Ataditos 4

El orden es lo que conozco a medias o desconozco; es causa eficiente de dolor, desconcierto, error, deudas, enfermedad, azar, amor, y la incertidumbre del amor; las ráfagas de mala fe, y la generosidad, más amplia, menos cautelosa, como el orden de una experiencia sobre la cual pensar una serie, porque es la experiencia de una vida la que se escribe, y esa experiencia de la vida que se escribe resulta imprescindible separarla de la experiencia de la vida, y pasar de esa supuesta hipótesis que discrimina la superioridad de lo que interesa a algunos pero no a otros.

(Pablo Chacón, “George  Oppen”)

Claudia Schvartz en El papel y su futuro reunió algunas de sus prosas. Un nombre que me dice algo así como: Muerto el arte, viva el arte. Quizá porque nos repondrán, como dijo la rusa.

Irina Bogdaschevski quería ser la rusa que yo citaba. Su biblioteca está entreperdida ahora. Mal año -dijo Ana. Se fueron también Noemí Ulla, Armando Capalbo y Luis Thonis, inaudito. Dedico estas anotaciones a los seres con que puedo compartir la tristeza.

A Claudia Schvartz le salen justos nombres propios. Gran peligro/enorme lugar: poner nombres. En la literatura de acá pocos pueden. La van por el desgraciado humor algunos, otros por lo bajo y rastrero, fantasías para otra ocasión. Los nombres tienen que ser fieles a los labios. Los libros verdaderos lo saben. Belkis pone Claudia Schvarts y le creo. Yo creo en nombres pequeños que pueden. La palabra se amaña sino es verdadera: “Hacía frío. Quería una música que no se deshilachara en voz ajena”.

La literatura es una gran merodeadora y por eso da. Extiende vida. “Acordes” espera Belkis. Los acordes son hermanas que responden. Y “caballos tristes”, como los de “Un médico rural” y como los que abraza Nietzsche.

Después, siempre, en estas prosas, el frío es llanto. Tristeza. ¿Qué hacemos con la tristeza? ¿Con los años grises? Lo duro se junta, se hace atadito. Y espera: “Las palabras, pensaba Belkis tratando de ordenar el mundo, van a algún lado”. Y el saber que ya no hay silencios completos o vacíos perfectos, como quieran. La vida pasa y nada deja. Si “una novela se escribe todos los días”, las palabras se juntan para poder decir (carnealma) ¡y las manos!: Los autores tocan lo que duele. Claudia Schvartz anda por lo que duele. Claudia Schwartz escribe.

Leo lo que me gusta y lo que me gusta escribe. “De todo miedo no alcanza” -dice este libro. Leo lo que ellos dicen mejor que yo: “La rabia. De vivir en la inteligencia de los conflictos pero invisible a mi propia necesidad…”

Leo lo que subrayaría todo: “La propiedad de las palabras” o “Hay un estremecimiento bajo toda conversación”. Leo por verdad: “Entre hija y madre, este eslabón no se pierde ni se funde. Y he comprendido, aunque no admito, la codicia de los sentimientos.”

Leo y escribo la verdad cortada, hermética, terrible. Duro atadito, El ramito de hermanas de Noemí Ulla rodando en la barranca de Rosario que vuelve. No narro. Igual, no voy a pelear por palabras. Respondo, como dice Savino que dice Claudel. Insistencia para “cabriola”. Copio esa palabra encontrada. El autor habla, se dice. ¡¿Qué más quieren!?

Eólica por los nombres, será luego Tránsito es nombre -geniales libros de Claudia Schvartz. El autor responde las mismas preguntas siempre. Por eso adelanta. Al dar nombre adelanta. Ese es su prodigio. Su suerte. El autor anda con las cosas. Con sus cosas. Parafraseo, leo y respondo. Y pido.

El autor: “el verdadero tesoro del pensador melancólico, el atesorador de lo verdaderamente consistente”. Se responde el autor. Piedritas. Cositas de uno. El pasado no termina nunca. Y que aguanten: “Frente a mí: mi misma”. Y no pierde “mano”. Quiero decir: verdad es que escriba el cuerpo. Claudia Schwartz administra “mandíbula” y “cadera”. Viejas peleas recuerdo y reacomodo: la literatura que no escribe el cuerpo, la vida, digo, no es verdad. Y, a veces, la cabeza, no está en el cuerpo. Respondo.

Volverse piedra. Perder la memoria. Aprender a vivir. Rusas. Y recordar claramente. Las cito a ambas: Ajmátova y Schwartz. Piedra y repetición, extremos uno. Como una bondad perdida pero perseguida por tristeza. Digo lo que ella, lo que el autor dice. Luis Thonis también puso nombres a sus amigos: Pace y Yaveh, tuvo razón.

Un autor es la contundencia, un grito. Y un gran pudor diáfano: “Yo escribo así desde que soy muy chica: Hay algo de la rosca porque las palabras suplantan palabras más llanas, propias, o más exageradas.” Avidez y falta de medida: Único reparo. Y esperar. El tiempo no espera. La espera aburre. Difícil, no: imposible. El autor elige siempre el extremo.

Para escribir duro, machacar años, debe hacerse distorsión, memoria abundante, ojo traidor y arena de tiempo. Y hay que seguir. Extremo del saberse: “Una buena chica judía no soy”, Claudia lo dice.

Y “Tránsito es nombre” y “Canto calchaqui”, con ese acento inhóspito que se friega en: “No poder cantar. Cantar”. Pero la literatura no es vida. Hay otra vida. La literatura es íntima alegría: “Mas bien yo quiero que mi canto sea mi vida”. Y hay que poder hacerlo en esa agramática conseguida de uno. Que se escucha si es verdadera. No es audacia el canto, es el extremo de lo que hay. Y es decirlo: “Porque el amor no vuelve en el mismo que una vez amamos. Pero es el mismo amor y el mismo modo de eludir y de creer el que se extraña”. La gente cae una en otra, escribí aquella vez y recuerdo la vereda en que eso vi. Y recuerdo el viejo amigo aviador, y al australiano. Y recuerdo mis recuerdos. Los he atado.

Perfecta cosa la palabra cuando nos dice mejor a nosotros mismos. Gitanos de las palabras que atravesamos años y ahí llega el tiempo. Que azota y arruina. Hace nostalgia y que nos aguanten.

El hilo, la red. Algunas son palabras de Claudia Schwartz. Y el genial Cándido López invocado cerca y “La línea de sol” pero de un “mediodía extraño”, las veredas argentinas, los encuentros a destiempo, traidores. Claudia se pone a mirar el ver de otro. Y de ella misma. Pide demasiado, solo por ahí se dice y por ahí se dice todo.

Escribir en eternas familias invasoras “sueños como torres, como mares”, ningún juego sino “en sangre”. Exacta la cito de nuevo: “Mi tiempo no narra, sujeta mi mirada a algo cuya crueldad debo testimoniar”. Y el tejido crece como la soledad crece: hay mujeres así: costurera, tejedora, hilandera, modista.

Escribir esperando todo entonces: “Algo le era devuelto, parecía”. Vuelve un jardín, manos o anillos diversos, dudas, “el mar que muere”. Escribir trae lo que es propio.

Lo visible no entiende lo que ve.
Carrusel de fantasmas, sombras, sonidos sin timbre.
Lo visible entiende contra lo invisible.
El cuerpo se levanta, se convierte en cuerpo. Y cae,
arrastra un pasado sin comienzo. (Pablo Chacón, “Altamira”)

Laura Estrin: Ataditos

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