Osvaldo Lamborghini, Inédito

Escrito por: Hugo Savino

«En cuanto a literatura, yo prefiero los remolinos tersos de José Hernández (otra vez: positivamente estoy maldito y loco —como un loco— a tal extremo). Positivamente estoy embrujado y lo pagaré largo, muy a la corta, con mi propio pescuezo. En cuanto a literatura, prefiero el sistema de incisiones no programado de Horacio Quiroga, no programado, pero, agujero tras agujero, cada gesto inicia rápido un movimiento, se enrosca en un suicidio, salta como un resorte y se precipita.»

Osvaldo Lamborghini se inventa un agujero infinito, el libro está, su obra está ahí, y uno entra en ese agujero y por un rato se olvida de la historia de las formalidades,  de todos los tópicos: parodia, legible e ilegible, gauchesca,  escritura, sainete,  y otras yerbas. Y se pueden leer las líneas, abandonarse a la línea, a esos puntos luminosos de las líneas cuando se cruzan con la narración inacabada y suspendida.

«En cuanto a literatura, yo prefiero los vislumbres de “La excursión” de ese coronel Mansilla, sus ojos presentados como puntos ciegos de la trama doble, doble trama del relato como cuento y como tal, y como también, como además, trama del hecho histórico que pasa a narrar.»

Osvaldo Lamborghini traicionó todo, todos los mandatos de la censura de su época, sobre todo el mandato de escribir cómo, de escribir a la manera de, nunca se dejó alcanzar por el estilo, ese piojo come todo, pero desde mi punto de vista, no se trata de una traición del tipo sartreana, que como traición es el máximo de obediencia, se traiciona para tener algún poder. No. Osvaldo Lamborghini no quiso ser el empleado de ningún saber. No olvidemos esa figura irrebatible de los obedientes que se inventó:  el perro chico le mueve la cola al perro grande. Y agregó: naides es más que naides, o sea: ni perro chico ni perro grande. Osvaldo Lamborghini se alejó de la ambición de poder, de colaborar como intelectual que produce relatos. Su mejor traición fue la de correrse de su generación, de las propuestas literarias de su generación. No se dejó echar el guante para usar una frase de Luis Thonis. No es que no haya estado atento al saber de su época. Leyó toda esa plomería filosófica y paralizante, desde Deleuze a Foucault. Pero los desbordó con su agujero perspectivo (Soulages). Los leyó con su talento e inteligencia y los desbordó desde su yo de escritor. Nu superó nada, desbordó. Desde su genio. Osvaldo Lamborghini escribió contra su talento e inteligencia. Eso no le será perdonado. No se dejó embrujar por todas esas Hijas de Hegel, predicadoras de simetrías.

Osvaldo Lamborghini : «Para la novia del gendarme.                                                        Un paso: ubicar, conseguir la dirección del tribunal donde el héroe (es decir, el yo) será juzgado. Ubicarlo con exactitud, sin vacilaciones –¿no tenía secretaria Josef K.? –. Nada de deambular. Ah, y llegar en taxi.»

Meschonnic: «Pero cuando Proust escribe “que un libro es el producto de un yo distinto al yo que manifestamos en  nuestras costumbres, en la sociedad, en nuestros vicios”, y cuando se distingue “el yo que produce las obras” de los otros yo, Proust no hace subjetivismo, tiene la intuición de que hay un sujeto específico de la cosa literaria, y que es necesario postular para evitar justamente el psicologismo de Sainte-Beuve.»

Así que Osvaldo Lamborghini, nunca hizo subjetivismo, subjetivó de manera máxima en la lengua argentina.

Es la intuición de estar en otra orilla del lenguaje al de su generación. Eso tiene consecuencias: te cuesta el pescuezo o te   hambrean. Osvaldo Lamborghini ya arrancó con lo que él llama «Abandono. De la cons. sintáctica exigida.» Así que le cabe ese elogio de Mallarmé a Verlaine: Usted es un sintaxero. Nunca tuvo esa confusión psicoanálisis/literatura: lo dice blanco sobre negro: «la literatura se queda al ras de las palabras. Esto quiere decir: no constituye encadenamiento de letras.» Yo agrego: la literatura para él es encadenamiento y entre-cruzamiento de líneas hasta ese punto de vislumbres. Porque Osvaldo Lamborghini tenía el oído en la línea, una de sus grandes preocupaciones era dejarla correr, no tacharla. Tenía que escucharla cantar. Y la dejaba abierta.

Estos inéditos hay que integrarlos a su poética de la línea. Para él la línea es una unidad de ritmo, que no tiene nada que ver con la métrica. Osvaldo Lamborghini escribe ramificaciones rítmicas.

Y descubre que «Hubo una mala fundación, bueno, pero ¿qué pasó con eso?» Pasó que la literatura escribe el movimiento del funcionamiento, no su estructura, y que si hay escritura se sustrae a la fundación para meterse en el movimiento. Osvaldo Lamborghini acumuló traiciones, también traicionó la estructura porque su fraseo estaba en el sistema. Tal como lo dice: prefiero el sistema de incisiones, agujero tras agujero, desbordó todos los fósiles de su generación, sobre todo el fósil teórico de la forma. Digo teórico porque Osvaldo Lamborghini tuvo sus preocupaciones y sus ilusiones en ese sentido, y las atravesó. No escuchó en términos de forma. Su maniera de escribir le transformó la vida y lo que escribió tuvo efecto en el lenguaje.  No se «mucameó en casa de ricos», o sea en el estructuralismo, no compró esa noción formal y ahistórica del estructuralismo. Traicionó lo social pero estuvo atento a no traicionar su poética del sistema: lo cito: «Peor que las nostalgias sindicales / son las traiciones diminutas / De quienes hoy se despiertan mortales, deliciosamente vulnerables y maduros.» Osvaldo Lamborghini tuvo como censura ese saber que desconoce su propia ignorancia, cierro con el final de este poema: «El que sabe es un hijo de puta. / [ilegible] Miente sin ganas, no disfruta. / Independiente y feroz / crítico con manivela / Recuerda, como un violoncelo roto, / De memoria recuerda / Hasta el último poroto / Que le negó la historia lerda, / Aunque él tenía todas las pistas / Luego, quiere escribir una novela, / Entretanto es un columnista.»

Hugo Savino: furgón de cola

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