Ataditos 11: La mañana sol de limón

Escrito por: Laura Estrin

No presento libros, no soy profesora de letras, no hago reseñas, enseño una gramática… (Hugo Savino, Vientos del noroeste, citado de memoria).

 La anotación lleva a la anotación. Savino se pregunta por el miedo que tienen algunos a los libros que hacen escribir. El que lee no puede volver atrás. El que escribe no puede olvidar, el que escribe escribe todo, en cada libro la biografía, el reproche, el rencor y el amor. Es entonces un registro directo, novela directa, la llamé: se dice sola, rápido. Como la mecánica de la mesa de café que tuvimos. Y es trágica pero a aguantar que no es lastimera, a veces es sentimental pero no del que se pone a gustar con “mil palancas de retardo” el bolero –como dice Savino-, ese que 30 años después corretea frente al que lo hizo siempre.

La mañana sol de limón no construye ese dolor de ver, es dolor. Funciona –diría Hugo Savino. El que escribe dice que el padre murió triste. Así. Decirlo y  aguantarlo. La mañana sol de limón es la historia de una Argentina, del “culo del tiempo” de una Argentina. Clarita. Lista de errores, lista de amores. El carro del gusto. Lo mismo, el error, el amor, pero tensado. Durísimo. En un empedernido decirse. Escribir soledad, pena, pérdidas. Sin artículo: lo copiaron. Pero Hugo Savino lo inventó. Y en la novela se ríe de la “apropiación”, se pregunta citando a Norberto Gómez por qué no llamarla “robo”. Él cita. Nombre propio que no es yo, es mucho más contundente que el yo. En la novela está “la tía de Hugo Savino”, alguno de sus paisajes. El que habla se vuelve escena en el paisaje, sin tapar el horizonte, claro, y ¡no es metáfora!

Hugo Savino escribe una novela que hace escribir. Manda para adelante. Siempre lo hizo. Esperó años, lo dice literal al final, salió al ruedo y escribe. Aprendió de los que leyó, los tiene en el bolsillo, como escribe ahí.

La anotación no olvida. No olvida lo que no fue porque se fue “a patitas” por un centro de Buenos Aires que no es Barracas ni Avellaneda, que son el nudo geográfico de la anotación. Esta es una biografía. Una biografía para ganarle a la historia siempre falsa. Esa que empezamos a escuchar de nosotros mismos falseada y que si no aceptamos no pasamos el “metro patrón”, como decía Hugo en otros libros.

La anotación canta, delata, pero es grito austero de leer mamotreto de miles de páginas donde uno puede vivir adentro. Lo que no abandona a Lola. La mujer de La mañana sol de limón. Porque en los libros grandes uno puede vivir adentro. Savino recorre las lecturas y el dolor de perder amigos, el ruido malo del tiempo, las luces, las partes del día, perderse en la mañana (nuevamente como Lola), y todo anotado sin reflejo, sin historia aplicada, dice, literatura pura contra el miedo. Y quiere precaverse: desdeña el desierto, dice de la desesperación pero con recaudos y quiere irse de todos los lugares que son campo arado.

La anotación de Hugo Savino pone palabras propias. En esta novela nacen esas acentuaciones con re-. Hay muchas otras, son un diccionario entero que copian. Hugo viene diciendo que le gustan las listas. Hugo es maestro. Pone. Pone en marcha. Pone y se oculta. Un poco. No en la novela.

La anotación: “No se puede que nadie entienda nada”. Ese es el dolor, esa es la soledad, cuando no podemos volver a explicarlo todo. Hay cosas que son así nomás: lírica desesperada trae La mañana sol de limón. Y la alegría en la música, el decirse que se puede solo. Hugo Savino responde, como mostró que hace Claudel, pero también Celine y alguna vez Sollers en su propia grafía de lecturas, lo que él mismo hizo con Meschonnic. Estamos en su novela pura: allí nos responde como quiere. En su novela es la guerra como tomó de Mandelstam: nadie quiere verse pero muchos estamos agarrados ahí. Despiojados y dichos. Que lo entienda el que pueda. Yo critiqué el título de la novela, estoy ahí apretada. Hugo Savino nos responde ahí. Cada uno sabe.  Es su modo. Nadie quiere aguantar los modos de los otros. Nadie escucha, todos quieren escribir, eso dice bien Hugo Savino.

Debe haber varias formas de leer La mañana sol de limón. Yo elijo una más bien literal. Tengo suerte de haberme cruzado con los libros de Hugo Savino. Me enseñaron a ponerme en camino, un trote de amor violento. Sin punto medio, el mal es la mediocridad, lo supo Gogol que Hugo bien dice acá que murió loco. Ninguna otra forma. Mediocridad o locura. Novela pura, novela directa, es novela sin explicación. Algo de ahí viene de Murena, me parece, pero está también pedido Mansilla al final de un capítulo.

Y la anotación, La mañana sol de limón, dice la poética clara que tiene: ir por un paisaje, por una vibración. Poner el paisaje cuando todo tapa el horizonte. Poner gallinas o no, dice Savino, porque el gallo mudo anda al fondo del recuerdo. El que lee no se miente, dice, se pierde, sin vuelta. Sánchez camina con Savino en La mañana sol de limón.

Savino escribe un libro que es la encerrona del recuerdo. Desesperar en el recuerdo y seguir igual ahí. Que aguanten los detalles y las repeticiones y la no cronología. Ya ahí están todos los nombres, una bolsa –dice por allí Hugo Savino. Que va de “metete en el culo a Marx” a la novela social, desde Irma, Roque Juan, los verdaderos, y algunos algo tapados que son igual escritos claros en su pulso hábil. Porque el pasado no se va. Viene siempre. Savino encuentra la forma de ponerlo todo y ponerse. No le importa más que sonido recordado. Y lo repite en el relato. Se desafía él mismo porque la novela cambia de parecer a veces. Es viento ya desde el del noroeste, aunque ahora es un blizzard, el viento blanco, un tormentón. Y el viento suele dar la vuelta completa como dice el final de Viaje sentimental. Es la procesión y el templo juntos. Es hacer algo con “el toco” -como dice él.

Savino leyó y lee y no tiene retorno. De Kerouac a García Vega y Arenas y Meschonnic y todos. No los abandona. Y sigue. Se ve eso. Que hizo algo con eso. Masticó desalojo y escribe: “no hay como escribir para despejar la confusión y romper definitivamente, cada uno su camino, ahora estoy en el patio”.

Hay mucho en la novela, están los autores rusos: de Chestov bajo el brazo desde temprano en su vida y la usurera de Dostoievski que entrevemos quiénes pueden ser a Nadiezhda Mandelstam y Shalamov que son la tiña. Pero cómo están ahí marcados, ese es el asunto. Están Kerouac y Duluoz, hay también otros. Pero el asunto es: “Sentarme, nada más, y contar todo el dolor que tengo y que alguien escuche y no diga nada”. Se trata de los verbos del tiempo, no de las palabras. Filtrar, olvidar. El libro no perdona a ninguno, a nadie. Ni a sí mismo. Hay alguno que flota con nombre falso, hay que encontrarse y recuperarse pero uno no se recupera más de ese tiempo, de este libro que ahorca, acerca la cuerda, como dice Savino que le acercaron a la rusa. A él le ataron la valijita del desalojo y a la rusa la mandaron a lavar copas en el Centro de Escritores. Savino lo leyó, lo vio. Lo vivió. Lo dice. Dice de lo imposible de casi todo menos de lo propio más propio, de “la marca en el orillo”. Dice que le mojamos el título. La venganza de recitarlo para siempre de nuevo: mañana alimonada para siempre.

El libro de Hugo Savino es durísimo, es durísimo con él mismo. A nadie le importa el otro salvo cuando quiere algo del otro o goza del dolor del otro o deslee al otro tapando con el dedo el sol: el mal no está muy lejos nunca, hay que raspar un poquito y aparece. Mechonnic dice que la religión, re-ligar, une, ata al hombre a la piedad. En Mi ciudad perdida Milita Molina escribió que el poquito de amor que anda suelto es difícil de encontrar y que tras eso van solo algunos. Este libro es una bitácora y una gramática literaria entera. Es Lowry después del incendio de su casa. Y la pintura que va haciendo es como un sistema de acople, de suma, de yuxtaponer lo propio. Digamos que tres historias-escenas son La mañana sol de limón: la del amor-Lola, la del suburbio-desalojo y la de la mafia social-cultural/biografía rumbo a peor. ¿Mezcladas? No tanto. Gritadas sí. Clarito Savino dice el dolor de que te martillen los que más queremos. Y se reconviene con la cita en el bolsillo. Savino sacude: amistades perdidas, el trabajo mal pago, la alegría de leer y escribir.

El libro es un cuaderno o una lista: una novela. También un apunte de frases de cuadernos de los personajes: de Lola que lee novelones y encanta a todos, de Elia y Rafael y Dante que saben no saber (como la cita que nos puso Hugo hace años: “Baudelaire no sabía, Sartre sabía”. Una frase que nadie quiere saber). Decir se puede decir que todos esos personajes son uno. Pero eso no importa en la lectura intensiva que La mañana sol de limón alienta o encadena a sí misma.

“Tal vez es verdad que al Tiempo no sucumbieron todos, que se ponen a caminar en el plumaje de escarcha de alguna mañana”… Hugo Savino es un lírico. Escribe afirmaciones logradísimas, no aforismos. Ni siquiera son fragmentos, son heridas: “Narrar: ¡por favor! Otra vez con eso. ¡Tedio! – Narrar el mundo imposible, solo se puede alargar y alargar el mundo.” Él, como dice ahí mismo, va de la sucesión a la simultaneidad. Lo dice la frase final: “Todo tiene que sonar al mismo tiempo”. Y el que quiere la simultaneidad es porque quiere atrapar la desesperación de lo múltiple, del sentido y del sonido simultáneos, de lo imposible que así se vuelve posible de ser dicho. No pensado, sino dicho, escrito.

“Tardé años en escribir esta saga (épica) llena de desesperanza y tristeza, toda esa desdicha callejera de condenados en la que viví. Y fui feliz. Ahora vuelvo. Por eso la escribo. Solté lastre. Solté falsos amigos, angustiados de la impotencia de la mano, resentidos porque no tienen el don de la escritura…”

Columna: Ataditos

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