Paseo con Lord por la tierra Giacometti (I): La vida como encuentros

Escrito por: Zacarías Marco

Sigo las pistas que él dejó. La mano sobre el papel, los trazos. James Lord había escrito un libro donde recogía la experiencia de ser retratado por Giacometti. Fue el primero. Unos años después, al escritor en ciernes que él era, le llegó el encargo de su vida, la biografía del artista, en la que trabajó durante quince años. Y volvió a pasar un tiempo enorme para que le surgiera la necesidad, con el material restante, de escribir éste, el tercero, el más personal, donde no importaba tanto el retrato de quien lo había retratado a él, sino los encuentros, los que tuvo con el artista y los que tuvo después de él, con su entorno, hasta la extinción de los amigos, de los hermanos Giacometti. De ahí los dos tiempos de su escritura. Primero, el tiempo de la intimidación, subyugado por la ausencia de velos en el trato que el artista le había dispensado, ya palpable en su primer encuentro en un café parisino a comienzos de 1952, y así hasta su muerte, catorce años después. Es cierto que su temblor, frente a una mirada que rechazaba cualquier atisbo de afectación, fue mitigándose algo, poco a poco, pero sin llegar nunca a desaparecer. Después vendría lo sorprendente. Tras el agujero de la pérdida, no se apartó. Muerto el artista, se dejó llevar por los lazos que la obra y el entorno seguían tejiendo, y se pudo permitir por fin su propio movimiento, la amistad. El resto vino solo. El encargo, lo demás. Ahora era su turno, le tocaba a él hacer su retrato, el del artista, de su trabajo, por eso también de su hermano, de su mujer, de sus amigos, también de sus pasiones nocturnas, de su última pasión nocturna. Y, una vez liberado del encargo, surgió lo que condujo finalmente a este libro. Hacer el retrato de los encuentros, de la vida como encuentros.

Leo en él cómo volvía Lord a la vida como encuentros cada vez que partía de su país infinito. Lejos del misterioso ahogo que allí sufría, cruzaba de nuevo el océano para volver al barrio latino, a pasear sus calles preguntándose por qué era aquí tan afortunado, por qué había sido acogido con tanta generosidad, un joven americano como él, tan formal, de buena familia, por un artista que sentía tal repugnancia por las convenciones, por las apariencias. No entendía qué había podido ver en él, en su vacío interior. Mientras paseaba le asaltaba su voz ronca, sus gritos. ¡Llévese esos dibujos! ¿No ha sido usted quien los ha salvado de la quema? ¡Ahora son suyos, le pertenecen! Lord se quedaba perplejo, incapaz de afrontar su propio deseo, pero incapaz también de dejarlo escapar. No puedo, balbuceaba, es demasiado, no sabría cómo agradecérselo. ¡Por el amor de Dios, no lo haga! ¡Sólo me faltaba eso! Y así, el estrafalario artista le fue rompiendo una a una sus elegantes cartas de presentación. A golpe de martillo: ésta no, ésta tampoco. Era una bella manera de cincelar y de dejarse cincelar. James Lord esculpido por Giacometti. Porque cuando Giacometti salía de su taller seguía siendo Giacometti. No podía dejar de trabajar sobre la verdad esquiva. Y la cabeza del americano, horadada durante años por las palabras del artista, terminó cobrando impulso propio, un impulso de escritura. Y cuando eso sucedió se fue directa a escarbar en sus recuerdos el misterio de la mano ejecutante.

Me pregunto qué buscaba, qué interrogaba. Volvía a sentarse delante de su mirada, en ausencia ya del personaje, acercándose a aquello que había movido su mano, no entendiendo qué le hacía romper, uno tras otro, tantos papeles, tantos moldes. Porque lo que para el artista no había sido más que acercamiento fallido, otra búsqueda sin valor alguno, él, Lord, lo había leído en clave de objetos, en clave de galería minera. Y así, hasta hoy, interrogando en su recuerdo lo que le quedaba por descubrir. Fascinado por el desorden, por la bata blanca en medio de tanta porquería acumulada, repasaba los pequeños papeles garabateados, los que se perdieron, y no entendía la necesidad de la hoguera. No entendía que la mano del artista sólo se alimentara de un todo por hacer, y que por eso vivió hasta el último día en ese todavía todo por hacer, buscando atrapar en unos trazos la forma, sin saber qué era eso, cuál era esa forma que la manera de ver que era la suya tocaba, y para la que, en realidad, no había representación posible. Cuanto más cerca estaba, más experimentaba el desgarro de su pérdida. Surcaba por un estrecho reguero que no dejaba de hacerse más y más tortuoso con el paso de los años. Este agotamiento era su vida, la única vida posible, sostenida en la fiebre del todavía tengo todo por hacer.

No sé si se entiende, Giacometti no quería la representación, quería la forma.

Acudo a otros. Decía Balthus que no había conocido a nadie como él, capaz de detenerse a contemplar el objeto más banal, una taza de té, como si la viera por primera vez. Qué decir entonces de la cabeza humana, su gran obsesión. Era inagotable. Pero sentía que sólo podía darle cuerpo por el camino de la ilusión, de forzar al máximo la ilusión. Breton, en cambio, se rascaba la suya sin poder entenderlo. Veía repetición donde no había repetición. Era otra cosa, la forma, la posibilidad de abrirle curso por primera vez. Y esa imagen, esa cabeza vista en la cabeza de Giacometti, exigía ser trasladada sin pérdida. No importaba que fuera imposible. ¡No podía no serlo! Y bien lo sabía él, al punto de convertirla en su frase favorita. Cómo debió machacar con ello a todos, hasta la extenuación. También a Beckett, que lo escuchaba en sus paseos nocturnos y le decía que había que aceptarlo, trabajar a partir de ahí. Enterrar la posibilidad. Pero Giacometti no podía. Quién podría entender que él se repetía una y otra vez eso es imposible como modo de mantener abierta la posibilidad.

Todavía no se entiende. Otro intento.

Ese humo subía al cielo hasta tocar lo que un día se convirtió en irrenunciable. Tenía sus motivos. Había sido el gran descubrimiento de su vida. El arte era eso, esa lucha imposible que se le reveló un día viendo las imágenes de una película. Sentado en el cine se dio cuenta que él no miraba la película, sólo las imágenes separadas, desconectadas. Él las veía así, a modo de extrañas visiones que revoloteaban frente a él como formas puras, con una extraña entidad. Es fácil imaginar que para cualquier otro ese acceso a la imagen sin pasar por la ficción hubiera sido inquietante. No para él. Había accedido a la forma. Pintar eso, se dijo, ser fiel a su modo de ver, el suyo, el que descubrió aquel día. Su pintura, su escultura, era intentar la traslación imposible.

Zacarías Marco: Tejidos de escritura

Anuncios