Los caballos no bajamos escaleras

Escrito por: Daniel  Merro Johnston

Camino para pensar, para mirar mejor, para meterme en la niebla y hundirme en mis instantes.

Me gusta cruzar por aquí cuando voy a la Universidad, los martes, jueves y viernes pero también para atravesar desde el parque del oeste a las praderas de la ciudad universitaria, en noches de niebla con un par de compañeros, para comer la hierba fresca.

Es una pasarela como otras. No es de diseño, es casi banal, insustancial.

La conozco bien. La he medido, analizado, dibujado, anotado, soñado y masticado hasta triturar esos momentos en partículas de memoria.

He pasado 1612 veces por allí como persona y 8 como caballo. 46 con lluvia, 2 nevando, caminando, al trote, o corriendo con un solo zapato. Me fotografiaron allá arriba. Dos noches me di la vuelta antes de subir porque no veía el final.

He notado crecer los árboles junto a ella. Aprendí que los álamos pueden tener dos clases de hojas en el mismo ejemplar y que los robles crecen muy despacio pero crecen.

La he visto cambiar de color 5 veces, azul, blanco, verde, blanco nuevamente y ahora la pintaron de gris oscuro. La he fotografiado a todas horas, dibujado en todas las proyecciones, con lápiz, bolígrafo o rotulador.

Los he contado y me los sé de memoria, 50 pasos inclinados por el centro de la rampa curva desde el suelo hasta arriba, 53 por el exterior, 47 exactos por el interior, 55 si voy cansado.

Lo tengo todo apuntado con exactitud en mi “libreta 32-pasarela”.

En ese cuaderno he confesado que me transformo en caballo, consigo entusiasmo, una nueva manera de moverme y desplazarme, más energía. Sencillamente, soy un caballo porque pienso que soy un caballo y busco mi Prado de Bezhim.

Cuando hay niebla, con la cara húmeda se me disuelve la identidad humana en el ascenso y me convierto. O vuelvo a serlo, no sé. No soy centauro, pero aquí me pierdo. Quiero mover las orejas y escuchar mejor, veo mal a media distancia, quiero huir, volver al campo, a correr y arriesgar.

Como persona conozco todas las maneras de fingir, pero encuentro descanso siendo caballo porque soy más simple, solo existe para mí lo cierto y lo falso, los fiables y los traidores.

En un recorrido de ensueño, 7 minutos andando o 3 como caballo, mis pasos tienen un eco más profundo por encima de los 30 metros de la autopista en un paseo continuo, sin escaleras, son todo rampas, en círculo por un lado y rectas por el otro. Eso es bueno, porque subiendo por las rampas disfruto el paisaje, entiendo el lugar, estoy ante mí.

Si fuesen escaleras estorbarían mi percepción, la harían discontinua, nerviosa, sería imposible subir o bajar manteniendo mi atención en estos árboles que flotan en la bruma. Cada tanto tendría que mirar mis pies, para asegurarme dónde piso.

Lo aseguró el maestro suizo en su elogio a las rampas, la arquitectura se aprecia en marcha, a pie. Es caminando, desplazándose cómo se va viendo el desarrollo del espacio.

Como caballo, con mis ojos a los lados de la cara tengo visión panorámica de 340º, pero muy mala en la distancia intermedia, me asusto cuando veo sombras, escalones en el suelo, debo detenerme bruscamente y bajar la cabeza para percibir la profundidad del campo visual.

Por eso los caballos no bajamos escaleras.

Este paseo es uno de los lugares inesperados que construyen mi memoria humana y animal, esos que graban imágenes activas, vivas, con las que me identifico.

Recuerdo mi vida como un catálogo de experiencias, de instantes como estos, de fotografías, que como persona voy guardando desordenadamente en un banco de niebla y como caballo clasifico en muchas que no temo y por tanto acepto, y algunas que me hicieron sufrir y de las cuales tengo que escapar.

Cuando soy caballo soy todos los caballos, no he visto jamás a un lobo, no he escuchado su aullido pero conozco al lobo, soy presa, estoy entrenado para huir, tengo la memoria de mi especie.

Cuando soy persona tengo la impresión de ser apenas un coleccionista de imágenes repetidas, que persigue constantemente los mismos trayectos en espera de que algo nuevo suceda.

Cuando me preguntan, cuánto hace que vives aquí, digo 172 imágenes, 146 instantes, 26 dibujos, unas cuantas fotografías perdidas en esta bruma.

No lo puedo medir en otras unidades, porque no somos más que una nube de polvo hecha de partículas de instantes que solo se ven a contraluz de la niebla, como una ligera envoltura del alma.

Nos lo dijo Don Miguel, el más rebelde de Salamanca, los hombres no sucumbimos a las grandes penas y a las grandes alegrías, y es porque esas penas y esas alegrías vienen embozadas en una inmensa niebla de pequeños incidentes.

Y la vida es esto, la niebla.

 Columna: Dérives

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