Entrevista con William T. Vollmann

Publicada por François Monti

2007

Traducido por: Hugo Savino

Su último libro es «Poor People»[1]. La crítica de USA no fue muy acogedora. Tengo la impresión de que se le reprocha su negativa a explicar y dar soluciones.

Verdaderamente no tengo ego, y esperaba tener malas críticas porque «Europa Central» las tuvo muy buenas. A los periodistas les gusta demostrar su libre albedrío: si escribieron una buena reseña la última vez, a la siguiente quieren mostrar que son libres cuando escriben una reseña negativa.

Los mejores momentos de «Poor People» son los capítulos puramente periodísticos. Aunque su trabajo es muy diferente al de ella, me hace pensar en el de Joan Didion. Nunca leí nada que se aproximara tanto a la objetividad como sus reportajes, y también hay en usted un rechazo a tomar claramente partido.

Trato de acordarme de que no soy pobre y que sería fácil cometer un error y decir más de lo que quiero decir. Verdaderamente quiero que las personas hablen por ellas mismas y lamentablemente, una de las consecuencias de la pobreza es que a menudo han tenido una educación reducida, una imaginación poco desarrollada y medios de expresión limitados. Es muy diferente, por ejemplo, con las víctimas del holocausto que a menudo eran capaces de describir lo que vieron y padecieron. Aquí, hablo de gente que no logra transmitir sus sufrimientos. Habría podido utilizar mi imaginación, hacer más gráfico su sufrimiento, pero con un tema como este, hay que mantener en la mente lo que es verdadero. Incluso si decidiera vivir en la pobreza durante un año, nunca conocería el tema de manera suficiente. Prefiero no hacerme ilusiones, no intentarlo. El otro día hablaba con mi padre y a él no le gusta. Pero a mí me gusta mucho «Elogiemos ahora a  hombres famosos» de James Agee, es un libro excelente, pero es excelente a pesar de lo que trató de ser: los fragmentos políticos son un poco vergonzosos, Agee da la impresión de ser casi estalinista. Por mi parte, lo que trato de hacer es tener, más que profundidad, un panel amplio, de ir a muchos sitios y ver si hay un modelo común. Lo que he visto, es que si uno le pregunta a la gente por qué son pobres, las respuestas varían de una región a otra y que la pobreza es en parte una experiencia, no una estadística del tipo de esas que   presentan las Naciones Unidas. De algún modo, encuentro que eso le da a los pobres un cierto manejo sobre sus vidas. Es el tema del capítulo Bajo el camino. En él hablo de chicos en Camboya que, sin tener otra cosa, son felices jugando con sus perros, y eso no me da el derecho de ser condescendiente y pensar que no debo preocuparme por ellos, que todo está fantástico, al contrario, es también un buen aviso de que si alguien recibe un salario cotidiano inferior al que yo pienso que le hace falta a un individuo para vivir confortablemente, incluso para sobrevivir, y bien, a pesar de lo que pienso, ese alguien siempre es capaz de adaptarse y de arreglárselas por su cuenta. Para volver al libre albedrío, si la gente controlara sus elecciones y actitudes, es posible que algunos podrían persuadirse de sentirse un poco mejor. Mucho mejor que esperar una ayuda que nunca vendrá.    

Algunos dicen que Vollmann en el fondo es un escritor político, pero es muy difícil encasillarlo en ese punto.

Como individuo, tengo tendencia a apreciar y simpatizar con la mayor parte de la gente que encuentro. Como escritor, es a la vez mi talento y me deber empatizar con la mayor parte de la gente con la que me encuentro. Cuando fui al Yemen, me dijeron que tenía que ser hermano de ellos y convertirme al Islam. Y veo que son muy felices, que tienen el sentido de la fraternidad, entonces me digo que es una buena religión. Es algo que me hace muy feliz, me gusta hablar del Corán. Hay un amigo con el que viajé en los trenes cargueros –acabo de terminar un libro sobre eso– y es un cristiano evangelista. Estoy seguro de que  piensa que voy a terminar en el infierno. Cuando me habla de Jesús, tiene los ojos llenos de lágrimas, me gusta escucharlo porque veo que es importante para él. ¿Quién soy para contradecirlo? A su manera, todos pueden conocer el infierno o el paraíso, no tengo que decirle a la gente cómo deben actuar o comportarse. Cuando hay una autoridad que trata de imponérseme,  que me dice lo que puedo y no puedo hacer, me enojo. Esa es mi política. Estos pobres, así como aquellos que quieren emborracharse, es algo que me pone triste que no tengan una manera mejor de escapar a su miseria, pero solo tienen eso, ¿quién puede decirles que no pueden?

Otros Ritmos: Traducción


[1] William T. Vollmann, Los pobres, debate, 2011.

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