Paul Claudel responde los salmos

                                                       Escrito por: Paul Claudel[1]

Traducido por: Hugo Savino

Breve

Paul Claudel puso su leer y escribir en el responder. Y no se dejó contar: «Es necesario / que haya en el poema / un número / tal / que impida / contar.» Los «advertidores» hacen cuentas, leen a medias, enseñan, sobre todo enseñan, sometidos a «esos dioses de hierro llamados Ciencias y esos dioses de madera llamados las Letras». Claudel no leía a medias, leía, y no se dejaba impresionar por la idolatría. Su hijo Pierre Claudel lo pone blanco sobre negro : «El conocimiento de este texto es capital para la comprensión de este libro[2]. No hay que ver en él en efecto una traducción de los salmos hecha por Paul Claudel, tampoco una paráfrasis. El poeta se explicó en una introducción que se encontrará en otra parte. Mi padre nunca quiso traducir los salmos. No podía imaginar una traducción más satisfactoria que la de San Jerónimo en la Vulgata. No tenía nada que volver a tomar de ese «latín inaudito» : «Ante una palabra como adevesperscit», me decía un día, «mi francés falla». Solo buscó responder los salmos y responderles a su manera sin temer, cuando sentía la necesidad, de invertir sus versículos o de agregar otros que fuesen de su propia cosecha, si la inspiración de la que estaba embargado en esa lectura no había agotado su efecto. Claudel no traduce los salmos. Los re-reza, los redanza y los reteje en una suerte de conversación a quemarropa con Dios donde se trata para él, como para David y San Jerónimo antes que él, de llegar, ante todo, al corazón mismo de Aquel del que se quiere hacer oír.»

Traducir a Claudel, es responderle, cada vez, a favor del oír, y contra la sordera programada del cacareo crítico. Esa «fosa» de gallinas. Frotarse a su libertad. Aceptarse solo con lo que se lee. 

HS

       

¡Es correcto! Littré dice que responder es uno de esos verbos neutros que en ocasiones, ¡y bien! se permiten ser activos. Se responde la misa. Y entonces, ¿por qué no respondería yo los Salmos?

        Hace más de sesenta años que los leo y que les hago preguntas, y que ellos me las hacen a mí. No es solamente un gusto que tengo porque sí, es una penitencia que se me impuso.

        En el texto latino desde luego : todas las traducciones francesas me hacen mal al corazón.

        David, Asaf, y esos personajes misteriosos que los muchachos de la maestría llaman los niños de la achicoria, toman la palabra. Más bien se podría decir que la conservan. Es como si me acercara a una fuente permanente. Ciento cincuenta salmos, y el número 118 tiene 176 versículos. ¿Qué les parece? Escucho. No siempre entiendo, pero igual respondo. Aporto el eco que está obligado a poner allí algo de lo suyo. 

        Como con los pastores de Teócrito y de Virgilio. Hay uno que  lo hace con su pareja de hexámetros y el otro responde al instante con su propia copla.

        Pero aquí no se trata exactamente de lo mismo. David, Asaph, o alguno de esos niños de la achicoria, está ahí impulsando su versículo en latín, y yo, en mi papel de eco, ¡un eco inmediato! se supone que repercuto el mismo latín en francés. ¡Imagínense, en francés! ¡Piensen la clase de francés que se puede extraer de una pared a la que se le asigna la tarea instantánea de reflexionar!

        Pero después de todo, creo, no fui instado para expectorar  un Authorizée a la manera inglesa, algo hecho para que funcione majestuosamente en la boca de un booming bishop 

        Muy simplemente, creo con todas mis fuerzas que es ese Mismo y generoso Dios, con el que hablo, como se dice. Una conversación a veces aburrida, que de repente cobra vida, se vuelve conmovedora, desgarradora, penetrante. Yo Le hablo y Él me responde.

        ¿Qué otra cosa puedo hacer? No soy un especialista. Se molestan conmigo, y estoy forzado a responder. Como puedo. A mi manera. No de otra. Con mi propio timbre. En mi deplorable idioma. Lingua amoris, ceteris barbara.

        A veces no entendí, o entonces… ¡y bueno! no siempre me interesan mucho, todas esas historias locales. Pero de todas maneras hay una palabra que capté, y entonces ese niño del arpa que soy tanto como el otro, el amigo de Saúl, se pone a trabajar con eso, ¡y a veces resulta asombroso lo que nos pone en la mano! Y a falta de sentido esta el ritmo, la impulsión, algo rabioso que se siente en los riñones, peor que la Marsellesa, ¡ah! cómo entiendo a los judíos ante el Muro de Jerusalén! un rugido que nos sale por la nariz y por todos los poros! ¡Yo – El que – Soy! Yah Dios mío! ¡Personalmente es Él quien nos interesa, y es Él el que se interesa en nuestra piel y en nuestro corazón! ¡Nos empuja hacia atrás y de nuevo nos precipitamos hacia Él! Es un ida y vuelta.

        ¡No son bellos! Releí todo este montón de salmos que garabateo desde hace tres o cuatro años, ¡y no, maldición, no son bellos! ¡No se trata de literatura! Porque no conocí la literatura, dice precisamente un salmo, entraré en las potencias del Señor.  Dios está ahí. Vɶ mihi si non loquar. Hay alguien que metió sus dedos en mi boca tan hondo como pudo y vomité.

        ¡Cada tanto aparecen fragmentos de hombre de letras! ¿Qué puedo hacer?

        ¡Y no siempre es fácil seguir la intención del poeta sagrado y la conexión con sus ideas – suponiendo que tenga alguna! Más bien, alguien que ha puesto una idea fuera de él, en el aire, a su gusto, y además la deja libre de provocar y convocar lo que ella quiere, y él también modestamente va cada tanto allí con sus proposiciones. A menudo se diría que no hace más que esperar, que invitar a la inspiración mientras alimenta, con lo que sea, un bajo, una duración, y luego ¡un relámpago fondo del cielo que devora la carnada! ¡Explosión! ¡A veces una serie de explosiones! Todo termina en un murmullo de adoración convencional o indistinto.

        ¡David! ¡todos sus peligros, todas sus necesidades, tal como se las cuenta a Dios! ¡todos sus reproches también, y no se molesta, el hermano!¡Y qué contento se pone cuando cree que verdaderamente, esta vez, ha tenido algún efecto, el argumento que era necesario, la bella piedra de peso justo que hacía falta para esta honda temblorosa en mi mano derecha! ¡Las palabras que hacen falta con la mirada apropiada que hace falta para decir gracias, cómo sabe encontrarlas! ¡Y este impulso, esta aclamación torrencial cada tanto, esta vociferación, va sola, en orden, en desorden, como un ejército que llena el cielo y la tierra! ¡Tiembla! ¡Todo lo que le decimos a Dios, con los ojos abiertos, y todo lo que continuamos diciéndoLe, con los ojos cerrados! ¡Créame un rostro, Dios mío, en busca del Tuyo!

        ¡No, decididamente, a ese señor, no es de este muro construido del que hablaba hace un momento y al que los judíos rechazados interpelan con fervor, y que tiene ante él! Dios ha abierto un poquito la pared y le permite a su amigo, el hijo de Jesé, mirar. ¡Qué horizontes! ¡los de la naturaleza, los de la historia, los de la Gracia, hasta la consumación de los siglos! «Todo eso es tuyo» dice Dios, «Te amo, ¿Entiendes lo que quiere decir que te amo? Hice un pacto contigo, no hay manera de librarnos uno del otro».

        ¡Pero, qué acaba de suceder, oh David! ¡Que de repente a lo más profundo de ti, te llegó otra voz! otra, no la tuya. La tuya y no la tuya. ¡Ah! ¿qué voz es esa voz nueva, esa voz desgarrada, insostenible? ¡La mía y no la mía! «Dios mío, ¿por que me has abandonado?».


[1] Para una selección de salmos que le había confiado a Richard Heyd, Claudel eligió el título de Paul Claudel responde los salmos y se explicaba en un prefacio que reproducimos aquí. Situando en el presente, responde, esta suerte de «diario rezado», el poeta quería decir hasta qué punto la oración de David y de Asaf estaba mezclada a su vida íntima, la más cotidiana. [Nota extraída de la edición original]

[2] Paul Claudel, Psaumes. Traductions 1918-1953. Gallimard.

Otros Ritmos: Traducción

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