmente nos pierde en las fracturas de los tiempos del mundo, ninguno, digo, deja de esbozar alguna clase de totalidad orgánica: después de todo, la escritura es fatalmente sucesiva y la sucesión sin comienzo y sin fin es el anuncio de la muerte apenas postergada.

(La simultaneidad simultáneamente presente es la cruz de la mística.)

Una segunda vez, cercana a su muerte, vez que sin duda la precipitó, mientras estaba caminando junto a su esposa por Punta Arenas, en ese desolado extremo austral donde se había establecido, vio a lo lejos humo y fuego – era su cabaña, que ardió con infinidad de materiales, proyectos y, al parecer, libros por fin completos además de los libros de otros, que atesoraba con fervor.

En 1973, mientras la dictadura de Pinochet destruye, tortura, mata a degüello y deja la huella de una degradación bien visible ( algo tan visible que por momentos se torna indecible), dirigiéndose a unos pocos, náufragos como él, reune en un medio periodístico  trozos dispersos de un pensamiento sobre la literatura que se transforma en literatura sobre el pensamiento.

Él quiere, nos dice, antes que un catastro de temas, un orden de problemas.

¿Cuál es el sentido del problema?

Transcribo un fragmento:

“El escritor es, como Gustave Flaubert, un hombre siempre ocupado en ir llenando una sucesión de hojas, exteriorizando el humor de su alma  y, al mismo tiempo, interiorizando el rumor del mundo. En la noción genérica de  escritor sobrevive la sombra de un monje ocupado, en medio de los sobresaltos de la Edad Media, en fijar en un pergamino un saber que presiente amenazado.”²

 

Ya sabemos que el humor  por antonomasia es el melancólico y que lo define una extraña substancia cuyo  único atributo es el color negro, negro de furia y de impenetrabilidad; negro tan terrible que termina por instaurar un lenguaje fuera del lenguaje que sigue siendo, pese a todo y contra todo, lenguaje, un lenguaje tan esquivo como la multitud de cerros que definen la áspera geografía chilena.

El rumor del mundo es lo inabarcable del mundo, algo que Cerda tramitaba con el paso quebrado entre el pensamiento , que es un cráter de sombras luminosamente vacío, y la literatura, que es como una fuente dentro de la fuente que encarna el dolor y la plenitud.

De la escritura al pensamiento de la escritura siempre algo desaparece para retornar no se sabe dónde. Es ese dolor al que Cerda buscaba el remedio con su habla incesante en un país dominado por el monosílabo, dijo Lafourcade al día siguiente de su muerte; habla acerca de la babélica biblioteca del saber contemporáneo, habla que inesperadamente refulgía en breves notas que son lo mejor de su acuñación.

Por ejemplo la que reune infancia, discurso indirecto, balbuceo, espectralidad y espectáculo, en esos relatos tan inestables como los mitos  que nos constituyen en constante ebullición hasta el instante póstumo.

Cito:

“La infancia es , por ejemplo, un discurso siempre indirecto, en el sentido de que una parte importante de ella siempre la balbuceamos a partir de un relato que nos hicieron los padres y otro mayores que la presenciaron, en rigor, como un espectáculo. Sin ese relato no podríamos siquiera reconocernos en esas viejas fotografías donde alguien nos muestra a un niño y nos dice ese eras tú. La infancia es, sin embargo, algoy, a la vez, alguien que se queda adherido en lo que Barthes llama lo imaginario primordial, y que él mismo detalla en la leyenda a una de las fotografías que incluye en su admirable libro autobiográfico ‘ la provincia como espectáculo, la historia como olor, la burguesía como discurso.’ ”³

 

Si el relato de los mayores está del lado del espectáculo, el balbuceo está del lado de la interioridad herida. El paso de una a otra dimensión también está quebrado y es tan de difícil acceso como un pico cordillerano: el balbuceo se da en espectáculo, el que presencia el espectáculo, contempla un sentido cuyo destino ignora. Es el título de la compilación de Cerda: La palabra quebrada. Se quiebra el ensayo, se quiebra y multiplica el rumor del mundo con el cual el ensayo mantiene dolorosas, tensas, voluptuosas relaciones.

[1] Sucre, Guillermo,  “Los cuadernos de la cordura, homenaje a Martin Cerda”, en revista Vuelta, Nº 182, enero de 1992. En el azar de la transcripción, dejé las líneas con una apariencia (casi) versicular.

[2] Cerda, M., La palabra quebrada, (ensayo sobre el ensayo) Escritorio, Tajamar Editores, Santiago de Chile, 2005. p. 162.

[3] Ib. p. 166.

Columna: Imprudencias Breves

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