Paseo con Lord por la tierra Giacometti (II): El anzuelo

Escrito por: Zacarías Marco

Sigo esas pistas en el libro de Lord sobre los hermanos Giacometti, pero enseguida me pierdo. Lo que cuenta es claro, no puede ser más claro, me pierdo igual. Qué busca Lord, qué persigue. Es difícil acompañar la locura del maestro, la que sostiene día a día una labor imposible, hacer el camino que lleva la visión al papel. Mejor cambiar la perspectiva, más fácil, más gratificante, hacia la que busca en el papel los signos de ese camino, valorando si muestra o no algo de la indecible locura. En definitiva, ver hallazgos donde el artista ve pérdidas. Es comprensible, por esta vía los papeles empiezan a tener una creciente importancia. Se cotizan. Puede que hagamos entrar así una perspectiva de muerte, de detención del tiempo, muy lejos del todavía todo por hacer con el que el artista se rompía en la noche atándose a un mañana. Pero el observador se aferra a la ficción que tiene, que crea delante de sí, y ha convertido esa detención en su fuente de vida. Queda como la huella de su pequeña aventura, que convierte después en su gran posesión. Una marca de éxito para el tiempo por venir. Huellas a proteger a falta de nuevas aventuras.

De vez en cuando se hace necesario romper estos engaños, pero cómo.

Puede que por aquí Lord empezara a curarse, de momento es una intuición, a curarse aun en contra de su voluntad, encontrando la pérdida donde menos lo esperaba. Como se sabe, lo propio de los objetos es sustraerse, de los papeles desaparecer. Sin ese gesto no hay marca posible. Imagino que es por eso por lo que Lord nos deja abierto un misterio. Las huellas del retrato faltante. La página arrancada del catálogo. Lord deja que esta desaparición lo trabaje y empieza a seguir cada una de sus pistas. Es la forma que toma en él la búsqueda de la conexión inencontrable. Si para el artista era difícil de soportar que su visión no se dejara atrapar en el papel, ahora no lo era menos para Lord que fuera el papel el que se hubiera volatilizado ante sus ojos. Había que encontrarlo. A partir de ese momento todo el recorrido del objeto sustraído se volvió un bien preciado.

Con qué gusto mordemos este anzuelo.

Se trataba de uno de los retratos de Matisse que Giacometti pintó en el verano de 1954. De entre los veinte bocetos que Alberto le hizo, fue el de cuerpo entero, el que consideraba el más acabado y al que le había dedicado un día entero, el que poco después desapareció. Con Annette, su mujer, y con su hermano, Diego, revolvieron de arriba abajo la casa y el estudio. Fue inútil, no apareció. Finalmente tuvieron que admitir la evidencia, un ladrón había entrado en el número 46 de la rue Hippolyte Maindron para llevarse el mejor retrato de Matisse.

¿Un robo por encargo? No se entendía bien. Por una parte, en el estudio había muchas piezas de un valor muy superior, cualquier escultura, por ejemplo. ¿Hubiera sido demasiado vistoso llevarse una escultura? Es probable. Pero el hecho más llamativo era que ninguna puerta o ventana hubiera sido forzada. El ladrón debía de ser alguien conocido.

Sin duda ese detalle estrechaba el cerco, aunque iluminaba bien poco sobre la elección del dibujo. ¿Por qué ése? Giacometti había mostrado la carpeta con la veintena de bocetos de Matisse a un número muy reducido de amigos. Más o menos todos habían observado cómo aquel retrato destacaba del resto. Y era también el favorito del artista, que había dejado traslucir un orgullo, raro en él, por los trazos que esta vez salieron de su mano. ¿Sería descabellado pensar que fuera precisamente ese detalle lo que había disparado para el ladrón su valor, la preferencia del artista lo que lo había vuelto tan apetecible a sus ojos? Quién sabe. De todas formas, más allá de las incógnitas abiertas, las pistas eran ya suficientes como para reducir el número de sospechosos a dos. Sólo dos. El caso parecía destinado a una pronta resolución.

Aparte de los que los que habitaban el inmueble, sólo dos personas entraban y salían sin control alguno, el propio Lord, y Genet. Ambos posaban por entonces para Alberto, aunque evitaban encontrarse en la medida de lo posible. Se hace difícil imaginar caracteres más opuestos. En fin, ahora las pesquisas. A pesar de las credenciales de Genet, que como es bien sabido había elevado la práctica del hurto al nivel de obra de arte, Alberto se decidió a interrogar a Lord primero. Pobre Lord, cómo tuvo que sufrir. No, él no había sido. Quedaba Genet. Si el móvil era económico, no había problema, Alberto estaba dispuesto a pagar diez veces su valor. Lo anunció a los cuatro vientos. Dio igual. El dibujo siguió sin aparecer. Aquí Lord no ahorra adjetivos. Hacia Genet. No importa, seguimos. Poco después, Alberto terminó el segundo retrato de Genet y le pidió posar para un tercero. Era lo habitual, pero Genet declinó la oferta. Adujo sentirse reducido a objeto. Una excusa que Alberto calificó de demasiado literaria, pero lo dejó marchar. Eso sí, no sin antes haberle regalado el mejor de los dos retratos… y sin haberle insinuado su sospecha.

Parece que no era todavía el tiempo de las pesquisas directas. Éstas iban a requerir del encuentro entre los dos más opuestos personajes imaginables, Lord y Genet. Pero eso se hizo esperar, y el asunto se olvidó. Siendo el propio Giacometti el primero en dejarlo caer, los demás siguieron su estela, y en vida suya, que se sepa, ningún otro movimiento se produjo.

Diez años después, en septiembre del 64, Lord volvió a posar para Alberto. La experiencia, o más bien el interminable calvario, fue recogida en su libro, Un retrato de Giacometti. Hay que agradecer a Lord que no oculte estas dificultades, suele hacerse, sobre todo si desgarran al que por todos los medios busca aferrarse a los objetos. Lord había escrito ya algún artículo sobre él, pero libro, éste fue el primero. En él cuenta las dieciocho sesiones de posado. Cuenta cómo entraron en deriva infinita, y cómo se las arregló para detenerla. Lo primero, obvio, que siendo la forma un asunto inalcanzable, los dos o tres días previstos eran relanzados de nuevo, una y otra vez, hacia un futuro interminable. Así, hasta que Lord dejó su pasividad de modelo a un lado y maniobró, interponiéndose entre la tela y el artista. Porque mientras era observado supo observar la sucesión de pinceles que pasaban por las manos del pintor, que iba de grueso a fino, hasta el más fino, para los últimos detalles, y cuando Alberto volvió a agotar el ciclo y se disponía otra vez a agarrar el pincel grueso, el destinado a emborronar de nuevo su trabajo, la cabeza de Lord en la tela, se abalanzó sobre él y lo detuvo. Sólo así pudo darse por concluido el cuadro, y modelo y retrato partieron para Nueva York.

Poco después, la salud del artista sufrió un grave deterioro, un infarto, al que siguió un progresivo debilitamiento. Las señales de alarma, quién puede sorprenderse, no iban a ser escuchadas. Eso es todo. A Alberto le quedaban quince meses de vida.

Zacarías Marco: Tejidos de escritura

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