Julio Cortázar lee a Néstor Sánchez

Escrito por: Julio Cortázar, 1973.

Supongo que se habrá renunciado a la ilusión de llegar a saber qué es la literatura; como el tiempo, la luz o la jaqueca, frente al misterio de su esencia sólo nos cabe el consuelo de circunscribir y de nombrar sus manifestaciones más accesibles. Así, cuando en el campo de lo literario aislamos lo específicamente narrativo, dos actitudes se delimitan con aparente claridad: 1) el novelista narra una anécdota compleja con una escritura inmediatamente comunicante; 2) el novelista narra una anécdota simple con una escritura cuya comunicación entraña un trabajoso esfuerzo del lector.

Poco cuesta darse cuenta de que la claridad de esta dicotomía es, como se indica más arriba, aparente. La categoría 2) destruye la ilusión de la categoría 1); en efecto, abrirse paso en una escritura que exige el máximo empeño del lector lleva a descubrir que la anécdota supuestamente simple no lo era en absoluto, y que un novelista centrado en esa actitud (Néstor Sánchez es un altísimo ejemplo) vuelve patente que la categoría 1) es sólo una remota e ineficaz aproximación a una realidad voluntariamente empobrecida para lograr un simulacro de aprehensión, de conocimiento. En ese sentido, un puñado de libros 2) basta para hacer polvo la abrumadora mayoría de la producción literaria 1), de la misma manera que una simple reflexión metafísica destruye cualquier esquema práctico de vida, al mostrar que éste no es más que una serie de admisiones dogmáticas o pragmáticas destinadas a salvar al homo sapiens del vértigo existencial y mantenerlo satisfactoriamente al nivel de lo social y lo gregario.

No se trata, por supuesto, de tomar partido en lo literario y sostener que 2) es mejor que 1), el homo es lo suficientemente sapiens para haber comprendido desde sus orígenes que una actitud exclusivamente escencializante sólo puede llevarlo a un nirvana individual que otras potencias de su ser rechazan, puesto que, ya ha sido dicho, il faut tenter de vivre. Así, un libro como Cómico de la lengua, perfecto ejemplo de 2), no sólo no invalida un libro como Cien años de soledad, perfecto ejemplo de 1), sino que todo lector bien constituido pasará del uno al otro y del otro al uno con el doble sentimiento de felicidad que da el zambullirse en una piscina y volver a la superficie donde está esperando la bocanada de aire. El valor de ciertos buceos en profundidad está en que multiplican el valor de ese regreso a la superficie en la medida en que la bocanada de aire será gozada con una intensidad que ignora la respiración indiferente que nos hace vivir.

No sorprenderá, después de esto, verificar que la trama de Cómico de la lengua se reduce, si se la mira con la perspectiva de 1), a un mero ir y venir de un puñado de personajes para quienes parecen tener importancia ciertos estímulos propios de nuestra época: el viaje, la droga, el gurú, y que conducen sus acciones y destinos sin esa coherencia causal y psicológica que reclama la narrativa de la perspectiva en cuestión. El objeto de Néstor Sánchez consiste precisamente en mostrar la infinita, inaprehensible complejidad de esa trama aparentemente primaria; su método está en la detención minuciosa, casi entomológica del escritor frente a lo que trata de decir, y su opción casi siempre explicitada en cada caso, en cada paso de lo que se narra. ¿Por qué? Porque el escritor que se valga del lenguaje sin esa implacable crítica permanente, está condenado a que el lenguaje se valga de él; porque, como dice Sánchez, «cada palabra debía ser redicha, cada palabra debía ser reescuchada, cada palabra debía ser representida, renecesitada para aquello que necesitaba nombrarse por primera vez, cada palabra debía ser paulatinamente remerecida».

Nombrar por primera vez, Sánchez nombra siempre por primera vez, se niega a la memoria conceptual, a la simplificación mutilante que alguna vez denunciara Rilke («y esto se llama perro, esto se llama casa… Ustedes están matando las cosas»), y no solamente lucha por nombrar por primera vez incluso lo más conocido, sino que en cada cosa busca lo que escapa a la definición o al uso de la tribu: «Vamos a tener necesidad de un lenguaje común, un lenguaje común capaz de nombrar por primera vez, frente a la multitud de cosas ya nombradas de afuera, la multitud de cosas casi nunca nombradas de adentro».

Así, Cómico de la lengua podría definirse como el reverso de una novela, el reverso de una realidad narrativa, el reverso de una escritura usual; de ahí su considerable dificultad que desalentará a los cómodos, de ahí los innúmeros escollos que presenta a la lectura más atenta, puesto que si Sánchez consigue casi siempre esa ardua comunicación basada en el rechazo de los puentes verbales presumibles, hay pasajes en que el lector deberá enfrentar el texto tal como el mismo Sánchez enfrenta lo que ese texto busca decir: en una actitud preadámica de opción total, sin tradición ni herencia, solo y desnudo frente a una de las tentativas más audaces que se hayan hecho para tenderle los cabos a una nueva relación con la realidad, de un nuevo descenso a sí mismo y al mundo.

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