Atadito 17. Vida de Chéjov. (Iréne Némirovsky, Losada, 2016)

Escrito por: Laura Estrin

Quien elige a Dostoievski por sobre Chéjov y
Turguéniev no sabe de literatura.
(Nábokov, Lecciones de literatura rusa, citado de memoria )

Otra vez muere Chéjov. En cada biografía muere en el balneario alemán diciendo que muere: Ich Schterbe. Muere esa vida de ayuda a los hermanos, vida sufrida, con el viaje a Sajalín cuyo relato el público olvidó enseguida, con los muchos fracasos de sus obras de teatro: “El público de los teatros nunca amó la verdad, y era la verdad lo que el joven Chéjov se propuso contarle”. Otra vez muere Chéjov, ese hombre de finas y atentas cartas.

  Y toda esa vida, por lo menos desde acá, tiene un tono sosegado. Una pobreza nunca gritada, una infancia de golpes. El padre tendero y religioso, varios hermanos, alguno con su destino de tuberculosis. Y haciéndose difícilmente lugar, Chéjov escribirá apurado, enojado, atento primero a no sobrepasar el número de líneas que su diario le asigna. Sin confianza en sí mismo: “le exigirían lo cómico ahora y siempre. Era una pena pues esta obligación constante de hacer reír a cualquier precio terminaba por fatigar el alma y despertar no sabía qué tristeza en el fondo del corazón… para escribir aunque sólo fuesen ´fruslerías, tonterías´ hay que fijarse bien alrededor de uno, observar la realidad, y la realidad es bastante fea y triste… la risa acaba a veces en mueca de dolor, pero la gente ríe”. Con ese peso del mundo Gógol no había podido, Chéjov, más siglo XX, más liviano, tampoco.

 Y ésta es la biografía breve de Irene Nemirovsky, escrita en la entreguerra, donde aparece la idea rusa de la autora. Dos o tres veces se filtran afirmaciones sobre la tragedia que Chéjov no pudo ver, la convulsión de guerras y revolución. Y ésta biografía crece en sus pequeñas precisiones, como el Blok de Berbérova, otro libro solitario, dulce y fundador de frases. A Blok y a Chéjov quizá les faltó aire.

 A Chéjov le veían “una notable exactitud debida a la veracidad”, era un hombre pudoroso, como una muchacha -dice Nemirovsky, y eso economizaba palabras y ditirambos en sus relatos: “no es una gran felicidad ser un gran escritor. Primero porque la vida es monótona; trabajas de la mañana a la noche con pocos resultados. No sé cómo vivirán Zola y Schedrin, pero en mi casa hay humo y hace frío´” -dice en una carta. Y la mejor lectura, directa, simple, de Chéjov, cuando Nemirovsky afirma: “Aunque mucho les pese a sus lectores y a la crítica, la obra de Chéjov no enseña nada”.  Lo dije: en el centro de la literatura rusa, en Chéjov, en el 900, un gran vacío. Igual que en el centro de Moscú, la Butyrka, la vieja cárcel, agujerea silenciosamente la vida de varios siglos.

 Chéjov era una hombre tenue, así fue su obra, la del beso nunca dado, la del  médico y el paciente contagiados en el terrible “El pabellón N° 6”, un relato que desalienta, hunde, pregunta. Como sus personajes niños, que son sabios, tristes, melancólicos, encerrados en sí mismos como en La estepa, como el infinito Vania, como el cochero que le habla a los caballos porque no hay otro con quien hablar, porque nadie tiene tiempo. Porque no hay nadie. Ya en el XX, el curandero o profeta de Makanin muere buscando raíces y hablándole al perro de cómo morir. Había que amar a los hombres –peroraba igualando conciencia a intuición- pero solo están los perros.

 Chéjov era un solo. Y le era difícil escribir largo. No escribía intrigas. Veía la vida como un inconducente destino: sabiendo que moriremos. “Soy médico –decía Chéjov- y estoy acostumbrado a gente que pronto ha de morir; siempre me ha parecido extraño ver a quienes tienen los días contados hablar, reír o llorar delante de mí. Pero aquí, cuando veo en la terraza a la ciega que ríe, bromea y oye leer mi libro, lo que me empieza a parecer raro no es esta mujer que va a morir, sino que nosotros no sintamos más nuestra propia muerte, y escribamos libros como si nunca nos fuéramos a morir”.

 Chéjov miraba y retrataba, no iba más lejos: “Todos sus héroes o aman a medias o no aman, y Chéjov se les parecía en algo”. Resignada desilusión, sus cuentos viven entre la imperfección humana y cierta vibración ya pasada. Ni arriba ni abajo, ni acontecimiento, solo destino. Como la realidad que no es muy rica en sucesos. Y cuando le preguntaban por el sentido podía responder: “Y cuando nieva, ¿tiene algún sentido?”.

 Del mismo modo su retrato de la provincia rusa, esas “ciudades sordas”, corre paralelo a su comprensión de la literatura. En una carta a Suvorin: “La literatura tiene esto de bueno y es que uno puede estar sentado, con la pluma en la mano, jornadas enteras sin darse cuenta de cómo pasa el tiempo, y sentir al mismo tiempo algo parecido a la vida”. Chejov cuidaba sus rosales pero odiaba Crimea, iba a Moscú y la enfermedad arreciaba.

 Bunin dijo que tenía conversación simple y concisa y voz fría. Chejov atendió durante un tiempo a Tolstoi pero no soportaba sus teorías. Se veía como un náufrago y como Las tres hermanas gritaba: “¡Moscú, Moscú!”. Pero allí rechazaba a los críticos y sabía que al teatro iban “los que lo envidiaban; los que habían quedado postergados por él; los que habían sido obligados a dejar su espacio en los diarios por los cuentos de Chéjov. A esta masa había que agregar la masa que aullaba con los lobos, los que temían toda novedad en el arte y en la vida, los imbéciles y los falsos amigos –mucha gente”. Nemirovsky sabe lo que dice, fue casi su contemporánea y murió en Auschwicz.

Y Nemirovsky lo ve bien: “Chéjov no soportaba nada que se pareciese a una escena: explicaciones, diálogos entre dos seres que intentan en vano mostrar el pensamiento que jamás muestran del todo; que se cansan por descubrir mutuamente sus almas al otro sin lograrlo nunca. Más valía resignarse y callar”. Y Chéjov aceptó casarse pero sin boda: “Me da un miedo horrible –no sé por qué, la boda, las felicitaciones, y hasta la copa de champagne que hay que levantar con una sonrisa permanente”. El pudor es cosa que se ha perdido, todos hablan y cuentan como si la transparencia directa no hundiría los relatos. Con el afán de tocar todas las teclas, la canción se viene abajo –decía Zelarayán.

 En Chejov nada alivia ese ver, “sufre y calla” –se decía- y le cuenta a Suvorin “-Cuando se cuida a un paisano tuberculoso éste contesta, nada me curará, me iré con las lluvias de abril.” De Suvorin se aleja con el caso Dreyfus; Chéjov tuvo pocos amigos, un pintor que nadie quería, su mujer Olga Knipper. Él todavía pudo ser un maestro de silencio, todavía eso no es mortal acusación como sufrirá Bábel, un autor que continúa esa delicada estela literaria en un siglo poco delicado.

 Muchos rusos del XX recuerdan a Chéjov, Zazubrin en su Trilogía siberiana dice: “¿Sabe?, la verdad puede ser a veces muy pálida” y Erhenburg dice que en las notas de Ilf hay algo de Chéjov cuando se sabe que “Es difícil y aburrido vivir entre plácidos idiotas”. Además habrá otros médicos en la literatura rusa, como Osipov y sus combinaciones de judíos demasiado cultos. Pero la timidez se hará hipocresía, y escrituras serias, tranquilas y desesperadas quedarán pocas: “Kolia insistía: la gente solía morir, era inevitable. A los muertos se les entierra, como es natural, los cubren de tierra, a veces los incineran y entonces ya nadie vuelve a verles, es triste, pero así es la ley de la vida. ¿No creerá usted, Serguéi Stepánovich, que los seres humanos son inmortales?”. Así Makanin escribe El profeta, un pobre hombre que sabe poco pero cura. Y luego pierde el don y, en el relato, muere varias veces y el libro termina con el perro aullando: “Yo, perro, le decía-, moriré y cuando esto ocurra ve corriendo a la aldea; hay que vivir. Pero, ¿cómo se debe vivir? Esta es la cuestión. Y bien, yo te respondo: morirás tal como has vivido (el viejo se echó a reír). Yo, perro, por ejemplo, muero sin espasmos, alegremente. ¿Comprendes? Alegremente…”

Columna: Ataditos

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