Siete metros por segundo

Escrito por: Daniel Merro Johnston

 “Para la mayoría de la gente las cosas se pierden sin remedio. Pero para él, dejaban una música. Lo esencial era encontrar la música de las cosas perdidas, no las cosas en sí mismas”.                                                                                                                 Pietro Citate, sobre Scott Fitzgerald

Descubrir historias viene incluido en los placeres de las obras.

Un edificio muy alto, yo no sabía, esconde relatos hasta en el montacargas.

No abre en el vestíbulo de la planta baja. Para acceder hay que entrar por una lejana puerta, bajar a pie al menos hasta el segundo sótano para llegar a las tinieblas del muelle del primer círculo. Sobre el dintel, donde debiera haber una línea de luces que indique los pisos, yo creo leer: “vosotros, los que entráis, dejad aquí toda esperanza”.

En seis metros cuadrados coincidimos residentes y pasajeros, carteros y limpiadoras, ayudantes de cocina que transportan carros humeantes, ordenanzas, aplicados electricistas y fontaneros que trasladan materiales de construcción nuevos o para tirar, operarios con equipos como para una guerra tecnológica, vigilantes de seguridad y guapas señoras que trabajan empujando cubos de basura amarillos.

No hay jóvenes. Tampoco silencio, incomodidad ni vergüenza. Solo paciencia y naturalidad.

No hablan por teléfono. Se miran con cariño y hablan entre sí, confían, se ríen de sus uniformes manchados, huelen a trabajo, se cuentan cosas.

Son como son. Nada venden, todos viven.

Un colectivo de almas vivas que suben con alegría o bajan angustiados pero que aprecian estos encuentros, se sienten amigos, mientras cartas y sobres relucientes se mezclan con montañas de moqueta gris claro impecables que se han quitado y bajan camino del contenedor que a su vez se confunden con cajas de la misma moqueta gris claro nueva que suben y se van a instalar.

Alarmas, mensajes de radio y lenguajes propios como la voz de las ruedas, cnnuuuu, cnuuuu… el carro eléctrico de las comidas, cre-cree, cre-cree, el de la limpieza.

Todos admiran al electricista Virgilio y su cinturón de herramientas. Lleva todo colgado, a mano, como un cencerro que va haciendo plin, plac, plin cuando camina. Pinzas, alicates, tijeras, destornilladores con luces, medidores digitales, rotuladores y cintas de aislar. Todas las herramientas con mangos naranja y gris, como el color de su empresa y de su camisa. A veinte centímetros de su pierna izquierda, como un perro amaestrado, una maleta de herramientas mágica que se despliega sola y que él muestra orgulloso a quien se lo pida.

Paca y Pablo conducen el carro de la comida que viaja desde el nivel menos dos al veintiocho. Con guantes blancos y sonrisa de cirujanos saliendo exitosos del quirófano, protegen con su cuerpo las puertas herméticas de acero pulido que traslucen estantes pequeños con bandejas calientes plateadas, frutas, yogures multicolores, compotas en líneas y platos blancos apilados con destino a la cafetería. La tapa superior, todos lo saben, se despliega como un ala y puede descubrir las más ricas comidas calientes bajo la nube de vapor y cristal. Son los pasajeros-estrella, todos les quieren como si transportaran la felicidad sobre ruedas y a todos les correspondiera un plato.

Entra Matilde, colorida y alegre como el carro de la limpieza que lleva, perfectamente ordenado. De abajo hacia arriba, el cubo del agua, en el lateral el cepillo, la fregona y encajados con el recogedor los paneles plegables amarillos de advertencia, atención suelo húmedo. Un estante con armas mortales anti-polvo, bayetas, plumeros, esponjas, otro con desinfectantes, lejías, y arriba los guantes, trapos de algodón, rollo de papel y servilletas, que naturalmente Matilde invita a servirse, faltaba más.

Algunas veces el convoy de almas vivas detiene inesperadamente su viaje vertical en plantas en las que no hay vestíbulos ni oficinas ni actividad alguna: trozos inertes en medio del edificio a los que llaman plantas técnicas. Solo máquinas, cables, conductos, aparatos y alarmas. Con un pitido raro se abren las puertas, entra aire o sale un fantasma mientras el grupo enmudece, y se cierran rápidamente.

Quiero escribir estos viajes, contarlos.

Pues un día cualquiera como el de hoy en la obra, sentiré algo raro y encontraré el monta-almas inexplicablemente vacío. No habrá conversaciones ni sonidos de carros ni risas. Curiosamente no estará Pablo ni Paca ni Matilde con su pelo azul, no habrá carpinteros ni cubos de basura. No encontraré a Virgilio, nuestro guía que lo sabe todo.

No estarán ellos, pero distinguiré sus luces y el concierto de sus espíritus felices que me acompañarán para siempre.

Entonces subiré y subiré sintiendo una nueva y deliciosa emoción, subiré y subiré a siete metros por segundo hasta donde me estará esperando Beatriz para entrar definitivamente, con ella de la mano.

Columna: Dérives

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