Camino al presente

Escrito por: Daniel Merro Johnston

El texto y la ilustración son un fragmento de “Mientras Dublín dormía”, libro de próxima aparición de Hugo Savino y Daniel Merro Johnston.
Gentileza de editorial “fruto de dragón»

Voy a descansar en esta esquina, donde nace el callejón St. Patrick Close, justo al frente de la entrada del mercado callejero.

Vengo desde Clambrassil 52 donde nací, caminando despacio por esta calle que más adelante se llama New St. y luego St. Patrick St. Le agregan nombres, pero es la de siempre, el espinazo con alma del Liberties, mi barrio.

He pasado muy cerca de mi colegio secundario, donde mi mayor mérito fue ganar el concurso de mear más alto que todos mis compañeros y de donde salíamos persiguiéndonos unos a otros por las calles embarradas para juntarnos a la noche y emborracharnos como perros.

Ya tengo veintidós, pero todavía me veo la mochila llena de libros y un buen cacho de pan de hogaza puesto por mi madre, y ya me veo con mi primer sombrero duro, un viajante de verdad equipado con un cuaderno de pedidos y un pañuelo perfumado.

Recuerdo una noche de verano de mis nueve o diez en estas calles cuando sucedió el famoso fuego de whisky de Dublín, se quemó la maltería Malone y murieron trece personas, aunque ninguna durante el incendio sino intoxicadas por beber del río de whisky templadito de seis pulgadas de profundidad que corría por Mill St. hasta Coombe.

El nuestro era un grupo de buenos chicos en casa (aunque no para exhibir modales a las tías de visita), pero en la calle nos convertíamos en una pandilla de desabrigados de distintas edades, con pantalones cortos, rodillas peladas y mocos persistentes, que hacíamos el silbato mejor que los policías con los dedos en la boca y conocíamos el laberinto de callejones estrechos del barrio, con sus mercachifles ambulantes de ropa de segunda mano, mesas de pescado fresco, afiladores, zapateros y vendedores de riendas para caballos, a quienes hacíamos recados por peniques.

No éramos como los Liberty Boys del siglo pasado, forajidos armados con duelas de toneles afilados y endurecidos por el humo en las chimeneas, amenazando a todo lo que se movía, pero tampoco como los niños del Trinity College, aseados y modositos con sus gorras cuadradas, que iban por la vida ayudando viejecitas a cruzar la calle.

La ferretería de Leonard sigue estando allí, en la esquina de la Circular sur y el O’Loughlin’s de Black Pitts también, un típico pub sin licencia, tolerado por el cuartel de policía de la calle Kevin: vaya polis esos, son capaces de jurar que es de día cuando es de noche.

A los del otro lado del Liffey, esta zona les huele a alcohol, suciedad y actividades ilegales que rodean dos catedrales medievales, pero para mí el Liberties ha sido mi ciudad, mi Dublín, la de trabajadores mal pagos y en condiciones extremas, la de comerciantes del mercado y vendedores con delantales blancos, la de empresas familiares y fábricas de cerveza, destilación de whisky e industria textil.

En este mercado callejero puedo afilar cuchillos, cortarme el pelo y encontrar camisas de lino, cinturones de cuero, cacharros de hojalata para la cocina, huevos, patatas, gallinas gordas o pájaros. Veo también en mis sueños a los toneleros, constructores de molinos, escribientes de cartas, deshollinadores flacos y negros como espinas de acacias y compradores de metales preciosos.

Entre todas esas voces yo camino solo, mirándome los pies para evitar este charco, para no hundir la bota en este barro que no se seca nunca, encontrar la piedra para apoyarme, impulsar mis pasos y no dejar tantas huellas, entre boñigas de caballos y escupitajos de tuberculosos en los adoquines.

Quiero levantar la vista de mis cuadernos y escuchar otra ciudad.

Todos esos carteles en la pared húmeda hablan de nosotros y quizá expliquen el sentido de esta ciudad que ya no estoy seguro de que sea la mía. Camino por las calles grises y veo carteles pegados que anuncian cervezas especiales, conejos negros como mascotas, coñac o tónicos… mensajes para mí, que se meten en mi silencio.

Arriba a la izquierda, Singer, la máquina de coser. Una abuelita con su mano izquierda en la rueda me explica que son tan sencillas que hasta los más pequeños pueden entenderlas, tan fáciles que hasta los mayores pueden trabajar con ellas, y tan baratas que cualquiera puede comprar una. Y agrandar la fábrica escocesa, explico yo.

The new Sunday World, imagen de sol naciente, el único periódico del domingo, impreso y publicado en Irlanda, dice el anuncio; creo que va a durar poco porque no se ocupa de política, digo yo.

Todos los sitios son buenos para anuncios. Recuerdo que el Dr. Franks curandero de purgaciones, solía estar pegado en todos los urinarios, el miedo te cortaba el chorro, ahora no se lo ve casi nunca.

The Irish Rosary. Edición especial de julio: Mixed marriages. Curiosos curas dominicos que hacen una revista de publicidad y luego la publicitan con un anuncio en la pared. La he visto. Su tema estrella, los matrimonios entre católicos y protestantes. Sostienen que siempre habrá una barrera imperceptible entre vosotros, un abismo que ningún afecto será capaz de salvar, si no coincidís en vuestra fe, ¡por Dios! Ahora vienen con el Ne Temere, gran invento vaticano, podréis casaros si os comprometéis a criar a vuestros hijos como católicos romanos.

Un poco más abajo está San Nicolás, la iglesia protestante donde mi padre judío convertido me hizo bautizar por el cura Johnston y a la que, si no quiero gracias dominicas y gestiones vaticanas tendré que renunciar y rebautizarme en la fe católica para casarme con Molly.

Dos carros aparcados junto al muro. Un burrito pequeño atado y con la cabeza baja junto a los cajones de madera, tres chicos esperan la orden para cargarlos.

Ropa de trabajo con manteles y servilletas blancas al viento. Mesas grandes y arcones, mujeres en esa acera, todas de negro, junto a la tienda de mimbres.

Seguiré esta calle, saldré del Liberties, cruzaré el Liffey y entraré por el Tribunal Supremo a la otra ciudad.

Me levantaré de la cama por el lado bueno. Volveré a empezar los ejercicios de Sandow, manos al suelo y vista al cielo. Me casaré con ella y le seré fiel. Me buscaré un trabajo en una agencia de publicidad, no pisaré el mosaico de linóleo sucio con rombos celeste y rojo del prostíbulo del Monto ni la carbonera a la que se entra desde la cocina, oscura y llena de cucarachas de las casas de este barrio.

Lo que seré no está al fondo de esta calle, el tiempo viene hacia mí desde el porvenir hacia el presente, y mientras ese futuro se vaya convirtiendo en pasado, paso a paso sentiré esta suave brisa en la cara.

Voy directo hacia ese presente.

Daniel Merro Johnston: Dérives

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