Salir al encuentro

Escrito por: Daniel Merro Johnston

“…como si esos días, en el fondo no tan lejanos, no hubieran existido sino a condición de ser olvidados”.
Georges Perec

Nos cruzamos siempre en el mismo sitio, en la salida de la estación Delicias del tren de Cercanías. Digo salida pues a las ocho y cuarenta y cinco de la mañana, todos los días salgo a la superficie en la esquina de la calle Ramírez de Prado. En invierno el sol llega casi horizontal por Bustamante, mi cara se ilumina, pero la de él, las madejas abiertas hacia arriba de pelo duro y su inconfundible barba en punta en una cara sin bigote, queda muy oscura casi negro. Lo veo como una silueta animada, pero reconozco su andar por la cabeza inclinada hacia su derecha.

Viene por la acera sur mirando simultáneamente el suelo para no pisar las líneas de las baldosas y la gente que camina cerca como las señoras grises con nietos luminosos rumbo al colegio. Con el otro ojo analiza a los que están más lejos, esos tres obreros amarillo-reflectantes con dos cafés con leche en vaso y un cortado con hielo en la tasca del frente y el portero marrón claro del edificio, que a esa hora necesita inventar unos movimientos que se parezcan lo más posible a estar haciendo algo útil.

No solo los mira. Los enumera y los apunta en una lista en su cabeza.

En la mano izquierda lleva papeles de distintas formas y tamaños organizados desde adentro hacia afuera y de mayor a menor. No alcanzo a ver qué son, pero no me hace falta: cartas, catálogos, cuadernos lisos de tapa negra, listas, libros, menús de restaurantes y programas de conciertos, en orden alfabético.

La primera vez llevaba una camiseta de hilo cubierta por un jersey de pico y una chaqueta de espigas muy elegante, en tonos de beige. Otro día apareció con camisa negra de seda y un cárdigan muy claro, tejido con rombos, espigas verticales y botones grandes. Hoy llega en horario con jersey negro de cuello alto, abrigo de piel de oveja y una gorra a cuadros con visera y botón.

Desde luego que lo conozco. Es el escritor francés más significativo del siglo XX y una de las personalidades literarias más singulares del mundo. El poeta del espacio, del riesgo y del juego. Capaz de construir un libro con forma de edificio sin fachada, haciendo trucos con el lenguaje, y juegos de palabras en un entretejido de espacios y personajes fascinantes. Que atravesó y superó angustias y depresiones, lastimado por la muerte de su padre por parte de los alemanes en 1940 y especialmente por la deportación y asesinato de su madre en el campo de Auschwitz.

Seguramente sale todas las mañanas a disimular. A dejarse llevar por las muchedumbres, por los andenes y las calles. A seguir los cordones de las aceras, las rejillas de los desagües, los cauces de agua con jabón que no se sabe dónde nacen, vienen desde lejos y como hilos se van secando bajo los coches abandonados. A sentarse solo en un café, la espalda contra la pared y el gran angular enfocado en la gente, sin poder apuntar en sus cuadernos, ni clasificar o rellenar cuadros con números.

Por las tardes se acuesta a dormir, a perder el tiempo sin deseo, sin rebeldía y fuera de toda impaciencia, a sufrir y esperar hasta que no haya nada que esperar.

Pasa a mi lado de frente, y me vuelvo tras él. Hoy voy a seguirlo.

Sé que no está vivo. Es su alma que recorre la dura colina del purgatorio purificando sus pecados camino arriba, cornisa por cornisa hasta beber el agua del río Leteo.

No sé qué deudas estará pagando.

No creo que sea considerada una falta grave beber copas y copas de vino de Borgoña con amigos en el café hasta las tantas, y en algunas fiestas emborracharse con felicidad y rodar por el suelo como si fuera una alfombra que se enrolla.

Conozco sus aventuras amorosas con la mujer de su compañero, y ya sabemos que faltar al sexto mandamiento te da billete directo hacia la montaña del sacrificio.

A los 20 años conoció a un grupo de intelectuales yugoslavos en París en el que se destacaban Zarko Vidović, un profesor de Historia del arte, de quien se hizo muy amigo y su jovencísima novia, Milka Canak, de cuyos ojos “gris-verde-azul-negro” se enamoró perdidamente en el café Select mientras bebían vino tinto, reían para engañar la soledad y esperaban que llegara la hora de dormir. La siguió a Belgrado, pero el episodio terminó en frustración, pues por más conversaciones de arte contemporáneo y litros de Slivovitz que tragaran, el romance finalizó casi antes de empezar.

Baja a la estación muy lentamente y yo tras él. Elige el andén 1, con dirección Príncipe Pío. Camina entre la poca gente casi hasta el final, pero se detiene, vuelve, sube la escalera y baja al otro andén, en dirección Chamartín, como si alguien se lo hubiese indicado. Subimos al tren separados unos diez metros. Me siento de frente, del otro lado del pasillo y con tres asientos en medio.

Mira hacia abajo, despliega la mesilla, el dedo mayor de su mano derecha en el mentón. Compruebo las tres verrugas de su mejilla izquierda. Se rasca la espalda con su brazo izquierdo doblado por dentro de su jersey.

Busco el mítico gato en su hombro, sentado siempre hacia atrás, pero mirando al frente. No está.
Sigo en silencio, pues ¿qué podría decir?

Abre la revista LIRE con delicadeza de relojero, lee con atención, rodea de una manera extraña con sus dedos un lápiz y apunta en los márgenes cosas que me gustaría más que nada en este mundo leer. Cada tanto, el índice y el pulgar de su mano derecha buscan la barba, dejando el lápiz entre el mayor y el anular.

Al rato el tren sale del túnel y la luz asalta el vagón. Ahora lo veo muy cerca de un adolescente con traje blanco, que de la nada aparece de pie junto a él.  Casi no hablan, susurran, se asombran, se disculpan, asienten, quizá se preparan para atravesar la pared en llamas de la séptima cornisa.

Giro mi cabeza hacia la ventanilla, pues el sol me molesta, y en el primer instante de distracción fatal de toda la mañana, el dúo desaparece, se evapora y la revista queda abandonada.

 El martes, después de mucho tiempo contenido en casa como un hombre que duerme, hice mi primer paseo largo respirando nuevamente la mañana de esta ciudad, quizá para repasar los recuerdos. Caminando lento y mirando las baldosas para no pisar las líneas, llegué a esa esquina. Esperé a la salida de la estación un rato largo mientras se cruzaban las señoras, los obreros y otra gente nueva incolora, pero de él ni noticias.

Sospeché algo raro y volví a casa preocupado. Busqué sin prisas en los lugares evidentes, luego en los oscuros y difíciles, más angustiado, en todos los restantes, y finalmente resignado, detrás de todos los muebles y en la basura. La revista LIRE 117 del mes de junio de 1985, con Françoise Sagan en su portada y un largo reportaje a William Boyd en su interior, que por mucho que dudéis, guardé como un diamante en casa por más de diez años, naturalmente no estaba.

Enseguida me puse a escribir este texto para recrear esa época y renovar esa marca, este pequeño rastro que evoca mi afecto y cuida la memoria de un encuentro que me acompañó mucho tiempo y que no quiero perder.

Daniel Merro Johnston: Dérives

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