CUERPO POR VENIR

Escrito por: Zacarías Marco

 

                                                                          Presentación del libro de Hugo Savino,                                                                      Salto de mata, en Cruce (26/1/2018)

 

Al principio, sin entender. Me muevo a salto de mata siguiendo la primera imagen que surge. Me pongo a escuchar el texto de una entrega, de una sucesión de entregas, libro de Hugo. Qué son. De entrada, no sé lo que oigo, pero sus sacudidas me transforman en página, y me dejo escribir… ¿Qué ves? Algo se mueve entre los matorrales, pasa y me empuja. ¿Quién va? ¿Es un furtivo o un fugitivo? Quiebra aquí y desaparece. Avanzo tras él. Quiebra allá y desaparece. ¿Va a la caza o evita ser cazado? Aguanta, me digo, hay que aguantar un poco en esta confusión inicial. Deja que la lectura te lleve, deja que la lectura te escriba. Desde ahí, desde la escucha, igual respondo, como decía Claudel. Porque al principio no es preciso entender, el camino es ir del ritmo a la pregunta, y regresar al ritmo después. Hay que dejar que surja la pregunta. Por ejemplo, ¿qué querrá decir que la lectura te escribe? Dejar primero que no se entienda. Vamos del juego a la regla del juego. Son tres momentos distintos. De no entender a entender, y de ahí vuelta a no entender, siendo este último no entender diferente del primero. Hay que tener en cuenta que, por muy atractivo que resulte el segundo momento, entender, el primero y el último, el que parte de no entender y el que regresa a no entender, son los más necesarios.

Hecho hasta aquí el primero, pasemos al segundo. Dejemos que entender nos atrape, no pasa nada, es parte del juego. Y, ¿qué hay que entender? Que uno empieza a orientarse contraponiendo. Haciendo listas, por ejemplo. Que después la cosa se complique no importa, de momento las listas nos sirven. Empezamos a construir nuestra primera imagen con oposiciones, eso hicimos cuando a salto de mata el juego nos colocó el par furtivo-fugitivo. Porque para entender no hay como confrontar, hacer listas, como hacía Ingres cuando distinguía entre genio y talento. Lápiz en mano Hugo saca el cuaderno y anota estos encuentros, es lo que espío aquí, el cuaderno donde Hugo va a lector absoluto. Le seguiremos hoy los pasos hasta descubrir qué significa ir a lector absoluto.

Qué hace. Cómo lo hace. Con quién lo hace. Hugo encuentra a Ingres y lo lleva a la escritura. Confecciona con él dos listas e inmediatamente después manda a los talentosos a su lista de rechazos. Primer movimiento, pues, el rechazo. Se ha dejado atravesar por Mandelstam, que decía que en la poesía siempre es la guerra. Entender en esta frase que la vida está en juego. Por eso, a Hugo no le interesan los habilidosos en el manejo de los registros, de los géneros, todos los que parten de un saber, de una experiencia que manejan a su antojo. Esos no tienen aquí cabida, no nos sirven. En el libro de Hugo están en ausencia. Los encuentros que le llevan a lector absoluto se producen con los otros, con los que no eligen, con los que no pueden elegir. Decía su amigo Néstor Sánchez, “jamás ir a la página con un plan de escritura”, porque el escritor –aquí obviamente referido al no talentoso, al escritor de genio– “va a la página a consultar una memoria que está fuera del tiempo”. Una frase madeja que me repito una y otra vez. Va a la página a consultar una memoria que está fuera del tiempo. No hay nada mejor que una frase en estado madeja. Su modestia nos lleva a infinito.

He partido del no saber porque el escritor no sabe si es furtivo o fugitivo, abre el oído, nada más. No tiene otra cosa que esa extraña manera de engancharse a la vida. En la lista de Hugo, la que le hace a él, están los que escuchan y escriben. En ellos escuchar y escribir viene a ser lo mismo, o debería ser lo mismo, y no paran hasta haber acortado al máximo, hasta haber reducido al nivel infinitesimal esa distancia. Porque se trata de convertir la insoportable inadecuación en algo tolerable. Y como nunca es verdaderamente tolerable van a saltos, han de inventar, quebrar aquí y quebrar allá para dejar en letra de encuentro –ojo, ¡sólo en letra de encuentro!– “el ritmo de lo que ocurre”, como decía Sánchez. Una definición que es, para nosotros, un hallazgo, pero no para él, que se lamentaba de no haber encontrado otra expresión más acertada para su escritura. Y este esfuerzo suyo en pos de lo imposible, este esfuerzo que no logra tocar nunca el centro de la diana es precisamente el que afina nuestro oído, el mismo que lleva a Hugo a oído absoluto.

El escritor, así entendido, no habita lugares, se desplaza para poder cazar las cosas al vuelo, dejándonos tan solo ese gesto. Un gesto que hay que atreverse a escucharlo sin marco. Escuchar en Balzac el ritmo de lo que ocurre, escuchar en Joyce el ritmo de lo que ocurre, escuchar en Kerouac el ritmo de lo que ocurre. Y cuando los programadores los colocan en la lista de los marginales hay que entender que lo hacen expresamente para rematarlos. Porque ellos no están ahí. “No dejes que el invisible Crítico se incline sobre tu hombro, le escribió Philip Whalen a Jack Kerouac, escribe para ti mismo, el lector no podrá más que entender”.

Entonces, vamos entendiendo, no una profesión, sino la vida. Kerouac iba a su madeja y se ocupaba de su memoria, cito, “como si fuera su única responsabilidad moral, sin sentir ni una onza de culpabilidad ante la idea de aburrir al lector”. Por eso se permitía decirle a la cara, “vete al carajo, querido lector”, porque el genio es este lumpen de la escritura que vive en modo extranjero, y no se encuentra en su madeja si no es en modo extranjero. Y desde ahí, desde esa entrega, me alcanza y me escribe. Me empuja al pasar y me mete en la escritura. Me obliga a decir Basta, sí Ingres, lo siento, pero hoy me chirría la palabra genio, con tu permiso la tachamos. Busquemos otro nombre, aun inexacto. Sí, demos nombres inexactos. Lumpen no estaba mal. O extranjero. Mejor extranjero. Vayamos a oído absoluto en modo extranjero. Esta palabra es un hilo que encuentro en mi madeja, pero para los demás, para vosotros, basta con saber que él –genio, lumpen o extranjero– nunca está en modo pueblo. ¿Podéis soportarlo? Y si no hay paquetes, tampoco etiquetas. Basta entonces con saber que Kerouac no es un beatnik, nada que ver, que Beckett no escribe teatro del absurdo, nada que ver, y tampoco busquéis saber por qué Claudel, leyendo las Iluminaciones de Rimbaud, fue atravesado por una fidelidad innegociable y se hizo católico. No hay nada que entender, no hagáis de la escritura una profesión, un empleo, no llega a eso. Lo verdaderamente escandaloso es darse cuenta de que escribir es una actividad, una actividad no normativizada y, por tanto, inaguantable. Dejad de hacer con ello paquetitos de saber que no sirven para nada, al menos no para leer. Aceptad, leyendo a Hugo, que escribir es ir todo el tiempo a salto de mata. Porque para poder disfrutar tranquilos hay que mandar primero a la lista de rechazos a los que se defienden de la lectura. Y ya está. Listo. Ahora toca disfrutar. ¿Qué os pensabais, que íbamos al encuentro de una misión? Nada más lejos. Ahora toca frotarse con el texto y disfrutar. Con ello ya casi rozaremos ese tercer momento, casi mágico, para el que Víctor Shklovski nos deja, a través de Hugo, su aperitivo: “Amo cuando un hombre no entiende lo que escribe, cuando escribe como al azar, amo los navíos extraviados que descubren continentes y les dan nombres inexactos”.

Podemos preguntarnos por dónde navegan, o mejor, por dónde navegamos, dónde estamos, cuál es nuestro paisaje. Si procuramos anclarnos en él ya se ha escapado. Es cosa del lenguaje. Para los que quieran saber algo del lenguaje sigo a Hugo citando a Benveniste, dejando que su modo de anotar me atraviese. “La cita de Benveniste para los que quieran “saber” algo del lenguaje: “mucho antes que servir para comunicar, el lenguaje sirve para vivir””. Ninguno de los escritores, ninguno de los músicos que escucha Hugo en esta lista de encuentros que compone Salto de mata ha ido a la escuela para aprenderlo. Tenían eso que antes llamábamos genio como quien tiene una enfermedad, como la escucha finísima de Sánchez que le abría directamente las puertas de la locura dejándolo al asalto de las voces. Y lo mismo vale para Kerouac, para Tsvietáieva, para Claudel, ninguno clasificable, todos en el ritmo. Porque de otra forma no pueden andar, no pueden vivir. Si esto no se entiende, Hugo manda a butaca, a sofá, o a hacer compras. Vayan a hacer compras, parece decirnos, pero sepan que eso no es no ir a calle, no es salir al encuentro de estos autores. Déjenlos, váyanse a otros, no los perjudiquen universitariamente. Y nos lo dice en lengua Meschonnic, esa otra gran compañía donde Hugo se encuentra para tejer su cuerpo. En un Meschonnic recordando a Shelley, recordando cómo Shelley nos advertía de su imposibilidad de distinguir entre prosa y poesía. Es fundamental detectar las falsas oposiciones. Prosa y poesía: una falsa oposición. Son estos los recorridos de los que se da cuenta, de los que conviene dejar el trazado para entender que ir a calle es ir a poema. Si se va a prosa o a poesía, si se va a género, estamos perdidos, será el fin de la escritura como poema, el fin del encuentro posible, el inicio de la programación. Aquí no. Como nos jugamos la vida, aquí, en Hugo, sólo los encuentros.

Se trata de ir de aproximación en aproximación. Hilar. Hacer mapa. Descubrir a cada momento qué significa eso, en qué lugar de la madeja estamos. Más que sentido, cartografía. Para ello, no hay nada dado de antemano. Vamos rigurosamente a salto de mata. Por eso, cuando Hugo saca cuaderno, yo saco cuaderno y anoto. Dejo que la letra escriba la página. Se entiende ahora que ya no estamos en el segundo momento, el de entender. Voy a otro, voy a Hugo yendo a poema, sigo el ritmo. La vuelta a no entender. Hugo detecta las estrías y se frota en ellas, resuena en ellas. No conozco a Aníbal Troilo, no conozco a Raúl Berón, da igual, los escucho a través de la escritura vibrada con la que Hugo los retrata.

En realidad, todo el libro son anotaciones de diario, todo él escrito en letra de encuentro. Son retratos que retratan el momento donde Hugo va a lector absoluto. Y en esta pinacoteca encontramos uno redoblado, donde su autor se ha atrevido a desnudarse explícitamente en diario de lectura. Se dibuja en su cuaderno del 11 de abril al 25 de mayo de 2005 el encuentro con Vivir en el fuego, el libro de Marina Tsvietáieva. Período en el que observaremos un desnudo de lectura a cuerpo entero. Observaremos, no, otra cosa. Nombres inexactos. Porque se trata del cuerpo, sí, pero de un hacerse, y no sólo de él, sino con él. Allí leo cómo Hugo rompe la lima y se pone a frasear. Escribe dos trazos y expele a continuación otra bocanada de texto. Página 69. Anota cada vez dos trazos y nos deja a continuación el arrebato de un encuentro, allí donde enlazó lo más íntimo de él con el cuerpo del otro. Hugo nos deja la transcripción de ese encuentro al que él debe su propio cuerpo. Esto no hay que tratar de entenderlo. Es así. Y no hay más. Del 11 de abril al 25 de mayo de 2005 su cuerpo se estuvo haciendo allí. Ningún misterio tampoco. Lo constatamos y seguimos. No pares nunca, no recojas nunca ningún premio. Seguimos cómo se escucha y cómo se anota, y cómo se salta después a lo siguiente. Este hilar va haciendo surgir un mapa, que no es otro que el que ya estaba. Porque es casi lo único que uno aprende cuando escribe, que en realidad transcribe, como claramente veía la Tsvietáieva, que sólo sabía que transcribía. Sólo podía hilar las palabras que volcaban la respiración, la que ella necesitaba, la que le daba la vida a través del cuerpo del otro. Y por favor, nada solemne en ello. El humor es bienvenido. Se trata, como decíamos, de un disfrute. Hay que llegar a ese momento casi mágico donde tras el frotamiento se desencadena la risa, el momento donde Hugo se saca a sí mismo de la lista, donde protegiéndose mínimamente para no entrar en las listas de los programadores, protege sus encuentros.

Y ahora sí, Hugo, ya puedes dejar un poco de tu cuerpo hilado en lectura a modo de diario en la página 69. Dos barras, cito: “Otra vez: leer. Leer en secreto. Casi no hablar de Marina Tsvietáieva. Casi no hablar de Beckett. Casi no hablar de Arno Schmidt. Casi no hablar de Néstor Sánchez. Ni una palabra acerca de Macedonio Fernández. Mallarmé: la prosa y en secreto. Los Envíos, y en secreto. Joyce: decirles –¡oh!, hace años que no lo leo, y además no sé muy bien inglés– lo siento. Mucho joyceano: ponerlos lejos. Proust, los sábados en secreto, con Silvia Harche, que lo pelea, lo discute, lo ama, lo insulta. Para los demás: lo estoy olvidando al pobre Proust”.

Bienvenidos al momento niño, al momento risa, a la creación. No leer en ello una defensa, por favor, hay que seguir el ritmo, atravesar ese umbral, entrar, entrar con él al baile hasta encontrarse con la memoria fuera del tiempo. Leer otra vez, en los textos que Hugo lee en secreto, cómo se lee, cómo da el salto a su voz. Es un retrato de lectura. Es esto lo que nos deja sin saberlo, más allá de las listas, más allá de las oposiciones, yendo a futuro. Porque protegiendo sus encuentros no es meramente su cuerpo dado lo que protege, sino la actividad, que es una escritura en él, una lectura a oído absoluto que orienta, y trama, y festeja… el cuerpo por venir.

Columna: Tejidos de escritura

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