MIENTRAS INGLATERRA DUERME*

Escrito por: Gusen Mör

… rechazaba hacer la misma elección que ellos,
aunque, de modo decisivo, seguí creyendo que
era una elección.
David Leavitt

Suele suceder que cuando elegimos un libro con la intención de recrear alguna situación, ésta sea solo parte de una totalidad que va más allá de nuestro interés específico. Con los libros, lo contrario es extraño.

Este caso no es una excepción. Rescatar lo que nuestra intencionada búsqueda encontró, nos condujo a desentendernos de la, indudablemente, más amplia propuesta, amorosa, tanto como ideológica, histórica o de las miserias de la culpa. —“La culpa mata”—

Y aunque así sea, tampoco vamos a desdeñar recomendarlo por entero, que “bien vale una misa”, aunque esto “valga” para París más que para Londres o Berlín.

Mientras en 1936 Inglaterra dormía en la esperanza de que Hitler, entretenido con su extrarradio, se desinteresara de las islas, Brian, un joven escritor homosexual que tras los últimos tres años disfrutando en Alemania de lo que Bob Fosse nos cuenta del Berlín de entonces en “Cabaret”**, decide, ante el avance de la Reichomofobia, volver a su “dormida” Inglaterra.

Retornado, huérfano y con escasos recursos, se apoya en su tía Constance, exitosa escritora de novelas rosa que, a cambio de cariño y “aceptar” sugerencias, le procura los medios necesarios para seguir con una escritura que él ve, que al igual que la red de metro de Londres —su pasión— se complica cada vez más.

Pero es justamente de ese intrincado subsuelo, de donde, en una reunión política en superficie —Por entonces toda Europa está políticamente alborotada—, surge su nuevo amor en la persona de un joven, “second class”, controlador en una estación del metro con el que empiezan a amarse esa misma noche.

La relación parece funcionar y, con el cuidado necesario para que a la tía Constance no se le haga evidente y corte los víveres, el muchacho, Edward, termina instalado en casa de Brian.

Éste que, aunque solo practicó y practica la homosexualidad, incluso la de los urinarios públicos —presente en más literaturas sobre Londres***—, tal vez, porque cuando Brian intenta averiguar el porqué de la intensidad de su goce, nunca mostró el menor interés en brindarle la reciprocidad, prefiriendo eyacular contra la pared (lo hacen de pie), siempre se imaginó, dice, casado con una mujer (por entonces imposible cualquier otra combinación al respecto) que le diera hijos (otra imposibilidad, también entonces y por ahora, aunque, creo sigue en pie la generosa oferta de la Reina Victoria al hombre capaz de engendrar) y claro, con una tía que lo alimenta y no sospecha o prefiere no sospechar sobre las preferencias sexuales de su querido sobrino y que junto a la tía de Philippa ejerce de Celestina, Brian, que de trabajar, lo menos posible, se deja confundir y, todo sea dicho, por no haberlo hecho nunca, lo hace bastante bien.

Y de ello vamos a escribir.

¡Qué locura imaginar que uno puede de algún
modo transformar en deseo la idea de deseo!
David Leavitt

Tras una comida a cuatro organizadas, para horror de los jóvenes, por las confabuladas tías en el hotel Lancaster (dato que, desconocemos la razón, parece importante), Philippa lo llamó la tarde siguiente para invitarlo a cenar el sábado en su piso.

Reflexionando sobre las reiteradas ocultaciones de sus actividades sociales a Edward, a quien ama, pero reconoce poco viable mostrarlo, prefiere seguir ocultándole la verdad de su doble vida, diciendo que va a visitar a su Nanny enferma, mientras afeitado y acicalado se enfunda en su traje nuevo “como para ir a misa” —decir de otro guion, pero a cuento—.

 Recibido por Philippa en quimono y terminando de lavarse el cabello que lo hace a puerta de baño abierta, pidiéndole que le ayude a abrocharse el vestido, se sientan a una mesa, que, por las disculpas de ella, poco justifica la invitación a cenar. Pero, bueno, cosa del autor y sus personajes.

Cenaron contando ella su vida y más tarde, sobre el sofá de ¿crin? indagando por la de Brian que, ocultando por segunda vez en el día sus otros haceres, la besó.

Conseguida la aproximación, ella deja caer el vestido, y acomete la más difícil tarea de desensillar a un Brian “envuelto como regalo de navidad en chaqueta, corbata, reloj de pulsera, camisa, chaleco, calzoncillos, calcetines, ligas y zapatos, con loscordones atados con nudo doble”.

Asombrado por las diferencias, tras una referencia a que las novedosas partes sexuales eludían sus poderes de descripción, imaginando sobres dentro de sobres forrados con papel perfumado: sobres hechos de carne u hojas de lechuga, reflexiona que: “Entrar en ella no fue tan diferente, en realidad, de entrar en un hombre: un poco más sedoso, quizá. Y, como observó una vez Nigel (un amigo evidentemente bisexual) que tienes que ser más educado por la puerta de adelante que por la de atrás, consumaron.

      Tras la separación “pegados por el sudor,,,” —Cabe aquí acotar que en la Inglaterra “first class”, sudan los caballos y traspiran los hombres, pero las mujeres: brillan—, “…el semen y los fluídos que chorreaban entre las piernas de Philippa” (y de esto ni hacer mención), cuando ésta se levantó para lavarse, empezó a temblar, hasta que ella, ya lavada, volvió de la cocina con té caliente.

Después del coito, dice Brian, Philippa habló con mayor libertad y soltura (será hablar, digo yo, porque actuar…). Le contó de su primera experiencia y, para sorpresa de Brian que, entre aquel inicio y él, había habido muchos, incluso su jefe actual que, si bien escaso de pene ¡vaya decir para un primer encuentro!, su lugar de poder la excitaba. Y después:

  • Sospecho que tú también tienes algo que confesarme.
  • Bueno, es verdad que nunca había estado con una mujer.
  • Eso es obvio, no lo tomes a mal, pero es solo que no sabías cómo comportarte. Era como si tuvieras que consultar un mapa todo el rato. No, Brian, en realidad a lo que me refería era… bueno, a que todo el mundo sabe… que eres homosexual.

No sabía que todo el mundo lo supiera, reflexiona sin contestar.

  • No me preocupa porque no considero la sexualidad como algo rígido.
  • Espero que no creas que estaba intentando esconderte algo. Siempre he sentido que mi destino era enamorarme de una mujer.
  • En lo que a mí se refiere, el amor se produce entre personas, no entre sexos. Estamos en 1936; prácticamente el futuro.

No se quedó a dormir pensando en Edward, pero ante la evidencia del olor a mujer en sus manos paró en los lavabos del metro y allí, ante la erección que le produjo la presencia de un inequívoco joven, se dejó hacer el tiempo justo para no perder el último tren tras lo cual, corriendo para llegar a cogerlo, recibió todos los imaginables improperios del muchacho que, seguramente, esperaba más.

Después de la repetida traición, el alejamiento de Edward se fue haciendo irremediable y las visitas a los urinarios. Y, como los encuentros con Philippa más regulares, al extremo de dejarse convencer por la tía Constance de comprar (ella) un anillo.

Convencido de ser capaz de vivir con una mujer (imaginamos que con algunas visitas a los baños públicos), le propuso compromiso y ante la negativa de ésta, no a él, sino a cualquier forma de comprometerse y con el alejamiento final de Edward, volvieron los urinarios y tía Constance a sugerirle que si conservaba el anillo podrían devolverlo.

El libro sigue.

Galicia, mayo de 2020

  * Novela de David Leavitt (1993) publicada por Anagrama (1994) en traducción de Juan Gabriel López Guix.

** Película de 1972 con Liza Minnelli, Michael York y Joel Grey.

*** ”Diario” de Joe Orton, dramaturgo de éxito por los 60 que murió a martillazos a mano de su compañero sentimental.

Literatura: Otros autores