Atadito 13: Un hombre malo. Cartas a Felice de F.Kafka.

Escrito por: Laura Estrin

Todos leen Kafka, algunos pocos lo reconocieron como autor judío. Judío no porque vaya al templo, adonde va al casamiento de sus hermanas, sí porque se reconocía allí, porque amaba y sufría por Löwy, ese actor judío desclasado para el que juntaba dinero y reseñaba sus actuaciones, al que mandaba a ver a sus amigos como si fuera un genio y tal vez lo fuera: “Puede estar segura de que sobre el teatro dialectal no hablé irónicamente, tal vez me he reído, pero eso forma parte del amor”. Así, una y otra vez le pide a Felice que se fije si “los judíos están actuando en alguna parte, y sobre todo a qué señas podría llegarle una carta a mi Löwy”. Kafka sabía que reconocerlo como judío podría atenuar la extrañeza que causaba.

 Kafka es un judío que supo quiénes eran los judíos del Este, esos artistas del hambre que retrató fiel. La urge a Felice a que trabaje en un Hogar Judío de niños del Este y no para hasta que ella pierde la salud en eso. Kafka, en la primera carta que le envía a Felice, le dice que le confirme si lo acompañaría a Palestina al año siguiente. Kafka dirime en muchas cartas qué es el sionismo, comenta sobre aprender hebreo y sobre publicaciones judías, sobre Scholem Aleijem y su ironía ineludible que dice no es para niños. Hacia 1913 asiste al Congreso Sionista.

Kafka obliga a Felice a escribirle (“Quisiera tenerte eternamente sentada a tu mesa, eternamente ocupada en escribirme cartas”) y a no escribirle tanto (“Además no me escribas tanto. Una correspondencia abultada no es sino señal de que algo no marcha como es debido. La paz no tiene necesidad de cartas”); a amarlo, a saber que él es su peor suerte, a no abandonarlo. Mendiga y obliga, alerta y condena, ama el amor imposible de Felice y escribe simultáneamente en esos años de noviazgo “La condena”, “La metamorfosis”, “En la colonia penitenciaria”, “Chacales y Árabes”, “Ante la ley” y “El soltero”.  Kafka confunde a Felice con las cartas de Felice y cuando toma conciencia de eso le cuenta que sus cartas son diferentes a ella misma.

 Sabe que esas cartas son suspiros y un sistema nervioso crispadísimo, pero pide: “No se tome la molestia, toda carta produce molestias, se mire como se mire, escríbame, pues, un pequeño diario, eso es pedir menos y dar más”.  Y no acepta cartas perdidas (“Las cartas que se escriben no se pierden, solo se pierden las que no han sido escritas”), Kafka sabe de su desesperación y da explicaciones pero no quiere recibirlas, quiere cartas.

Hace tiempo descubrí que Kafka era un judío quejoso, un hombre muy quejoso que no puede parar de quejarse y solo lo aguantan porque es Kafka: “tampoco yo soy la persona ante la que se pueda quejar uno sin escrúpulos –este es el tipo de queja mejor y que más alivia-, es decir, quejarse sin contemplación alguna hacia sí mismo y el mundo circundante”. Kafka se pierde muy a sabiendas en la queja: “Estaba quejándome de algo (no hay nada de lo que no pueda quejarme)”.

Kafka solo quiere escribir, cartas o relatos, sabe que no hay otra vida para él, Brod supo decirle que disfrutaba en su sufrimiento y todo era sufrimiento sino escribía. Kafka abominaba de todo trabajo que no fuera escribir. También lee y señala lecturas. Aconseja libros que temo pueden ser insufribles. A Felice la persigue con historias de vida de condesas y con sus dolencias nerviosas y con el paso del tiempo y con sus mudanzas y con el horror familiar. Muchos han escrito de esto. Kafka le teme a todo lo que no sea escribir, pero a lo que más le teme es a sus padres. La vida de Kafka es el gran derrumbe. Kafka supo qué quería pero no pudo vivirlo.

Todo lo considera imposible, necesita silencio y caminatas con amigos, insiste que todo en él es escribir pero tanto escribir bien como mal es insoportable para un corazón humano. Kafka fue un jodido que desafió lo que él mismo sabía insoportable: “el mundo exterior es demasiado pequeño, demasiado unívoco, demasiado veraz”. Huyó de lo general literalmente, nadie puede olvidar que al estallar la Primera Guerra anota en su Diario que se va a nadar, y solo trató de  definir lo horrible que lo perseguía. Quería lo absoluto, lo extremo, pero ningún compromiso. Brod lo quiso amparar porque lo conocía, a veces lo ayudó. Kafka odiaba a todos y necesitaba a algunos: “no hay curación sino de persona a persona, al igual que solo de persona a persona hay transmisión de dolor”.  Tsvietáieva –que amaba a los judíos- tenía algunas de estas pretensiones. Nunca dejó de ser la que era. Siempre pidió lo mismo.

 Kafka pidió todo a la escritura pero supo que solo lo oral explica, la letra escrita es solo un presentir: “En una vida tan miserable y difícil, cómo va uno a poder retener a una persona mediante meras palabras escritas, para retener están las manos”. Kafka sabía los límites de la escritura para la vida y de la incomprensión como única posibilidad del amor. Kafka pensó que el amor tenía disímiles series: el de los padres, el de los hijos, de éstos abominaba.

Kafka se controlaba y controlaba a los que amaba, controlaba el tiempo, las ocupaciones, los deseos, los viajes, los pasatiempos, las caminatas, las  horas de trabajo, incluso hace un cronograma de la distribución del tiempo en Balzac y lo expone a Felice.

Kafka pide fotos y Felice pareciera que rara vez le envía una de ella sola, siempre está con sus amigas o con sus pequeñas discípulas del Hogar Judío. Kafka se atreve a decirle todo: si está fea, si está delgada, si la reconoce, si es su Felice o no: “buena es solamente aquella fotografía que le muestra a uno bajo el aspecto, a falta de otra cosa, que quiere uno tener” o “La foto no perece, no se disuelve, como se disuelve lo que vive, por el contrario se mantiene y preserva como constante consuelo, no quiere penetrarme pero tampoco me abandona”.

Kafka duda de lo que escribe, sabe que sus relatos tienen valor enfrentados a un lector o auditor singular, Kafka acomete con afirmaciones contundentes: “Que una joven de veinte años no lea nada en absoluto y deliberadamente es algo en lo que no encuentro nada malo, pero leer a medias es cosa más grave”. Kafka es inaguantable, lo aguantan por ser Kafka. Kafka se sabe loco, encerrado en una ciudad de la que quiere irse, Praga. Elige una casa alejada para ambos, en un barrio semidesierto, sobre el Moldava, gitano.

Kafka pide lo inflexible, lo verdadero –así lo llama: “porque los miramientos me hacen más daño que la verdad”. Kafka veía y sabía que había un real, algo que iba más allá del hombre: “El estar alegre no es cosa para la que basten las decisiones, es preciso además que se den circunstancias alegres”. Kafka es de los que odian el consuelo, lo consideraba una mediocridad, abominaba de los que creen que la cólera lo acerca a Dios, escribió a Felice que “todas las respuestas que no ponen al descubierto lo estúpido de las preguntas son malas, pues resultan incongruentes con las preguntas”. Le pedía a la berlinesa que responda desde todos los lados, desde la precisión y  desde la realidad también, que eran cosas distintas. Comprendía que solo se podían intercambiar zozobras pero exigía correspondencia.

Kafka no escribió más que de sí mismo: “Mi novela soy yo, yo soy mis cuentos”, “en la vida real soy igual al que aparezco en el librito (Contemplación), o al menos así era últimamente”. Kafka es terco y absoluto dueño de su fijeza: “Mi relación con el escribir y mi relación con el prójimo son inmutables, su razón de ser está en mi carácter, y no en circunstancias pasajeras”. Y esa fijeza le venía de escribir: “Cada frase posee una fuerza de gravitación a la que resulta imposible sustraerse”. Kafka era tenaz en su precisa desesperación.

Era un perfecto desesperado, quería una enfermedad pequeña, fugaz, que le diera placer, lo decía así. No podía mirar a los ojos salvo de modo rígido y forzado y solo lo atraía lo arbitrario y accesorio. Y se definía de este modo sin perdón y sin mentira. Kafka no se perdonaba. Como escribir “significa abrirse desmesuradamente; la más extrema franqueza y la más extrema entrega, en las que todo ser ya de por sí cree perderse, en su trato con los demás, y ante las que, por tanto, se echará para atrás mientras esté en sus cabales –pues todo el mundo quiere vivir mientras vive-, esta franqueza y esta entrega, repito, no son ni de lejos suficientes para la creación literaria”. Y para ese extremo que es escribir quiere la última soledad (“al igual que quien está echado sobre el suelo no puede caerse, nada puede ocurrirle al que está solo”), la de la lejanía, la de la noche; el camino más largo, el más extraviado, el escribir lo que tiene adentro.

Kafka disfruta con los rusos (Nijinski, Dostoievski), con Stringberg, con Buber (al que haya mejor que su obra), con Werfel y Hebbel (“un hombre que sabía soportar el sufrimiento y decir la verdad, pues se sentía firme en lo más hondo de su ser”), Kafka se ensimismaba con los que eran perfectos en su arte, los ve entre sus contemporáneos. Seres que como él, saltan, se derrumban y languidecen. Kafka encontraba escasa la vida: “la vida humana es un edificio de muchos pisos, el ojo no ve más que una posibilidad, pero en el corazón están reunidas todas las posibilidades”. Era exagerado, se culpaba de todo, se creía poco intelectualmente y débil para conquistar pero confiaba en que las palabras serían tan claras como su interior (“Lo que está claro en el fuero interno lo está también, e irrecusablemente, en la palabra”). Kafka usaba las fuerzas de un cíclope para vivir su vida, se gastaba enfrentando al mundo solo desde su escritura aunque vivió, como lo describió Gógol antes, la vida de un pequeño funcionario de provincia. En esa pequeña cueva burocrática supo que lo que se piensa siempre es claridad para sí y confusión para los demás, que el pasado es cierto y perdido a la vez. Increíblemente escribió: “Tampoco sé narrar propiamente, ni siquiera sé hablar… Lo único que tengo son no sé qué fuerzas que, en condiciones normales, son capaces de concentrarse a insospechada profundidad para hacer literatura, fuerzas en las que no me atrevo a confiar de ninguna manera”. Tampoco confiaba en el trato con los demás seres aunque lo buscaba y podía pasar tardes enteras con amigos caminando.

En las cartas hablaba solo de sí mismo, preguntaba y respondía sobre sus pequeños paseos, sus pequeños movimientos y sus gigantes deseos; quiso ir a la guerra pero no pudo, decía no comprender la música y descolocarse ante la pintura, quiso llevar un diario y escribió cartas como apuntes explícitos de diario, consideró que no había otra manera de hacerlo que sin entender cómo: “casi ninguna palabra me viene desde su propio origen, las atrapo al azar, bien lejos de su punto de partida, bajo circunstancias excepcionales. Una vez, cuando estaba en pleno trabajo literario y en pleno vivir, te dije que todo sentimiento verdadero no busca las palabras apropiadas, sino que se topa con ellas, o incluso se ve empujado por ellas” por lo que le pide a Felice que no tolere al hombre real como toleró al que escribe cartas. Kafka supo del milagro del encuentro como Tsvietáieva, lo inesperado largamente.

No hay indecisión en Kafka, no hay titubeo, sabe que todo está perdido de antemano, pero que tampoco eso es desgracia, para la desgracia hay que tener las fuerzas que él dice no tener, tal como la otra rusa había dicho que a su dolor ella no habría podido vivirlo. Su vida es como “un sueño atravesado por una mirada”. Cambiaba de humor pero persistía “en un estado fundamentalmente malo”, quisquilloso (letra insegura pero escritura tranquila se nota él mismo), buscador de una verdad que sabe afuera de sí mismo, insoslayable y necesaria. Kafka era desafiante: repite una definición que de él dan a partir de Contemplación: “El arte de un solterón”. Se la repite a su novia y agrega: “Soy taciturno, insociable, hosco, egoísta, hipocondríaco y auténticamente enfermizo. En el fondo no lamento nada de esto, es el reflejo terrenal de una necesidad superior”. Kafka pretende la comunicación de estados de ánimos poco comunicables. Ataca adjetivos, la retórica, las palabras gigantes y por lo tanto vacías, insípidas, de Felice y decide que las tristezas de las despedidas no derivan de lo amado que uno despide sino en lo contrario, en la facilidad con que uno se separa, en la tranquilidad de no poner a prueba ni constituir vínculos internos, en las futilidades con que nos rodeamos de relaciones ilusorias, confundiendo libertad y atadura que es lo que sienta mal.

Kafka define sin miedo, muy contundente lo que sí y lo que no. Se pasa años con la misma pregunta y por eso se queda solo. Y lo mismo que pide de los hombres pide de los libros: “Pienso que solo debería leer uno libros que muerden  aguijonean (…), un libro tiene que ser un hacha para el mar helado que hay en nosotros”, así Kafka a Oskar Pollak, en 1904, le habla “del efecto del cuchillo”. En el mismo sentido de Kierkegaard, con quien comparte además el contar a un amigo el noviazgo casi como único interés, Kafka comparte “ese cuchillo que siempre llega tarde” y con Osvaldo Lamborghini “el cuchillo que faltaba” (cito mal, cito de memoria, Kafka asegura: “Por otro lado, yo no soy ningún crítico, los análisis me salen muy mal, me resulta muy fácil caer en interpretaciones torcidas, al leer suelo pasar por alto muy a menudo las cosas importantes, saco una impresión de conjunto muy precaria”). De su tuberculosis marca: “Esto no es un cuchillo que hiera por delante, sino que gira en círculo y se clava también hacia atrás”.

Kafka en toda su revulsión se sabe el tipo de judío europeo que ama a los judíos orientales, “sino fuera porque tales tipos ´están llenos de fuerza´, serían perfectos demonios”. Kafka era judío, ¿habrá que repetirlo?, escribía y escribía del sionismo, fundamental en el clima ominoso de los 30: “al menos en uno de sus extremos, el accesible a la mayoría de los judíos vivos, representa únicamente la puerta de entrada a aquello que importa más”, dice casi vaticinando que el que no emigrara sucumbiría. Y nuevamente vuelve a afirmar: “en un Hogar no se puede transmitir nada que esté a la altura del valor de los judíos orientales, en este punto falla, en los últimos tiempos, incluso la educación entre consanguíneos, y cada vez más; hay cosas que no se pueden transmitir, pero sí, tal vez- ahí está la esperanza- se pueden adquirir, merecer”.´

De su obra se escribió poco de esto, lo judío, y mucho de lo otro, lo alemán, él lo apunta en esta correspondencia con Felice: “En la última Rundschau se habla de La metamorfosis, se la recusa con argumentos más razonables, para acabar diciendo poco más o menos: ´El arte narrativo de K. posee un algo de raíz profundamente alemana´. En el artículo de Max, por el contrario: ´Las narraciones de K. forman parte de los documentos más judíos de nuestra época´. Un caso difícil. ¿Soy un jinete circense montado sobre dos caballos? Por desgracia no soy ningún jinete, sino que yazgo por tierra”.

Las cartas componen un libro abrupto, directo, sin explicaciones, son el centro de lo que sucede: el difícil amor, el imposible judío.

Columna: Ataditos  

 

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