Una creación a partir de la nada

Entrelazos publica este texto de Lev Shestov sobre Anton Chejov. Es otro hallazgo de traducción. Se lo debemos (y agradecemos)  a Fulvio Franchi, que traduce con el oído y la visión a cada autor ruso en su ritmo.

Para mayor comodidad se ha divido en tres partes: Tercera Parte.

Lev Shestov

Una creación a partir de la nada

(A. P. Chéjov)

VIII

Ahora, quizás, resulta comprensible el desarrollo posterior y la tendencia de la obra de Chéjov y lo que es característico en ella y que no se repite en otras obras del materialismo “juicioso” con una persistencia fanática en la búsqueda de nuevos caminos, siempre indirectos y problemáticos. Él, como Hamlet, quiere cavar frente a su contrincante “una fosa una vara más profunda” para hacer volar por el aire de una vez al ingeniero y a su construcción. Su paciencia y su firmeza en ese duro trabajo subterráneo son directamente asombrosos y para muchos insoportables. En todas partes hay niebla, no hay un solo rayo, ni una chispa, pero Chéjov avanza lentamente, moviéndose apenas. Una mirada inexperta, impaciente, quizás no perciba el movimiento. Probablemente hasta el propio Chéjov no sepa con seguridad si se mueve hacia adelante o si está dando pasos en el mismo lugar. No se puede siquiera tener esperanzas. El ser humano entró en una franja de su existencia en la que la razón, que avanza adivinando y tomando coraje, rechaza sus propios servicios. No hay posibilidad de formarse una imagen clara y precisa de lo que ocurre. Todo toma fantásticamente una coloración sin sentido. Todo lo crees y no lo crees. En “El monje negro”, Chéjov cuenta sobre una nueva realidad y en un tono como si no entendiese dónde termina la realidad y comienza la fantasmagoría. El monje negro atrae al joven científico hacia un lugar misterioso, a lo lejos, donde deben materializarse los mejores sueños de la humanidad. La gente que los rodea lo llama el monje de las alucinaciones y lucha contra él con recursos médicos – con bromo, sobrealimentación, leche. El propio Kovrin no sabe quién tiene razón. Cuando conversa con el monje le parece que el monje tiene razón, cuando ve delante de él a su esposa sollozante y los rostros serios y alarmados de los doctores, reconoce que se encuentra en poder de ideas fijas que lo llevan por un camino recto hacia la locura. Finalmente, triunfa el monje negro. Kovrin no tiene fuerzas para soportar la cotidianidad que lo rodea, rompe con su esposa y sus parientes, que le parecen verdugos, y se va caminando hacia algún lugar, pero no vemos que llegue a ninguna parte. Muere antes del final para darle al autor el derecho de poner el punto final. Siempre ocurre así: cuando el autor no sabe qué hacer con su héroe, lo mata. Seguramente, tarde o temprano este recurso será abandonado. Seguramente, en el futuro los escritores se convencerán a sí mismos y al público de que todo tipo de redondeo artístico es algo completamente innecesario. Se agotó el material – corta la narración, aunque sea a mitad de la palabra. Chéjov a veces lo hizo así, pero solo a veces. La mayoría de las veces prefería, al cumplir con las exigencias tradicionales, ofrecerle al lector el desenlace. Este recurso no es tan impersonal como puede parecer en una primera mirada, pues induce a error. Tomen aunque sea “El monje negro”. La muerte del héroe aparece como la indicación de que toda anormalidad, en opinión de Chéjov, lleva indefectiblemente a una muerte absurda a través de una vida absurda. Sin embargo, Chéjov ni siquiera estaba firmemente convencido de esto. Al parecer, él esperaba algo de la anormalidad y por eso dedicó tanta atención a la gente descarriada. Es verdad que no llega a una inmediata conclusión definida, a pesar de todas las tensiones de la obra. Él está convencido de que no hay salida del enmarañado laberinto, que el laberinto, los errores indefinidos, las eternas vacilaciones y titubeos, la angustia sin motivo, las alegrías sin motivo, en una palabra, todo lo que temen y de lo que huyen las personas normales, son la esencia de su vida. De eso y solo de eso es que hay que contar. No hemos inventado una vida normal, no hemos inventado una vida anormal. ¿Por qué consideran que solo la primera es la realidad?… Debe considerarse el drama “La gaviota” como una de sus obras más características y, por eso, más notables. Es en él donde su expresión recibió una verdadera relación del artista hacia la vida con mayor integridad. Acá, todos los personajes o bien son ciegos que temen moverse de su lugar para no perderse en el camino a su casa, o bien son medio locos, que marchan desgarrados y confundidos no se sabe a dónde ni para qué. La conocida actriz Arkádina está agarrada como con los dientes a sus setenta mil rublos, a su gloria y a su último amante. Trigorin también es un conocido escritor, día a día escribe, escribe, escribe, sin saber por qué ni para qué lo hace. La gente lee y elogia sus obras, y él no se pertenece a sí mismo; es como el barquero Marko del cuento, que se rompe el lomo trabajando, cruzando el río y transportando gente de orilla a orilla. Y el río, el bote y los pasajeros lo han aburrido mortalmente, pero ¿cómo liberarse de ellos? Arrojar el remo contra el primero que encuentre es una decisión tan simple, pero detrás de ella, como en el cuento, hay que ir al cielo. No solo Trigorin, todos los que ya no son jóvenes en las obras de Chéjov recuerdan al barquero Marko. Su tarea es claramente innecesaria para ellos pero, como si estuviesen hipnotizados, no pueden escaparse del poder de una fuerza ajena a ellos. El ritmo de vida monótono, tímido, melancólico, adormece su conciencia y su voluntad. En todas partes, Chéjov subraya ese rasgo extraño y misterioso de la vida humana. En sus obras, la gente siempre habla, siempre piensa, siempre hace lo mismo. Uno construye casas según el modelo que una vez ideó (“Mi vida”), otro va de visita desde la mañana hasta la noche juntando rublos (“Iónich”)  un tercero acapara propiedades (“Tres años”). Hasta la lengua de los personajes es intencionalmente uniforme según el proverbio: siempre con la misma canción. Hay quien constantemente, dé o no la ocasión, afirma “bastante bien”, hay quien dice “barbarie”, etc. Todos son uniformes hasta el atontamiento y todos temen transgredir esa uniformidad atontante, como si en ella se ocultase la fuente de una alegría extraordinaria. Lean el monólogo de Trigorin: “…hablemosHablemos de mi hermosa vida… Pero, ¿por dónde empezar? (después de pensar un instante). Hay representaciones forzadas, cuando un hombre piensa día y noche, por ejemplo, en la luna, y yo tengo una luna de esas. Día y noche se apodera de mí una misma idea obsesiva: debo escribir, debo escribir, debo. Apenas terminé un relato, no sé por qué ya debo escribir otro, después un tercero, después del tercero un cuarto. Escribo sin cesar, como si viajase en postas, y no puedo hacerlo de otra manera. Les pregunto qué hay en ello de bello y de luminoso. ¡Pero qué vida absurda! Aquí estoy, con ustedes, me emociono, pero a cada instante recuerdo que me espera una novela inconclusa. Veo una nube parecida a un piano de cola. Huele a heliotropos. En seguida me viene a la mente: un aroma dulzón, color de viuda, recordar al describir una tarde de verano. Me atrapo a mí y los atrapo a ustedes en cada frase, en cada palabra, y me apuro a encerrar todas esas frases y palabras en mi trastero literario: ¡quizás me sean útiles! Cuando termino un trabajo, salgo corriendo al teatro o a pescar; así descansaré, me olvidaré… ¡pero no! En la cabeza ya me está dando vueltas una pesada bala de hierro fundido un nuevo argumento, y ya voy hacia la mesa y debo apurarme a escribir, de nuevo a escribir. Y así siempre, siempre, y no tengo paz de mí mismo y siento que me estoy comiendo mi propia vida, que para la miel que le doy a no sé quién succiono el polen de mis mejores flores, arranco esas mismas flores y pisoteo sus raíces. ¿Acaso no estoy loco? ¿Acaso mis parientes y conocidos se llevan conmigo como si fuera una persona sana? “¿Qué está escribiendo? ¿Con qué nos va a regalar?Siempre lo mismo, siempre lo mismo, y me parece que esa atención de los conocidos, los elogios, la admiración, todo ese engaño, me están robando, como a un enfermo, y a veces temo que de un momento a otro se acercarán cautelosamente, me atraparán y me llevarán, como a Poprishin[1], al manicomio. ¿Por qué todo esto? Arroja los remos y comienza otra vida. No se puede – mientras, del cielo no bajará la respuesta. Trigorin no arrojará los remos, no comenzará una nueva vida. En Chéjov, de una nueva vida solo hablan los jóvenes, los muy jóvenes y las personas sin experiencia. Todos sueñan con la felicidad, la regeneración, la luz, la alegría. Ellos vuelan, tirándose de cabeza, hacia el fuego y se queman, como se queman las mariposas irracionales. En “La gaviota”, Nina Zaréchnaia y Trepliov; en otras obras, otros personajes, hombres y mujeres. Todos buscan algo, aspiran a algo, pero ninguno hace lo necesario. Todos viven separadamente, todos están completamente absorbidos por su propia vida y son indiferentes a la vida de los otros. Es extraño el destino de los héroes de Chéjov: están tensionados al máximo grado en que se lo permiten sus fuerzas, pero no obtienen ningún resultado exterior. Todos dan pena. Una mujer aspira tabaco, vestida desaliñadamente, sin peinar, no es interesante. Un hombre se irrita, refunfuña, toma vodka, fastidia a los que lo rodean. Hablan inoportunamente, actúan inoportunamente. No saben adecuar a sí mismos el mundo exterior, estoy dispuesto a afirmar que no desean hacerlo. Materia y energía se unen según sus propias leyes – la gente vive por las propias, como si la materia y la energía no existiesen en absoluto. En este sentido, los intelectuales de Chéjov no se distinguen en nada de los campesinos analfabetos y de los burgueses semianalfabetos. Viven en una finca igual que en un barranco, igual que en una aldea. En todas partes reina la convicción profunda y arraigada, aunque no consciente, de que la voluntad debe ser dirigida a un objetivo que no tenga nada en común con la organización de la humanidad. Peor: la organización parece un enemigo de la voluntad, un enemigo del ser humano. Hay que arruinar, desgastar, eliminar, destrozar. No se puede reflexionar tranquilamente, prever el futuro. Hay que golpearse la cabeza contra la pared, golpearse infinitamente. ¿Y esto lleva a algo? ¿Es esto el final o el principio? ¿Se puede ver en esto la garantía de una nueva obra no humana, de una obra a partir de la nada? “No lo sé”, le respondía el viejo profesor a la sollozante Katia. No lo sé, respondía Chéjov a todas las personas sollozantes y atormentadas. Con estas y solo con estas palabras se puede concluir un artículo sobre Chéjov. signe toi, mon coeur, dors ton sommeil de brute.

 

[1] Personaje del “Diario de un loco”, de Nikolái Gógol.

 

Columna: Traducción, Otros Ritmos. 

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