Cuando el murmullo en vez de habitarnos retorna desde afuera. (IV)

¿Cuál es el movimiento que podemos detectar en el pensamiento de Deleuze a partir de la comparación de la reescritura que hace en 1992 sobre su histórico texto sobre Wolfson de 1970? ¿Cuáles son las Variaciones Deleuze? Deducimos fácilmente que no se trataba en 1992 de hacer un nuevo acercamiento al escritor sino de incluir su prefacio al libro de Wolfson en la serie de artículos sobre escritores que componen su libro “Crítica y clínica”. Bien pudo entonces volcarlo tal cual, sin embargo, pese a mantener intacta su estructura y algo más de la mitad del texto original, introduce una serie de cambios significativos. Algunos son coyunturales, otros muestran las mencionadas variaciones en su pensamiento y, por último, otros son de escritura. Los cambios coyunturales son esencialmente dos. Primero: en 1970 compara el procedimiento de Wolfson con el de Roussel pero no con el de Brisset, no hace la tríada cuya paternidad creo que corresponde a Foucault con sus “Siete sentencias sobre el séptimo ángel”. El texto de 1992 introduce pues el diálogo con el de Foucault. Segundo: después de 1970 aparecería un nuevo texto de Wolfson sobre la enfermedad y muerte de su madre, “Ma mère musicienne est morte…”. Deleuze introduce algún detalle puntual del mismo y alguna nueva fórmula, articulando dos nuevos elementos, el cáncer y un esbozo de delirio sobre un futuro holocausto atómico, el Dios-bomba.

Dejando para el final las Variaciones Deleuze, los cambios de escritura corresponden a un afinamiento en los conceptos empleados, algo que se hace especialmente palpable en el desarrollo más minucioso y acabado de las fórmulas que emplea y en la sustitución de párrafos enteros por frases lapidarias. Todo ello en la dirección de imprimir al nuevo texto un tono mucho más conclusivo, decantado, algo que se acentúa según avanza, aspecto que resulta decisivo en su parte final.

Las Variaciones Deleuze, –que derivamos a partir de las supresiones, sustituciones y añadidos que realiza–, dan cuenta de unos desarrollos no tan marcadamente kleinianos que buscan levantar el vuelo y dejar atrás, muy atrás, el ancla psicoanalítica. Los extensos desarrollos sobre los objetos parciales del primer texto daban cuenta de un Deleuze profundamente imantado por Melanie Klein. La importancia de la fragmentación originaria de los objetos en su relación con el cuerpo de la madre y su confrontación con el (deseable) advenimiento de lo simbólico impactó a Deleuze, como ya había impactado a Lacan. Ambos se hacen buen eco de esa fragmentación, fuertemente resistente al avance de lo simbólico, y elaboran teoría a partir de la misma. Lacan dispone de una herramienta excepcional, la tríada (estructural) de lo imaginario, lo simbólico y lo real. Deleuze empieza asumiendo alguno de los fundamentos lacanianos, como la forclusión, para dar cuenta de la falla simbólica (primer texto), pero acaba abrazando los caminos de lo real en busca de nuevas categorías. Dirá (segundo texto): “El psicoanálisis sólo tiene un defecto, el de reducir las aventuras de la psicosis al mismo estribillo del eterno papá-mamá, ora representado por unos personajes psicológicos, ora elevado a funciones simbólicas. Pero el esquizofrénico no está en categorías familiares, deambula por categorías mundiales, cósmicas, motivo por el cual siempre anda estudiando algo.”

Hasta aquí la crítica. Veamos ahora los cuatro pasos que da Deleuze. Primer paso. Dirá: “Lo que se llama Madre es la Vida. Y lo que se llama padre es lo extranjero.” Un desmontaje de lo imaginario mediante lo simbólico que hubiera firmado Lacan sin problemas. Segundo paso. Dirá: “[El psicótico] está enfermo de lo real, y no de símbolos.” Es cierto, ¡precisamente porque los símbolos ya no son tales! Tercer paso: ambos también de acuerdo en que el “hacer con ello” no queda restringido al campo de lo simbólico. Se universalizan así las enseñanzas que el psicótico puede aportarnos sobre las otrora reinantes categorías simbólicas. Por último, el divergente cuarto paso: el hacer con lo real de Deleuze conserva un irreductible fondo de optimismo que tiende a ver alegría constructiva allí donde la hazaña no es más que un pequeño alivio en medio de tanta devastación. Y cuando ésta es grande, las nuevas categorías no llegan a ver la luz.

Escrito por: Zacarías Marco

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