Macedonio Fernández en el oído de Álvaro Abós

La Eterna – luego, el Cosmos – es tentación y negación, darse y negarse. Germán García

Álvaro Abós arranca su imposibilidad de biografía Macedonio Fernández con esta cita:

“Sin poderíos ni glorias, por la sola certeza de la Pasión.” MF

Es el eje de este libro, de la escritura misma de Álvaro Abós. La imposibilidad la pone en su oído, con la obra de Macedonio, y la escucha, todo hilado. Y escribe su Macedonio Fernández en el reino de los santurrones. Los que hacen de Macedonio un producto de estudio y no una actividad de lectura.

Y la sitúa, esa imposibilidad: “Pasaban los años y esa biografía seguía sin escribirse. ¿Por qué? Quizás porque las biografías son libros para ricos: ¿quién tiene tiempo y medios en países como Argentina para investigar lo que el desprecio por el pasado, la desmemoria o los prejuicios han sepultado? Indagar en vidas pasadas es considerado un sacrilegio o un lujo. El proyecto de una biografía de Macedonio debía remover, además, la losa que él había instalado con sus ironías hacia el género: las biografías, autobiografías y entrevistas a hombres célebres, sostenía, son los novelones máximos ya que la parte que no se sabe de un hombre es la que lo hace conocido.”

Macedonio Fernández, como diría Cecil Taylor, estaba de este lado de la vía en la literatura argentina, del lado de los que escriben libros prohibidos. Álvaro Abós no tuvo que cruzarla. Encontró a Macedonio a la vuelta de la esquina: “[…] una vida bien vivida merece contarse, y yo necesitaba contarme a mí mismo, ante todo, y a otros, la vida de Macedonio Fernández.” Y escribió su libro prohibido, del mismo lado de la vía que Macedonio.

Escuchó macedonio fernández en sus transformaciones: la “historia de amor sofocada” de Macedonio con Consuelo Bosch es uno de los motivos activos en el Museo de la Novela de la Eterna, fechada en cruce de miradas suspendidas el 16 de mayo de 1929, en el teatro Odeón, en Corrientes y Esmeralda “la realidad se puso a trabajar en abierto misterio” (dijo Macedonio citado por Leónidas Lamborghini) y esa escena se incrustó en ese “libro que se fue haciendo a la vista de todos”, y en esa “escritura infinita de Macedonio” la Eterna pasó de Elena a Consuelo. Abós no trabaja con los simples datos biográficos. Ni hace interpretaciones. Trabaja la continuidad de Macedonio como nadie supo hacerlo. Esta biografía es la prueba. De que Abós hace un movimiento hacia un liberar a Macedonio Fernández. De los paralelos, en principio. Con Mallarmé. Con el que Macedonio comparte su pasión de sintaxero. Y de las manías de ponerlo en estructuras. Abós, al contrario, escribió la biografía del movimiento de la obra. Para leer su “potencia corrosiva”, contra la “solemnidad y retórica” de tantos contemporáneos existentes, muy existentes, y obedientes narradores: “Macedonio fue el escritor de la nada, a quien la estupidez de sus contemporáneos convirtió en escritor inexistente.” Álvaro Abós no se ahorra demoliciones, pero hay que leerlo, su libro no es comunicable. Para machacar: no se puede contar por teléfono, está escrito. Entiendo que él también olfatea a sus contemporáneos, sino para qué va poner esta cita sobre el final de su libro, porque hay que decir que tiene el arte de la cita: “Macedonio había anticipado ese largo camino para encontrar sus lectores: “Entre contemporáneos no hay santos ni genios sino llanezas, mutua inexistencia y palmaditas en los hombros´´.” Alvaro Abós escribió una biografía del lenguaje macedonio, y al pasar, cuenta cómo la obra de Macedonio lo transformó y transformó la lengua argentina. Y despeja definitivamente el lugar común del genio oral: “forma sutil de acotar y rebajar a Macedonio […] que empleó Borges”. Genio oral es como decir que hay genio de la lengua. Que a Macedonio Fernández “lo escribieron”. Esta biografía restituye a Macedonio Fernández escritor – ni Sócrates, ni Buda. Lo saca del mito y lo pone en la historia.

Escrito por: Hugo Savino
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Un pensamiento en “Macedonio Fernández en el oído de Álvaro Abós

  1. En vez de la tediosa manía de resituar constantemente a los escritores para hacerles decir lo que emplearemos como bandera, unos pocos optan por tomarse su tiempo y dejarse decir y dejarse transformar en su compañía, algo que empieza por la palabra. Bravo Hugo.

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