Analgésico contra el dolor… el dolor de existir

Las indicaciones más brillantes y decisivas de Freud sobre la función de los tóxicos están en el Malestar en la Cultura.

Y justamente nos ofrecen una pregunta acerca de ésta en relación al malestar de la cultura actual.

El punto de vista freudiano está fundado sobre un axioma interesante: la vida es insoportable. Y entonces, para soportarla necesitamos de ciertos analgésicos.

Las satisfacciones sustitutivas se sitúan en esta perspectiva no como un goce del síntoma sino como posibilidades de satisfacción a través de una suerte de transmutación de la realidad por la ilusión, la ficción, la imaginación, el arte.

Ahora, los tóxicos aseguran una función similar – vuelven soportable la vida en tanto que insoportable- pero con la particularidad de actuar directamente sobre el lugar mismo del sufrimiento y del placer: el cuerpo.

Las fuertes diversiones funcionan como una sustitución, el tóxico como una anestesia, volviendo insensible al cuerpo ante el sufrimiento y el dolor. Y finalmente, ante todo.

Freud nos advierte que el sufrimiento nos amenaza desde tres frentes: la fragilidad de nuestro propio cuerpo, que está destinado a la decadencia y disolución; la supremacía de la naturaleza y las relaciones con otros seres humanos y la insuficiencia de las normas que regulan las relaciones recíprocas entre las personas, la familia, el estado y la sociedad.

La distinción desplegada entre las tres fuentes de sufrimiento – el mundo exterior, el propio organismo, la relación con los otros- viene a articular la idea principal desde donde todo sufrimiento, cualquiera sea su fuente, el lugar donde ella se origina, sea física o moral, toma consistencia como corporeidad, como sufrimiento corporal, como dolor en el cuerpo.

Por tanto, es ese cuerpo marcado por la palabra, dibujado por los decires el que siente dolor, dolor de existir, como dice Freud.

Siguiendo la misma lógica, el método mas eficaz destinado a ejercer parecida influencia sobre el cuerpo es el método químico: la intoxicación  (1929-30, 23), mediante una cancelación tóxica del dolor. Y entonces, el uso del tóxico deviene como el lugar privilegiado donde se escucha y se observa esta operación: es como un corto circuito, que intenta combatir y erradicar el dolor de lo Otro. Esta tarea tiene como objetivo evitar el sufrimiento, relegando al último plan eso de obtener placer.

El intento es evitar el sufrimiento ejerciendo una supuesta influencia/control sobre el propio cuerpo, como defensa a un cuerpo que aparece en su real, un cuerpo como organismo, como carne, como si no estuviera dibujado por un inconsciente, se ejerce un dominio ilusorio de la realidad, así como un intento de evitar el encuentro con el Otro.

Al otro lado del espejo del tóxico hay un sujeto contemporáneo que habita en la falta, incesantemente confrontado con los objetos que se dicen susceptibles de saciar esa falta, y el sujeto termina por prestarse al juego del tóxico, para evitar el dolor, el dolor de existir, dejando en suspenso su propia subjetividad.

Escrito por: Karin Cruz.

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