Vivir de pie

Escrito por: Daniel Merro Johnston

techos cabezas
cierro los ojos
veo vidas
la velocidad no es nada
al lado de la lentitud
la mirada
es de todo el cuerpo

24 de julio del 2008, en el tren hacia Montpellier, por Lodève
H. Meschonic

No me puedo sentar.

Quizá no pueda volver a hacerlo nunca. Ni en el sofá, ni en la cama, ni en el autobús ni en el coche.

En el momento que doblo la rodilla derecha me cruje un relámpago de dolor.

Como una venganza del diablo, un rayo es lanzado desde el quinto círculo, sube y me atraviesa el cuerpo, directo al cerebro. Es la ciática, una neuralgia, el músculo piramidal o el cumplimiento de una penitencia por alguna repugnante acción que no se redime con oraciones ni ayunos.

Pues viviré de pie para siempre.

He aprendido a atarme los cordones con el pie sobre la silla, a comer estirado y a recoger cosas del suelo como un golfista su pelota. Ya sé trabajar de pie como Hemingway o en la cama como Frida.

Estoy casi convencido de que pasar las horas sentado es un invento moderno de la cultura sedentaria. Hasta los viejos mercaderes llevaban sus cuentas de pie, apoyados en sus mostradores.

Solo el rey podía sentarse, los demás de rodillas o a esperar fuera.

Entonces caminaré. Deambularé por allí.

Los peregrinos han caminado durante siglos para acercarse a sus Dioses.

Balancear los brazos, la espalda recta y mirar lejos. Nunca más repasar los suelos para descubrir esa bolita transparente que se ha perdido. Tendré que abandonar la esperanza de encontrar el círculo de Odín con un solo lado que se ha caído quién sabe dónde.

Respirar profundo y pensar a mayor distancia. Como Nietzsche, sentarse lo menos posible y no creer en ningún pensamiento que no haya surgido al aire libre.

Voy al trabajo en tren porque puedo viajar de pie. Nadie me pregunta nada.

Pasamanos y paciencia. Es un ejercicio de concentración, cerrar los ojos, olvidarse del paisaje, solo escuchar.

Abren las puertas y un poco de la plaza de San Fernando se mete en el tren, mezclándose con la villa de Vallecas y lo que queda de Madrid.

Cuando escucho que se saludan en ruso y seguramente se ríen de mí mostrando sus dientes de oro en silencio, me imagino en el transiberiano desde Moscú a Vlavidostok, cruzando la estepa y los Urales, pero cuando hablan casi en secreto en francés y no consigo escuchar lo que dicen, sospecho que estamos llegando a Folkstone por el túnel bajo el Canal de la mancha.

Pienso en Le Corbusier y los elogios al movimiento en sus discursos de la modernidad. Alguna vez escribió que un vagón era una casa de veinte metros de longitud y el tren una ciudad, en donde los hombres en constante viaje nos despojábamos de todo y solo nos quedaba aquello que cabía en nuestro equipaje de mano.

Recuerdo al fabricante de lápices, puritano y desobediente civil que en la mitad del siglo diecinueve odiaba el nuevo ferrocarril y la velocidad. Sostenía que el viajero más veloz era aquel que iba a pie y que el hombre cuyo caballo corría a una milla por minuto no siempre llevaba el mensaje más importante.

Tengo sueño.

Los japoneses se echan una siesta en el Metro, tranquilamente en su puesto de trabajo o antes de una reunión, y eso que está bien considerado en su país significa que trabajan mucho. Practican el Inemuri, un término que se compone de dos significados, uno es estar presente y el otro es algo así como soñar un poco.

Yo me convierto en caballo, bloqueo mis patas y duermo de pie.

Los caballos evolucionamos bajo el acoso de los depredadores, y dormir así nos permite escapar rápidamente en caso de emergencia. Algunas partes de nuestro esqueleto encajan de tal manera que aunque los músculos se relajen, conseguimos mantenernos erguidos.

¿Y si fuese este sufrimiento una señal de la parca que me advierte que estoy caminando a su encuentro demasiado rápido o por un camino equivocado?

¿Y si el secreto fuese bajarse del tren en medio de la nada y huir a galope tendido entregado a mi instinto y rompiendo el mapa?

Montaremos dijisteis, velocísimos caballos, más veloces que los que os perseguirán.

El dolor de nuestras heridas de soldados comenzará a disminuir cuando abandonemos el campo de batalla.

Moveremos las orejas y escucharemos mejor, olfatearemos la distancia, volveremos al campo a caminar y disfrutar. Iniciaremos una experiencia con la energía del deseo de cambio, poniendo a prueba el riesgo de ir hacia afuera.

Buscaremos y encontraremos a los que más queremos, los miraremos con mucha atención apreciando sus necesidades y sus melancolías, hablaremos con ellos con tranquilidad imaginando nuevas relaciones de colaboración y de amistad que mejorarán nuestras vidas.

Que se queden otros con los relojes y nosotros con el tiempo.

Daniel Merro Johnston: Dérives

2 pensamientos en “Vivir de pie

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