London Calling

Escrito por: Zacarías Marco

No recuerdo qué me movió a visitar la tumba de Marx ese día. Tal vez, dado mi entusiasmo de entonces por la historia, avanzaba algún que otro estudio, o tal vez buscaba confirmar así una cierta filiación, aunque mi ya bien instalado escepticismo me hace dudar. Y qué más da. Este modo de buscar me incomoda. Quizás no sea ésta la vía de entrar. Aunque nunca hay una vía. No iré a las razones que me doy, iré a lo previo a las razones, aceptaré lo que venga. Basta. Ese día me venía bien la extensión hacia Highgate. Me pareció una forma sentida de anudar las calles de mi recorrido a la piedra que sostiene el famoso busto. Hacer allí un lazo y continuar. Para mí era lo más importante, me hacía ciudad, hacía esa praxis con mi cuerpo. Lo demás venía después. Y venía variado. Por eso creo que no necesitaba ir a preguntarle a Marx cuál era mi sitio en la ciudad, no porque no sintiera que una parte de su respuesta conformara inevitablemente mi mente, sino porque había hecho otras lecturas, había hecho recientemente otras lecturas que me habían provocado un gran entusiasmo y sentía que algo no terminaba de encajar, que en toda teoría siempre hay algo que no termina de encajar. Hacía ya más de un año que leía a Freud, de ahí el interés por su biografía, y su lectura todavía abría caminos en mí. A Marx no le sentía el pulso en sus páginas, salvo en el Manifiesto. A Freud, sí. O era de otro tipo. Es cierto que entonces estaba de moda unirlos. La que se leía en España caducó pronto. Pero hubo otras que no se encontraban por entonces en las librerías, a pesar de que eran más acertadas, porque de alguna manera es cierto que Marx interpretó lo que era el núcleo del síntoma en lo social y el sentido del acontecimiento. Y lo exprimió en palabras, plusvalía, revolución, que hicieron historia, literalmente.

Hay cosas por las que no cabe extrañarse. La gente aparta rápido la mirada de los abismos particulares, que es lo que hay y lo que persiste, para ir a bailar al son de los cánticos felices, esos que conducen más pronto que tarde a las batallas. La gente busca religiosamente la salvación, qué se le va a hacer, tiene un poderoso atractivo. Y su magnetismo, como se verá, también a mí me afectaba. Yo también me ponía a bailar extrañamente prendido al fulgor de su hoguera. Incluso a pesar de contar por entonces con un par de buenos antídotos. El primero, ya dicho, que el entusiasmo Freud frenaba el entusiasmo Marx. Y, después, que había leído otras cosas, que me había atrevido con los que consideraba los auténticos dinamiteros, los que hacían pedacitos toda teoría. Recuerdo que había leído ese año Así habló Zaratustra. Su impulso creativo me produjo una verdadera conmoción. Y llovía sobre mojado. Sí, voy hacia atrás, de lectura a lectura para hacer honores a la que lo desbarató todo, la que por introducir ciertos materiales en bruto me tenía todavía atrapado, verdaderamente atrapado. Estaba, todavía, en el acontecimiento Joyce. La lectura de este antídoto se produjo durante el verano anterior, cuando decidí agacharme a recoger el hilo que dejó caer un día mi mejor profesor del Bachillerato, un hilo no para salir sino para internarme en el laberinto Joyce. Y el acontecimiento se produjo. Ocurrió leyendo el Ulises, un libro que te transforma, que era justo lo que yo buscaba. Había leído y aprendido allí lo que era la presencia de la palabra por fuera de sus evocaciones. Con ellas, pero también más allá de ellas. Había leído una y otra vez aquel maravilloso párrafo que empieza con Ineluctable modalidad de lo visible. Lo había paseado con su protagonista. Había hecho playas con él. Su lectura me había enseñado que se podían crear palabras portadoras de vida. Una vida que estaba en el papel. Con solo dejarlas caer. Leía una vez más el párrafo y me detenía ante su última frase. La leía en voz alta y, cerrando los ojos, obedecía.

Quizás era una ceguera bastante entusiasta, la mía, o un entusiasmo bastante ciego. Da igual. Por aquí, no. Si vuelvo a las razones vuelvo a perderme. ¿Dónde está ahí la ciudad? Sólo eso importa. Dónde está la ciudad. Vuelve a ella.

La ciudad era ambivalente. Un pequeño detalle te alegraba el día, qué detalle, el detalle que ocurrió más tarde con aquel señor, qué señor, el que me pidió perdón en Hamstead porque sus perros me ladraron. Pensando que no había nadie en la zona boscosa había soltado sus dos enormes dogos, tan majestuosamente torpes, que vinieron ladrando al descubrir mi presencia, probablemente más curiosos que otra cosa. Pero entonces yo me asusté. Me quedé quieto y les dejé olfatear, que era lo que querían, y enseguida vino el dueño a sujetarlos, lo que no era ya necesario, y los sujetó y se disculpó, no paraba de disculparse, I’m very very sorry, I do apologize, y amablemente me dio conversación un largo rato mientras contemplábamos Londres desde lo alto del parque, desde Parliament Hill.

Pero la ciudad también volvía su cara triste y más que triste cuando menos lo esperaba, rasgando el velo del engaño para soltar de vez en cuando un material crudo, indigerible. Y sucedía de repente, aparecía un poco de locura, aquí o allá, estallidos de violencia, de crueldad, que me partían el día como se lo habrían partido a cualquiera. Nunca vi a una niña lamer la rueda de su silla ante la mirada perdida de padre y madre. En Londres lo vi. Ocurrió un día en el tren. La niña recogía con la lengua toda la porquería acumulada en la rueda mientras la hacía girar con su mano. La madre reparó por fin en el asunto, se quedó como ida unos segundos y le pegó un codazo a su marido. El padre miró la escena. La niña estaba sentada entre medias y sostenía con una mano la silla plegada mientras con la lengua frenaba el movimiento que su otra mano imprimía en la rueda. Su mirada permaneció perdida en el vacío de su existencia hasta que el padre le soltó un manotazo en la cabeza. La rueda frenó en seco. No hubo más movimiento, ni palabras, ni lloros, ni nada. La lengua volvió a su sitio y la niña entró en otro vacío. Nada más. Yo estaba sentado en frente. Sin saber qué hacer con el indigerible material. No, ante eso no estaba ciego. De vez en cuando la degradación, que afectaba a una parte importante de la clase obrera británica, entraba sin avisar. Y nada se podía hacer.

Sobre este fondo áspero, desasosegante en extremo, especialmente en aquellos años donde la Thatcher hizo su experimento social, imponiendo una política de desamarre respecto a una tradición comunitaria, surge, sobre este fondo, también la respuesta, el empuje a la protesta, la fuerza por buscar anclaje de los que comparten la miseria de esa calamitosa experiencia. Parecía evidente que ahí radicaba una de las fuentes de la creatividad y de la contestación que caracterizaban por entonces la ciudad, a poco que uno se hubiera quitado los tapones. Al menos, ése era el ritmo que escuchaba. Ésa era la llamada que yo atendía, la llamada que Londres emitía. Si algo me atrapó desde el primer día fue esto, lo perseguía sin descanso, ese ritmo totalmente musical de la revuelta urbana, un orgullo negro en el andar, en el movimiento del cuello, tan perceptible en las calles de mi barrio cuando salía a recorrer la peligrosa Homerton Road sintiéndome seguro, como si fuera yo también negro y estuviera moviéndome entre la multitud de un concierto de rock. Tenía la antena puesta y repetía en mí el ritmo de la ciudad. Y, aquellas calles, que aparecían con frecuencia en los tabloides por sus cifras record de robos con violencia y asesinatos, yo las paseaba con un orgullo negro instalado en mi cuello mientras tarareaba sin descanso el London Calling de los Clash.

El rock británico había sustituido el famoso noticiero inglés de tiempos de guerra para emitir al mundo otra promesa de libertad. Una que propagaba su pequeña y explosiva mutación. London Calling era, como la más explícita The Guns of Brixton, y muchas otras de los Clash, una llamada a la revuelta. El ambiente apocalíptico que dibujaba, y que traducía la frustración y la rabia de buena parte de la juventud, no podía sino incitar a la acción. Y ésta no tardó en llegar. La tarde que bajé con Amanda y Manuel al pub de Brixton Road me contaron sobre los disturbios que incendiaron el barrio cuatro años atrás, en abril de 1981, poco después del famoso disco de los Clash. Me dibujaron el espectáculo dantesco que podía observarse desde el centro de Londres, lado norte del río. Trescientos policías resultaron heridos. Se quemaron más de cien coches, la mitad de la policía. Se quemaron una treintena de edificios. Participaron más de cinco mil manifestantes. Sin previa organización fueron capaces de hacer retroceder a la policía durante horas. Se tuvieron que cursar peticiones de ayuda a agentes de todos los barrios para controlar las calles de Brixton. Y durante varios días las columnas de humo fueron el cielo de Londres.

Amanda y Manuel me contaron que el desencadenante había sido, una vez más, la actitud profundamente racista de la policía y el uso desmedido de la fuerza contra una población, negra en su mayoría, aunque también blanca, muchos de militancia anarquista, que soportaba en su conjunto un índice de paro del cincuenta por ciento. Pero los habitantes de Brixton no pidieron ese día trabajo, pidieron gasolina y cerillas.

Refiriéndose a la política racista del gobierno americano hacia los guetos negros, como el Bronx o Harlem, el economista John Kenneth Galbraith ironizó un día preguntándose para qué servía invertir allí, para qué si, primero, sus habitantes son negros, y, segundo, no votan. Sólo le faltó añadir una tercera razón, no había que preocuparse, además, se matan entre ellos. Pues bien, la misma política que Galbraith denunciaba era la que realizaban los gobiernos de la señora Thatcher, solo que ella no tenía reparo en decir públicamente lo que pensaba. Si había disturbios era porque había criminales, eso eran, nada más. Decía esto y soltaba a continuación una perla para la historia, una frase que justificaba su negativa a hacer las inversiones que los prudentes informes recomendaban: “El dinero no puede comprar ni la confianza ni la armonía racial”. Una frase que merece contraponerla a esta otra del famoso economista, una frase que aprecio particularmente por el regusto proudhoniano que destila: “Cuanta mayor la riqueza, más espesa la suciedad”.

Si raro era encontrar turistas por las calles de Hackney en el verano de 1985, más raro era encontrarlos en Brixton, un barrio catalogado oficialmente como extremadamente peligroso. De hecho, hubo un rebrote de la violencia en septiembre, a las pocas semanas de mi vuelta. Y Stephen Frears lo reflejaría un par de años después en Sammy y Rosie se lo montan. Pero cuando llegamos aquella tarde a la puerta del pub de Brixton Road recuerdo que el ambiente era muy festivo. Estamos en territorio reggae, dijo Amanda. Y enseguida fuimos abordados por un colorido jamaicano que nos ofreció su mercancía. Recuerdo cómo Manuel se puso a hablar con él, paseando a su lado, mientras Amanda y yo fuimos a pedir unas pintas. Al rato, Manuel volvió con algo de marihuana y una sonrisa en la cara, y nos pusimos a charlar y escuchar música. Con él, estar en Brixton era estar en casa. Y Amanda era encantadora contando historias. Podía ser tan despistada que acumulaba un sinfín de anécdotas, todas cortadas por el mismo patrón. Era una mujer frágil y rebelde, en permanente desajuste con las buenas costumbres. Definitivamente, lo suyo, cuando se trataba de ley y orden, era meter la pata. Me contó que una vez se dejó una mochila en la cola de un banco, salió para hablar por teléfono y se olvidó. Cuando quiso regresar, el banco estaba acordonado por la policía. Había un paquete sospechoso. Se pensó que podría ser una bomba del IRA. Es mi mochila, alcanzó a decir al agente, dentro están mis patines. Por favor, no me los destruyan. Amanda lo contaba con una pícara sonrisa, como preguntándose de dónde le vendría a ella, tan querida por su familia, aquella manía por dar la nota. Pero su rostro tornaba sombrío cuando salía su lado militante, y salía a menudo. Para ella, Inglaterra había entrado en una época triste y había que hacer algo, decía casi al borde de las lágrimas, Esta mujer está destruyendo mi país.

Sin duda mi cuerpo acogía con gusto los ecos de la revuelta. Eran parte de mí, parte de mi gasolina. Pero quizás porque tenía, como dije, otras lecturas que me protegían, fui siempre prudente con las cerillas. Es cierto que sustraerse a los efectos de la ideología no es posible. La ideología lee en nuestra época lo que mueve las sociedades, lo que las conforma y transforma, lee la historia, la escribe. Y, hasta cierto punto, su plantilla explicativa resulta útil. Se bate contra lo inexplicable organizándose a través de oposiciones, produciendo imparablemente un material simbólico con la esperanza de organizar lo innombrable. A eso se le llama hoy política y crea mundo, por lo que, a un determinado nivel, la visión antagónica de la sociedad puede ser necesaria. A un determinado nivel, éste es el problema, que no debería ir más allá, porque el torbellino que agita termina engulléndolo todo. Y después el despiste es irreparable. Impide ver. Y pasado cierto punto no tiene marcha atrás. Porque, que lo engulla todo, tiene su lógica. Que la esperanza por organizar lo innombrable sea ciega a sus fracasos, tiene su lógica. Una que duele. La permanente venta de paraísos pretende hacer olvidar la complejidad de nuestras vinculaciones con el sufrimiento, con un sufrimiento que es el nuestro, el propio, el que no queremos ver.

Columna: Tejidos de Escritura

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