El crepúsculo, la bruma.

Escrito por: Juan Ritvo

En su ajustada y bella historia de Venecia, John Julius Norwich (¡otra vez un inglés!) dice, en la introducción en la que felizmente se libera de la obligación cronológica, lo siguiente:

“En toda estación, bajo cualquier iluminación, la laguna parece extrañamente desprovista de color; no hay suficiente fondo para que el agua tome el rico azul aterciopelado del Mediterráneo central, o el verde ácido que caracteriza una gran parte del Adriático. Sin embargo, algunas tardes de otoño, cuando la luz se reduce y su superficie brilla como el aceite bajo un sol bajo y velado por la bruma, ella puede ser bella – tan bella que uno se sorprende un poco del poco interés prestado por los pintores venecianos a este espectáculo, seducido sobre todo por las maravillas de su ciudad. ¡Los holandeses hubieran obrado de manera muy diferente! Pero es cierto que la escuela veneciana es esencialmente sonriente y que la laguna, pese a su esplendor, evoca una indecible tristeza.”¹

Una sola corrección: ¿la pintura veneciana sonriente?  No es un buen calificativo, ni siquiera cuando es efectivamente sonriente… ¿Armonía quizá?  Hay que desconfiar de términos gastados y que por sí solos son como los “frutos del bosque” a que apela la propaganda enológica. Baste pensar en el rostro de María en la Pietá con la Virgen y San Juan de Giovanni Bellini, mientras aferra a su hijo que acaba de morir. La Virgen entreabre la boca y pega su cara a la cara de crucificado, como si quisiera apresar un resto de aliento del hermoso e inmóvil rostro de Jesús – ambas figuras son el marco teológico en el cual el pintor filtra la materia espesa de su propia vida. Baste pensar en el momento singular que nos transmite la escena, momento anterior al reconocimiento fulminante de que el que está ahí muerto nunca volverá a la vida, momento entonces anterior al llanto, para que los calificativos genéricos se disuelvan en el aire.

Si se pudiera hablar de una escuela veneciana, deberíamos decir que esta presunta entidad desconcierta y conmueve, porque ella encarna la Idea de una forma que tiende a su descomposición  doblegada por la densidad del color. “Quien quiera ser pintor debe conocer tres colores  – decía Tiziano – el blanco, el negro, el rojo.”

 Blanco, negro, rojo, ¿no son un poderoso antídoto contra la “indecible tristeza” de la laguna que todo veneciano conoce muy bien?

(Las maravillas de la ciudad son la causa próxima de la sensualidad de la pintura veneciana.

Su causa más entrañable probablemente esté en otro lugar, en otra dimensión…)

El crepúsculo, la monotonía, la bruma, también lo que estalla como el refucilo: hay que citar alguno de los párrafos tan sensibles de Predrag Matvejevic:

“Acostumbrados a su propia ciudad y a su apariencia cotidiana, los pintores venecianos acompañaban el ocaso con más respeto que los foráneos. Con frecuencia, estos últimos convertían su amor repentino y desenfrenado en una orgía, entregándose a la luz, descuidando la sombra. Después de unos y otros es difícil pintar los atardeceres venecianos, casi imposible describirlos.”²

Columna: Imprudencias Breves

[1] Norwich, John Julius, Historie de Venise, Payot, Paris, 1987, p.18.

[2] Matvejevic, Predrag, La otra Venecia, Pre-textos, Valencia, 2004, p.25.

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