Paseo con Lord por la tierra Giacometti (III): La forma inalcanzable

Escrito por: Zacarías Marco

Salto la necrofilia.

Un par de años después de la muerte de Alberto el fantasma del retrato de Matisse hizo su primera aparición, todavía en París, y brevemente, pero esta historia permaneció oculta para Lord unos años más. Algo tuvieron que ver en ello sus dificultades para pasar del primer tiempo, el de la presencia intimidante de Alberto, al segundo, el de la amistad con Diego. Después de tratarle desde hacía dieciséis años, Diego estaba por descubrir. Este hallazgo, al que se sumaría el del resto de la familia Giacometti, Bruno, Odette, Silvio… justifica el libro, pero aquí volvemos a lo menos interesante, al anzuelo que nos retrata.

Fue al otro lado del Atlántico donde le dio al fantasma por volver a dejar caer su sábana. La amistad que unía a Lord con Pierre Matisse, el hijo del pintor, y todavía más con su mujer, Patricia, hizo que ésta cometiera un día un pequeño desliz. Ocurrió en la primavera de 1968, en una visita al precioso apartamento de tres plantas que la pareja tenía en Nueva York. Ávida por mostrarle a Lord su exquisita colección de collares de oro, Patricia condujo a Lord a su dormitorio, en planta baja, la absolutamente privada. Como a Lord le interesaban más los cuadros, mientras dejaba que un ojo se posara en los collares dirigía el otro a lo colgado en las paredes. Y allí, encima de una mesa, justo al lado de la enorme cama de matrimonio, hizo su aparición el retrato de Matisse. Su sorpresa no pasó desapercibida, pero Patricia rogó absoluto silencio. Su imprudencia no debía ser desvelada.

Un año después le llegó a Lord el gran encargo de su vida, la biografía de Giacometti, una oportunidad soñada para continuar su vinculación con el admirado artista al tiempo que se ejercitaba como escritor. Ahora podía planificar entrevistas con todos los que tuvieron algo que ver con Alberto. A la mayoría los conocía ya, y para conocer al resto la excusa era perfecta. Empezó sin más demora con el círculo íntimo, sorteando con habilidad las enormes reticencias de Annette, convertida en celosa guardián del legado de su marido. Después de años de infidelidades mutuas, Annette se cobraba una exclusividad que no iba a despreciar. Pero lo importante era lo que no estaba en el guión. Sobre todo, la amistad de Lord con Diego. Fue éste quien le desvelaría cómo acabó el retrato de Matisse en el dormitorio de su hijo.

Transcurridos dos años de la muerte de Alberto, el supuesto propietario del dibujo se puso en contacto con Diego para ofrecérselo a precio de mercado. Diego no estaba interesado pero sabía quién podía estarlo, obviamente Pierre, el hijo del retratado, quien lo compró encantado. El dibujo cruzó el océano para ser colgado allí donde Lord, unos meses más tarde, iba a descubrirlo. Ya vimos cómo pudo compartir, durante unos segundos, un disfrute que no por familiar era menos clandestino. No especulemos sobre su expulsión de aquel lugar privado, no sabemos cómo lo llevó. Pero bueno, el caso es que no le iba a ser fácil mantener el prometido silencio por mucho tiempo.

Enseguida se le presentó a Lord una oportunidad de oro para sacar a la luz su hallazgo. Le encargaron el prólogo de un catálogo de dibujos de Giacometti, y claro, cómo no ver en ello la llamada del fantasma buscando recuperar su página en la historia. Tanteó a Pierre para incluir el dibujo en el catálogo. No hubo manera. Pierre se mantuvo impertérrito y negó la evidencia. Seguramente prefería seguir manteniéndolo en secreto antes que arriesgarse a una más que probable reclamación legal por parte de Annette. Y ahí quedó la cosa. Lord tuvo que desistir. El destino del retrato no era asunto suyo.

Sí podía, en cambio, acercarse al origen de la historia. Interrogar, amparándose en su función de biógrafo, su misterio inicial. ¿Se atrevería a jugar esta carta? En la larga lista de entrevistas figuraba obviamente Genet. ¿Le preguntaría aquello que el mismo Alberto no se atrevió a preguntarle? El paso del tiempo no había cambiado la poca estima que ambos se profesaban. Pero bueno, el trabajo es el trabajo, así es que Lord llamó a Genet. Quedaron en el hotel donde se albergaba, y cuya cuenta quedaba con frecuencia sin pagar. Lord no reprime adjetivos. No importa, seguimos. ¿La entrevista? Poca novedad. Fin de la entrevista. Que se desarrollara con su mente puesta en la pregunta incómoda da igual, no salió de su boca. El suspense continúa. ¿Algo más? Sí. Ya se sabe, el azar es el azar. Poco después se van a cruzar en pleno centro de París. Allí están. Ambos vuelven de sus correrías nocturnas y es Lord quien reconoce a Genet y lo saluda, también quien se ofrece a acompañarlo hasta su casa. Última oportunidad, pensó Lord. El momento era propicio. El alcohol, la hora nocturna. Esta vez Lord se lanza, interroga. Hace un movimiento envolvente para facilitarle la confesión. El propio Alberto, le dice, no estaba en contra del hurto. Pero Genet se hace el ignorante. ¿Un dibujo? ¿Un robo? No sabe nada. Lord insiste, acosa un poco, otro poco, y provoca que Genet se contradiga. Ahora sí, recuerda algo. Cuenta que, cenando un día con Sartre y Simone de Beauvoir, ésta le preguntó cómo se había llevado del estudio de Alberto el retrato de Matisse. Genet, mientras hacía el gesto de enrollar un papel y ocultarlo debajo del abrigo, negó haberlo hecho. Pero no, añade también ahora, no fui yo. Aquí Lord no puede impedirse adjetivar a Genet un poquito más. Taimado, cosas así. Se entiende su rabia. Rozando con los dedos la preciada confesión, la presa se le escabullía.

Hasta aquí el recorrido de nuestra ficción.

Si se quiere, una pequeña muestra de cómo la forma no se alcanza, no se traslada al papel. Queda para nosotros como el anzuelo de un relato que se fue tejiendo con nombres propios. Los nombres de los artistas, de los escritores, su extraño magnetismo. Porque son precisamente esos nombres los que, en tanto formas para nosotros, pretendíamos bajar al papel. Ese movimiento nos retrata. Los convertimos en alimento para una vida, la nuestra, sin aventura. Nos imaginamos que son la sal de nuestro texto. Nos imaginamos que tienen la entidad que les daría ser capaces de tocar lo inalcanzable. No importa que sea un espejismo, nos sirve, aunque sólo sea para distribuir los papeles. Para ellos, ese humo, ese abismo. Nosotros, en cambio, unos pasos atrás, manejando en área segura sus nombres, buscamos tener a través ellos lo que no se puede tener; y lo que, si realmente supiéramos qué es, tampoco querríamos tener.

Zacarías Marco: Tejidos de escritura