La mujer con atributos

Escrito por: Zacarías Marco

Hubo una época que se escribía con palabras que tenían entidad. La mentira funcionaba. Cada poco surgía una nueva que era enseguida impulsada y garabateada sobre el papel. Pronto nuevas coreografías de plumas le daban la bienvenida, demarcaban su territorio, establecían sus fronteras. Y empezaban los estragos. Nunca a todos les sentaron bien los uniformes. Siempre hubo aquellos que las padecían, las grandes palabras. Después la entidad se fue resquebrajando. Y vino otro tipo de estragos. Los tiempos han cambiado. Ni entidad, ni no entidad. ¿Dónde estamos? Ahora se intenta reproducir la construcción de grandes palabras. No se consigue. Al menos es de esperar que los daños que alimentan sean también menores. Pero el esfuerzo que se dedica a reabrir la fábrica es realmente inquietante. ¿Por qué tanto empeño? ¿Qué se consigue con ello? ¿O qué no se pierde, qué área se protege?

Palabra muralla, palabra trinchera, palabra traje. Palabra que oculta la fragilidad de una piel. O piel que no es piel porque no hay carne debajo, no hay vida que el tiempo deteriora sino material plástico, incorruptible, inyectado para mantener la tersa apariencia. Hoy no se aceptan las palabras que tienen arrugas. Es tiempo de lo liso y lo brillante. Con eso basta. Pero todo es tan efímero que hay que insuflar aire y más aire, sin descanso, aunque no se termine de conseguir nunca el anhelado núcleo duro de la esencia, la solidez buscada.

Machismo es una palabra arrugada. Salvo unos pocos, y son miserables, nadie se quiere reconocer en ella. Pero últimamente ha conseguido mediante un novedoso lifting un exitoso cambio de marca. No puede decirse. Esto es polémico y la gente sufre por ello. Se cavan trincheras. Por los hechos, por las palabras, por las palabras que son hechos. Casi todo el mundo se siente víctima y dispara. No sé si éste es el mejor camino para dejar de serlo. No parece. Lo diré con precaución. También con un poco de humor. Ofrezco esta vacuna previa para los que no soportan el ilocalizable dolor. Que el dolor está en todos. Pero lo diré. La paradoja de la trinchera feminista.

El feminismo es uno de los modos en que se presenta el machismo en la actualidad. Fuera de su tiempo la nueva palabra viene a revitalizarlo. Le devuelve, extrañamente, un vigor inesperado. No es obviamente el único modo en que se presenta, pero sí uno de los más exitosos. Quizás el más exitoso.

Ofreceré una explicación a semejante desatino. Pero antes es preferible no extrañarse en demasía porque no se trata de un fenómeno del todo inusual. Lo que se convino en llamar machismo ha sabido encontrar en todas las épocas valedores de todo género, de todo sexo, muchas mujeres entre sus más fieles servidores, madres principalmente, pero no solo. Su éxito no se explica recurriendo a factores impositivos. Era un triste modo de nombrar la diferencia. Lo sigue siendo. ¿Seguro que se le quiere derrotar? Habría que empezar por no fortalecerlo. Ésta es la paradoja que hoy afecta la lucha y la palabra feminismo. Ahí va. La bandera de la igualdad de derechos esconde un querer “lo que el hombre tiene”. Esto sucede en una época de desmontaje de todo, también de “él”, desmontaje que, lo hemos olvidado, ya inundaba las mejores creaciones artísticas de finales del siglo xix e inicios del xx. Por fin el nuevo Ulises era Bloom. Por fin el hombre se escribía sin atributos. Por fin el despojamiento no tenía sexo, se anulaban esencias y se podían escribir textos para nada.

Pero el despojamiento no se soporta fácilmente y la fábrica de uniformes se ha puesto de nuevo a trabajar. Reconversión industrial. Trajes para mujeres en la antigua fábrica de los hombres. ¿Qué tenemos? ¿Cuál es el efecto de querer “lo que el hombre tiene”? ¿Adónde nos lleva una comparación que fuerza una lamentable oposición en dos bloques extrañamente solidificados? ¿Qué se cuela detrás de la reivindicación reparativa? Una renovada, una inesperada esencialización de lo que “él” es o tiene, de lo que “ellos” son o tienen. Mal remedio. Repara las fisuras que afortunadamente ya tenía la palabra “ellos”. Borra sus arrugas. Reparte uniformes. Yerra el tiro.

La trinchera es un espejismo, la pobre escena donde se dirimen nuestros malestares psíquicos, nada más. Antes había un mapa acartonado y un afuera que no se dejaba representar. A uno se le llamaba masculino, al otro femenino. Dejemos que el afuera se escave en el primero sin eliminarlo del segundo. “Él” tiene lo que le otorgamos, fruto de una diferencia, de una diferencia necesaria, gracias a un afuera que debemos rescatar, no anular. Pero sin recurrir al reparto de uniformes, por favor. No nos igualemos en el tener. Es una salida muy poco creativa. Mejor una diferencia sin esencias. Sin tanto tener. Sin frontera definida. Sin tener para ser. Nos vendría bien un poco menos de ambos. Pero no. Es cierto que es difícil mantenerse ahí. En un femenino sin estrago. Y el no despojarnos nos lleva a ser despojo. Preferimos ser despojos del tener. Siervos del tener, que fue siempre el aliado tonto del ser. Entonces, el ilocalizable dolor encuentra rápidamente culpables. Así, hemos vuelto a una mala metáfora, la trinchera. Estamos en la palabra trinchera. Un nombre para el ilocalizable dolor. Trazos gruesos en un mapa que ya no sirve. Fin del color. Ya está, ahora todos caqui, todos verde oliva… El modo en el que esta lucha se lleva hoy a cabo tal vez proporcione una irrenunciable identidad imaginaria a mucha gente, quizás incluso deba protegerse esta identificación para muchos tan necesaria, pero me temo que se ha acabado convirtiendo en un nuevo impulso al machismo. Cambió la marca para mantener el tarro de las esencias. Y eso es lamentable.

Columna: Tejidos de escritura

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